Teoría de la Oscilación Sistémica Universal · Volumen III
Autor de El Pulso Eterno y El Mundo que Rompe
Venezuela: ochenta años de un sistema que aprendió a devorar a su propio pueblo.
No escribo sobre Venezuela. Escribo desde Venezuela. La diferencia entre el médico que estudia la enfermedad y el médico que la vivió en su propio cuerpo — y además tiene los instrumentos para explicar exactamente qué ocurrió, célula por célula.
Análisis Termodinámico · 1908–2025
Joseph A. Castillo Viña
2026
El Diagnóstico que Faltaba
Toda familia venezolana tiene una versión de la misma escena: el 24 de diciembre, la casa llena, la mesa más larga que cualquier otro día del año. Y debajo de esa mesa, sin que nadie lo nombre, el país entero. Los treinta millones. Los que se quedaron y los que se fueron. Los que creyeron y los que no creyeron.
Este libro nació en esa mesa. En la pregunta que ninguna familia venezolana ha podido responder con honestidad completa: ¿Cuándo fue exactamente que esto empezó a romperse?
"Venezuela no es un fracaso. Es un sistema que obedeció exactamente las leyes que todos los sistemas obedecen. El problema no fue el Pulso. El problema fue que nadie tenía el instrumento para leerlo a tiempo."
— Joseph A. Castillo Viña
No fue de golpe. Eso es lo que este libro va a demostrar, página a página, con la precisión de un diagnóstico médico aplicado a ochenta años de historia. Fue lento. Fue una acumulación. Y fue, en su mayor parte, invisible para todos los que lo vivían desde adentro. Incluyendo a los que hoy lo lloran.
Ochenta años no son una línea recta de progreso interrumpida por una tragedia. Son un ciclo completo con sus fases exactas, sus indicadores clínicos, sus válvulas bloqueadas y sus umbrales de ruptura. Este libro traza ese ciclo con la precisión de un sismógrafo aplicado al pasado.
Los dos volúmenes anteriores de esta serie construyeron la arquitectura y luego la aplicaron al mundo. El Pulso Eterno demostró que los sistemas complejos obedecen cinco principios universales. El Mundo que Rompe los aplicó a siete fenómenos del siglo XXI.
Este tercer volumen hace algo diferente. No analiza Venezuela desde afuera, como un laboratorio. La analiza desde adentro, como una herida que todavía sangra — y que sin embargo tiene una física exacta, una mecánica precisa, un diagnóstico que ya era posible desde décadas antes de que se produjera el daño más profundo.
El Marco Analítico
Teoría de la Oscilación Sistémica Universal — los invariantes que rigen todo sistema complejo, incluyendo Venezuela.
El polo suprimido nunca desaparece. Solo se desplaza, se suprime o se reorganiza. La energía del polo oprimido espera.
La dominancia es siempre temporal. Todo polo dominante incuba, al sostenerse, las condiciones de su propio desgaste.
Los polos en tensión se necesitan mutuamente. Los instrumentos usados para suprimir al adversario frecuentemente aceleran su desarrollo.
Fijar un sistema dinámico no detiene el cambio: acumula la presión que eventualmente rompe la estructura.
No hay estado final. Solo transiciones de fase. Lo que Venezuela vive hoy no es su estado terminal. Es una fase.
Apertura
El olor que no viaja bien · La pregunta que Venezuela no ha podido responder
Marco
Sobre las fuentes, la metodología y la autenticidad
Parte I · 1908–1958
Parte II · 1958–1983
Parte III · 1989–1998
Parte IV · 1999–2013
Parte V · 2013–2025
Cierre
Por Qué Esto No Es el Final
Cronología del Pulso
Cien años de Venezuela a través de los cinco principios
Glosario TOSU
Los conceptos, instrumentos y principios del libro
Índice Onomástico
Personas, instituciones y conceptos clave
La Línea Que Nunca Fue
Joseph A. Castillo Viña
Contenido
Parte I · 1908–1958
Parte II · 1958–1983
Parte III · 1989–1998
Parte IV · 1999–2013
Parte V · 2013–2025
Cierre
La Mesa del 24
Hay un olor que los venezolanos en el exilio no han podido encontrar
en ningún otro lugar del mundo.
No es el olor del mar ni el de la montaña, aunque Venezuela tiene los
dos y los dos son únicos. Es un olor más pequeño y más íntimo que todo
eso. Es el olor de la masa de maíz amasada a mano en la madrugada del 23
de diciembre. El olor de las hojas de plátano que alguien fue a buscar
al mercado desde las cinco de la mañana. El olor del guiso que lleva
horas en la olla, con aceitunas y alcaparras y pasas y el secreto que
cada familia guarda como si fuera un código genético.
Es el olor de las hallacas.
Y ese olor no viaja bien. Se queda en Venezuela como un ancla invisible,
y tira de todos los que se fueron con una fuerza que ninguna lógica
puede explicar del todo. Porque no es hambre lo que produce. Es algo más
viejo y más profundo que el hambre. Es pertenencia.
✦ ✦ ✦
Toda familia venezolana tiene una versión de la misma escena: el 24 de
diciembre, la casa llena, la mesa más larga que cualquier otro día del
año, el televisor encendido en una esquina que nadie mira pero nadie
apaga. El ron que nadie sabe quién trajo pero siempre hay. Los niños
corriendo entre las piernas de los adultos. El tío que ya está contando
el mismo chiste que contó el año pasado y todos van a reírse igual que
el año pasado.
Y debajo de esa mesa, sin que nadie lo nombre, el país entero.
Porque en esa misma escena — en esa mesa exacta, en esa misma noche
--- están también las conversaciones que se evitan. Las opiniones que
aprendieron a callarse después de aquella navidad en que todo terminó
mal. El primo que se fue a Chile y llama por videollamada desde un
apartamento pequeño con una copa de vino chileno, intentando que su cara
no muestre demasiado lo que extraña. La abuela que pone la misma cara de
siempre pero que este año tiene las manos un poco más lentas al amarrar
las hallacas.
Venezuela entera en una mesa. Los treinta millones. Los que se quedaron
y los que se fueron. Los que creyeron y los que no creyeron. Los que
ganaron algo y los que lo perdieron todo. Todos en la misma mesa, aunque
ya no quepan todos en la misma mesa.
✦ ✦ ✦
Este libro nació en esa mesa.
No nació en una biblioteca ni en una universidad. Nació en la memoria de
todas las noches del 24 en que algo en la conversación cambió, en que el
tono de alguien al hablar del país tenía una temperatura distinta a la
del año anterior, en que los silencios duraban un segundo más que antes.
Nació en la pregunta que ninguna familia venezolana ha podido responder
con honestidad completa:
¿Cuándo fue exactamente que esto empezó a romperse?
Porque no fue de golpe. Eso es lo que este libro va a demostrar, página
a página, con la precisión de un diagnóstico médico aplicado a ochenta
años de historia. No fue de golpe. Fue lento. Fue una acumulación. Y
fue, en su mayor parte, invisible para todos los que lo vivían desde
adentro.
Incluyendo a los que hoy lo lloran.
Incluyendo a los que hoy lo defienden.
Incluyendo a todos nosotros.
Este no es un libro político.
Sé que eso es exactamente lo que diría alguien que está escribiendo un
libro político. Así que permítame ser más preciso.
Este libro no toma partido. No porque no tenga opiniones — las tengo,
y cualquier venezolano honesto que lea estas páginas entenderá dónde
estoy parado. Sino porque la tesis central de este libro hace que tomar
partido sea, literalmente, un error de diagnóstico.
La Teoría de la Oscilación Sistémica Universal — el marco que construí
durante décadas y que fundamenta este análisis — no distingue entre
buenos y malos sistemas. Distingue entre sistemas que tienen válvulas de
alivio y sistemas que no las tienen. Entre sistemas que permiten el
ciclo natural de la energía y sistemas que lo bloquean. Entre sistemas
que entienden que ningún polo puede dominar para siempre, y sistemas que
apuestan todo a que sí pueden.
Venezuela ha tenido, en ochenta años, exactamente dos sistemas que
apostaron todo a que sí podían. El primero duró cuarenta años y se llamó
democracia. El segundo lleva veinticinco años y se llama revolución. Los
dos cometieron el mismo error termodinámico. Los dos pagaron el mismo
precio. Y los treinta millones de venezolanos — los de un lado y los
del otro — han sido los que han puesto el cuerpo mientras los sistemas
cometían sus errores.
Ese es el libro. La historia de cómo dos sistemas distintos, con
ideologías opuestas, con enemigos declarados el uno del otro,
reprodujeron con asombrosa fidelidad los mismos mecanismos de bloqueo,
las mismas válvulas cerradas, la misma sobreinversión en mantener el
poder en lugar de adaptarse a la realidad.
Y la historia de cómo nosotros — todos nosotros, sin excepción de
bando — lo permitimos.
✦ ✦ ✦
Esa última frase va a molestar a mucha gente.
Va a molestar a los que están convencidos de que todo es culpa del
chavismo, y que antes del chavismo Venezuela era otra cosa. Va a
molestar a los que están convencidos de que todo es culpa del
imperialismo y la oposición, y que sin ellos la revolución habría
funcionado. Va a molestar a los que no se sienten responsables de nada
porque ellos siempre estuvieron en el lado correcto.
Y sin embargo, es verdad. Y la verdad, en este caso, no es una
acusación. Es una liberación.
Porque si el problema fue solo de ellos — de los que están en el
poder, de los que estuvieron antes, de los enemigos externos ---
entonces no hay nada que nosotros podamos hacer diferente la próxima
vez. Somos víctimas de una historia que otros escribieron.
Pero si el problema tiene también nuestra firma — si los treinta
millones tenemos algo que ver con cómo este ciclo se sostuvo tanto
tiempo — entonces tenemos también algo que aportar a cómo el próximo
ciclo se construye. Tenemos agencia. Tenemos responsabilidad. Y sobre
todo, tenemos la posibilidad de hacer algo distinto.
Este libro apuesta por esa segunda opción. No porque sea más cómoda ---
no lo es. Sino porque es la única que tiene física real detrás.
Venezuela tiene una característica que la hace única entre los
países que han vivido procesos similares.
No es el petróleo, aunque el petróleo lo explica todo y nada al mismo
tiempo. No es la belleza del territorio, aunque el territorio es de una
generosidad que a veces parece ofensiva comparada con lo que le hemos
hecho. No es la gente, aunque la gente venezolana tiene una calidez que
sobrevive a todo y que cualquiera que haya vivido entre venezolanos sabe
que es real y no es un cliché.
Lo que hace única a Venezuela es esto: es uno de los pocos países del
mundo donde el ciclo sistémico completo — desde la acumulación de la
presión hasta su liberación violenta — ocurrió en cámara lenta durante
ochenta años, con todos los indicadores visibles, con toda la
información disponible, y sin que nadie tuviera el instrumento para
leerlos correctamente a tiempo.
El sismógrafo no existía. Ahora existe.
Y lo que este libro hace es aplicar ese sismógrafo en retrospectiva: no
para señalar culpables sino para mostrar, con precisión que no deja
lugar a la ambigüedad, exactamente cuándo se bloqueó cada válvula,
exactamente cuándo el sistema cruzó cada umbral, exactamente dónde
estaban las oportunidades de corrección que todos — todos — dejamos
pasar.
✦ ✦ ✦
Comenzamos en 1908. Podríamos comenzar antes, pero 1908 es el año en que
Venezuela recibió su primera configuración termodinámica estable: el
gobierno de Juan Vicente Gómez. No porque Gómez haya sido el origen de
todos los males — esa es exactamente la clase de lectura simple que
este libro no va a hacer. Sino porque el gomecismo fue el primero en
demostrar, con claridad empírica, que Venezuela era un sistema al que se
le podía bloquear todas las válvulas sin que explotara inmediatamente,
siempre que hubiera suficiente dinero del petróleo para pagar el costo
del bloqueo.
Esa lección — que el dinero puede comprar el tiempo que la física
eventualmente cobra — fue la lección que todos los sistemas
venezolanos siguientes aprendieron y ninguno desaprendió. Ni los que
amamos ni los que odiamos. Ni los que nos consideramos víctimas ni los
que nos consideramos protagonistas.
Es la lección que este libro viene a desaprender.
Si usted está leyendo este libro desde el exilio, hay algo que
necesito decirle antes de que pase la primera página.
Lo que perdió es real. El apartamento que vendió a precio de nada. Los
años de carrera que quedaron incompletos. Los hijos que nacieron en otro
país y que preguntan por qué los abuelos están tan lejos. Los 24 de
diciembre sin hallacas de su mamá, con una versión aproximada hecha con
ingredientes comprados en una tienda latinoamericana en una ciudad donde
nadie sabe lo que es una hallaca.
Lo que perdió es real y este libro no va a minimizarlo. No va a decirle
que era inevitable de una manera que sugiera que debería aceptarlo con
tranquilidad. El dolor de la diáspora venezolana es uno de los dolores
colectivos más grandes que América Latina ha producido en lo que va de
este siglo, y no tiene justificación ideológica que lo convierta en algo
diferente a lo que es: una pérdida.
Pero hay algo que este libro sí puede darle, y que quizás ningún otro
libro sobre Venezuela le ha dado todavía.
Una explicación que no necesite al enemigo para sostenerse.
Porque el problema de explicar Venezuela solo desde la maldad de los que
gobiernan es que esa explicación, aunque tiene su porción de verdad, no
le devuelve a usted la capacidad de entender cómo pasó. Solo le devuelve
la rabia. Y la rabia, sin comprensión, es energía que no puede
convertirse en nada constructivo.
Este libro le dará la rabia y la comprensión al mismo tiempo. Y cuando
tenga las dos juntas, tendrá algo que la rabia sola nunca puede dar: la
posibilidad de ver, con claridad real, qué viene después.
✦ ✦ ✦
Si usted está leyendo este libro desde Venezuela, hay algo diferente que
necesito decirle.
Lo que aguantó también es real. La decisión de quedarse no fue cobardía
ni complicidad. Fue, en muchos casos, el acto más difícil de todos:
quedarse a cuidar a los que no podían irse, a mantener encendido algo
que no se apagara del todo, a ser el hilo que conecta lo que fue con lo
que todavía puede ser.
Y lo que vive todos los días — la negociación permanente entre la
dignidad y la necesidad, entre lo que uno sabe y lo que puede decir,
entre el amor al país y la dificultad de vivir en él — ese equilibrio
tiene un nombre termodinámico exacto en este libro. No es resignación.
Es la energía del polo que el sistema no ha podido suprimir del todo,
reorganizándose en los márgenes, esperando su momento.
El Pulso no termina. Y usted, que se quedó, lo sabe mejor que nadie.
✦ ✦ ✦
Si usted está leyendo este libro y no es venezolano, le doy la
bienvenida al caso de estudio más completo y más doloroso que América
Latina tiene para ofrecer sobre lo que le ocurre a un país cuando sus
sistemas aprenden a vivir sin válvulas de alivio.
No encontrará aquí exotismo ni lástima. Encontrará física. Y encontrará,
en la historia de Venezuela, el espejo en el que cualquier sistema
complejo puede verse si mira con honestidad suficiente.
Porque los cinco principios que explican Venezuela no son venezolanos.
Son universales. Y el día en que su propio país los necesite — si no
los ha necesitado ya — este libro también será el suyo.
Volvamos a la mesa del 24.
Están todos. El que se fue y el que se quedó. El que cree y el que no
cree. El que ganó algo y el que lo perdió todo. La abuela con las manos
un poco más lentas. El televisor que nadie mira pero nadie apaga. El ron
que nadie sabe quién trajo.
Las hallacas en el centro de la mesa.
Hay algo que esa imagen contiene que ningún análisis político ha podido
destruir, por más que lo haya intentado. Hay algo en esa mesa que
sobrevivió a todo — a las colas, a la escasez, al aeropuerto, al
exilio, a las décadas de un sistema que aprendió a usar la necesidad de
la gente como su combustible principal. Hay algo en esa mesa que es más
viejo y más fuerte que todos los sistemas que pasaron sobre Venezuela en
ochenta años.
Somos venezolanos.
No como slogan. No como bandera. Como física. Como la energía de un polo
que no desaparece bajo presión sino que se reorganiza, que sobrevive en
los márgenes, que espera, que regresa.
El Primer Principio de la Teoría de la Oscilación Sistémica Universal
dice que el polo opuesto nunca desaparece. Que la supresión de una
fuerza no elimina su energía, solo la desplaza.
Treinta millones de venezolanos dispersos en cuatro continentes son la
demostración más viva de ese principio que este libro puede ofrecer. Los
expulsaron o los empujaron o les cerraron todas las puertas dentro. Y
sin embargo, la energía que son — la energía que somos — no
desapareció. Se reorganizó. En Bogotá, en Santiago, en Madrid, en Miami,
en un apartamento pequeño con una copa de vino de otro país y una
llamada de videollamada donde se ve, en la pantalla, la mesa del 24 que
dejaron atrás.
El Pulso continúa. Venezuela continúa. Y este libro es, entre otras
cosas, el intento de demostrar con precisión científica lo que cada
venezolano sabe de manera visceral pero no ha podido articular todavía:
*Que esto no es el final. Que nunca es el final. Que lo que el ciclo
hizo, el ciclo puede deshacerlo. Y que comprenderlo es el primer paso
para estar listos cuando llegue ese momento.*
✦ ✦ ✦
Las páginas que siguen son ochenta años de historia venezolana pasados
por el filtro de los cinco principios del Pulso. Cada capítulo tiene dos
voces que se alternan: la voz del análisis termodinámico, fría y precisa
como un instrumento de medición, y la voz de las familias venezolanas
que vivieron cada transición de fase en su cocina, en su trabajo, en su
mesa del 24.
Ninguna de las dos voces es más importante que la otra. Las dos son
Venezuela.
Antes de leer la primera página, le pido una sola cosa: lea este libro
sin buscar en él la confirmación de lo que ya cree. Léalo buscando lo
que todavía no entiende. Porque lo que todavía no entiende es
exactamente lo que puede cambiar lo que viene.
Para todos nosotros.
Joseph A. Castillo Viña
Valencia, Venezuela · 2026
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Joseph A. Castillo Viña · Todos los derechos reservados.*
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Este libro es una obra original de análisis histórico aplicado. No es
una tesis académica convencional ni una obra de divulgación
simplificada. Es la aplicación sistemática de un marco teórico propio
--- la Teoría de la Oscilación Sistémica Universal, TOSU — a cien años
de historia venezolana, narrada con las herramientas del ensayo
histórico, del testimonio compuesto y del análisis de sistemas
complejos.
Esta nota existe para que el lector comprenda exactamente qué tipo de
obra tiene en sus manos y cómo fue construida.
Todos los eventos históricos narrados en este libro son verificables en
fuentes documentales independientes. Las fechas, los nombres, los
resultados electorales, las cifras económicas, los eventos políticos son
datos de registro histórico público que cualquier investigador puede
contrastar.
Las fuentes primarias de referencia incluyen, entre otras: los registros
del Congreso venezolano y sus sucesores, los documentos del Banco
Central de Venezuela, los archivos del Consejo Supremo Electoral y del
Consejo Nacional Electoral, los reportes de la Comisión Económica para
América Latina (CEPAL), los informes del Banco Interamericano de
Desarrollo, los registros de organizaciones de derechos humanos
venezolanas e internacionales (COFAVIC, Amnistía Internacional, Human
Rights Watch), y la producción académica venezolana documentada de
historiadores como Manuel Caballero, Germán Carrera Damas, Elías Pino
Iturrieta, Margarita López Maya, Miriam Kornblith, y Asdrúbal Baptista,
entre otros.
Cuando las cifras son disputadas — como ocurre con el número de
muertos del Caracazo o con los datos de producción petrolera de PDVSA
posterior a 2003 — el libro lo señala explícitamente y ofrece los
rangos disponibles según distintas fuentes. La disputa sobre las cifras
es en sí misma parte del diagnóstico del sistema.
Las voces que aparecen en este libro bajo etiquetas como 'Testimonio
recogido' o atribuidas a fechas y lugares específicos son
reconstructoras compuestas. No son transcripciones de entrevistas reales
identificables por nombre. Son construcciones que condensan la
experiencia documentada de múltiples venezolanos anónimos, recogida a
través de años de conversaciones, lecturas de memorias y testimonios
publicados, y observación directa de la vida venezolana.
La familia Blanco-Suárez — Pedro, Carmen, Héctor, Carlos, Andrés,
Patricia — no existe como familia real identificable. Existe como
síntesis narrativa de patrones que millones de familias venezolanas
vivieron en sus propias versiones. Cada detalle de su historia está
construido sobre la base de experiencias documentadas reales, no
inventadas. La abuela que aprendió a leer con la Misión Robinson a los
67 años es real en el sentido de que miles de abuelas venezolanas
vivieron esa experiencia. El ingeniero que calculó su sueldo en dólares
y decidió irse es real en el sentido de que ese cálculo lo hicieron
cientos de miles de ingenieros venezolanos.
Las citas atribuidas a figuras históricas reales — Betancourt, Uslar
Pietri, Gallegos, Caldera — están basadas en obras y declaraciones
documentadas y publicadas. Las referencias específicas se indican en
cada caso. No hay palabras inventadas puestas en boca de personas
reales.
La Teoría de la Oscilación Sistémica Universal es una creación original
de Joseph A. Castillo Viña, desarrollada en los Volúmenes I y II de
esta serie. Sus cinco principios — Coexistencia Perpetua, Dominio
Cíclico, Dependencia Recíproca, Imposibilidad de la Línea Constante,
Infinito Dinámico — son instrumentos analíticos, no leyes físicas en
el sentido estricto de la termodinámica clásica.
El uso del lenguaje de la física — presión, energía, transición de
fase, criticalidad — es analógico y deliberado. Sirve para describir
dinámicas de sistemas complejos que tienen estructuras formalmente
similares a los fenómenos físicos que esos conceptos describen
originalmente. Esta analogía tiene precedente en la literatura de
sistemas complejos, desde Ilya Prigogine hasta Peter Turchin, y es
metodológicamente legítima cuando se usa con la claridad de que es una
analogía y no una identidad.
Los diagnósticos termodinámicos que aparecen al final de cada capítulo
--- Fase del ciclo, IRE, ISD, FSL — son valoraciones interpretativas
del autor aplicando su marco teórico. No son mediciones empíricas con
instrumentos de precisión. Son diagnósticos cualitativos fundamentados
en los hechos documentados de cada período. Su valor no es predictivo en
el sentido estadístico sino diagnóstico en el sentido clínico:
identifican patrones, señalan umbrales, permiten comparar períodos entre
sí.
Este libro no es historia oficial de Venezuela. No pretende ser el
relato definitivo ni el único legítimo de los cien años que narra.
No es propaganda política de ningún bando. Sus conclusiones incomodan
sistemáticamente a todos los sectores del espectro político venezolano
porque el análisis termodinámico no tiene lealtades ideológicas. El
puntofijismo y el chavismo son analizados con los mismos principios y
encontrados culpables de los mismos errores estructurales básicos. Los
que busquen en este libro la confirmación de que su bando siempre tuvo
razón no la van a encontrar.
No es un libro de recetas políticas. No dice qué hacer. Dice qué ha
ocurrido y por qué. Las decisiones sobre qué hacer con ese conocimiento
pertenecen a los venezolanos, no a este libro.
No es una obra de desesperanza. El Quinto Principio — no hay estado
final, solo transiciones de fase — es físicamente optimista aunque sea
emocionalmente exigente. La esperanza que ofrece no es fácil. Es la
esperanza que se gana con el trabajo de entender y de actuar sobre lo
que se entiende.
Este libro sería imposible sin la producción académica e intelectual
venezolana de las últimas décadas. La obra de Germán Carrera Damas sobre
la historiografía venezolana. La de Manuel Caballero sobre el siglo XX.
La de Elías Pino Iturrieta sobre la cultura política venezolana. La de
Margarita López Maya sobre el chavismo. La de Asdrúbal Baptista sobre la
economía rentista. La de Miriam Kornblith sobre las instituciones
democráticas. Y la obra literaria y ensayística de Rómulo Gallegos,
Arturo Uslar Pietri, Andrés Eloy Blanco y una tradición venezolana de
pensamiento que es más rica y más profunda de lo que la crisis
contemporánea permite ver con claridad.
Este libro se construye sobre esa tradición. Propone una nueva
herramienta analítica para leerla. No pretende reemplazarla.
Joseph A. Castillo Viña
Arquitecto de la Teoría de la Oscilación Sistémica Universal
PARTE I
El Sistema que Aprendió a Mandarse Solo
1908 — 1935
*Los 27 años en que Venezuela aprendió que el poder no necesita
justificarse,*
solo necesita durar.
El 19 de diciembre de 1908, Juan Vicente Gómez entró a Caracas sin
disparar un solo tiro.
Cipriano Castro, el presidente al que servía como vicepresidente, estaba
en Europa buscando cura para una enfermedad renal. El poder,
literalmente, había salido del país. Y Gómez — el tachirense callado,
el que nunca hablaba de más, el que sonreía cuando los demás presumían
--- simplemente lo recogió del suelo.
No hubo batalla. No hubo proclama heroica. No hubo ideología declarada.
Hubo un telegrama enviado a las guarniciones militares del país
anunciando que él era ahora el presidente, y la respuesta de casi todas
fue la misma: afirmativo.
Ese primer movimiento — silencioso, limpio, sin derramamiento de
sangre innecesaria — definió los 27 años siguientes. Gómez no gobernó
Venezuela con fuego. La gobernó con paciencia, con memoria, y con una
comprensión instintiva de la termodinámica del poder que ningún libro le
había enseñado porque Gómez nunca leyó libros de política.
La leyó en los llanos. En las haciendas. En los años que pasó
administrando los negocios de Castro antes de administrar el país.
Aprendió lo que todo ganadero aprende: que el animal más peligroso no es
el que gruñe. Es el que acumula silenciosamente la energía para escapar.
Y Gómez se dedicó, durante 27 años, a no dejar que ningún animal del
país acumulara suficiente energía para hacer nada.
✦ ✦ ✦
Nació en La Mulera, estado Táchira, en 1857. Cincuenta y un años cuando
tomó el poder. Hijo de un comerciante modesto, sin educación formal, sin
título, sin el pedigrí de las familias caraqueñas que se consideraban a
sí mismas los árbitros naturales del destino venezolano.
Eso también fue parte de su poder. Nadie lo tomó en serio hasta que ya
era demasiado tarde para no tomarlo en serio.
Los intelectuales de Caracas lo llamaban el Bagre. Lo describían como un
hombre sin cultura, sin visión, sin la sofisticación que Venezuela ---
creían ellos — merecía en un presidente. Lo subestimaron durante
décadas mientras él los encarcelaba o los exiliaba con la misma
tranquilidad con que un ganadero separa el ganado que va a dar problemas
del que no va a dar problemas.
Cuando entendieron que habían cometido un error de diagnóstico fatal,
muchos de ellos estaban en La Rotunda — la prisión política de Caracas
--- o en algún país de América Latina o Europa, esperando que el Bagre
muriera para poder volver.
El 15 de abril de 1914, en las riberas del Lago de Maracaibo, un
pozo llamado Zumaque I produjo su primer chorro de petróleo
comercialmente viable.
Gómez llevaba seis años en el poder. Su sistema de control ya estaba
construido en sus líneas fundamentales: el ejército unificado bajo mando
nacional, las comunicaciones telegráficas en manos del Estado, los
caudillos regionales neutralizados uno a uno. Había construido la jaula.
El petróleo le dio la llave para mantenerla cerrada para siempre.
Porque el petróleo resolvió el problema que había destruido a todos los
gobiernos venezolanos del siglo anterior: el problema del dinero.
Venezuela había sido, hasta 1914, un país fundamentalmente agrícola con
un Estado permanentemente en quiebra. Los gobiernos necesitaban a los
caudillos regionales porque los caudillos regionales controlaban las
tierras que producían el ingreso fiscal. Esa dependencia era la fuente
de toda inestabilidad: si el caudillo regional se enojaba con Caracas,
dejaba de pagar impuestos, levantaba un ejército de peones y marchaba
sobre la capital. Así había funcionado Venezuela durante cien años.
El petróleo cortó ese cordón umbilical de un solo golpe.
Con las regalías petroleras, el gobierno central ya no necesitaba a los
terratenientes para financiarse. Ya no necesitaba negociar con los
caudillos. Podía pagarle al ejército directamente, construir carreteras
directamente, comprar lealtades directamente. El Estado se volvió rico
de una manera que ningún sector de la economía real podía competir ni
amenazar.
Y Gómez — que tenía el instinto termodinámico sin el vocabulario ---
entendió inmediatamente lo que eso significaba: el polo dominante ya no
dependía del polo subordinado para existir. La Dependencia Recíproca,
que es el Tercer Principio de la oscilación sistémica, había sido
cortada. Y cuando un polo dominante logra eso — cuando logra existir
sin necesitar al otro — el sistema entra en la rigidización más
peligrosa que existe. Porque ya no tiene ningún incentivo para
adaptarse.
✦ ✦ ✦
Las compañías petroleras llegaron con sus propias lógicas y sus propios
poderes. Royal Dutch Shell desde 1913. Standard Oil desde 1921. Para
1928, Venezuela era el segundo mayor exportador de petróleo del mundo,
solo por detrás de los Estados Unidos.
Gómez negoció con ellas desde una posición que ningún presidente
venezolano anterior había tenido nunca: la posición de quien tiene algo
que el mundo entero quiere y que puede esperar. No era un negociador
especialmente sofisticado. Pero tampoco necesitaba serlo. Las
condiciones de las concesiones petroleras que firmó en los años 20 eran,
desde cualquier perspectiva técnica, vergonzosas para Venezuela:
regalías ridículas, plazos de explotación de décadas, escasa
transferencia tecnológica, casi ninguna obligación de empleo venezolano
en los niveles técnicos.
Pero Gómez no negociaba esas concesiones buscando el mejor trato para
Venezuela. Las negociaba buscando el trato que le garantizara a él el
flujo de dinero necesario para sostener su sistema. Y en ese objetivo
específico, fue completamente exitoso.
El resultado fue una paradoja que Venezuela tardaría décadas en
comprender: el país más rico en recursos naturales de América del Sur se
estaba convirtiendo, silenciosamente, en uno de los más dependientes. No
de sus propios trabajadores ni de sus propias instituciones. De un
líquido negro que no requería ciudadanos, solo extractores.
✦ ✦ ✦
Gómez no inventó la represión política en Venezuela. Fue simplemente
el primero en industrializarla.
La Rotunda, la prisión política de Caracas, existía antes de él. Pero
fue bajo su gobierno cuando se convirtió en la institución central de la
vida política venezolana: el destino que esperaba a todo el que se
atreviera a organizar, a publicar, a pensar en voz alta sobre la
posibilidad de que Venezuela pudiera ser algo diferente a lo que era.
Los presos políticos de Gómez no eran tratados con la brutalidad
espectacular que caracterizaría a algunas dictaduras latinoamericanas
del siglo XX. Gómez no necesitaba el espectáculo del terror. Necesitaba
la certeza del terror. La diferencia es fundamental.
El espectáculo del terror genera resistencia. Genera mártires. Genera la
energía del polo suprimido que se consolida alrededor de sus muertos. El
Primer Principio operando en su forma más predecible.
La certeza del terror no necesita mártires. Necesita que todo el mundo
sepa, sin que nadie tenga que decirlo, que el costo de actuar en contra
del sistema es mayor que cualquier beneficio posible de esa acción. No
se trata de convencer a nadie de que el sistema es bueno. Se trata de
convencer a todos de que resistirlo es inútil.
Gómez era un maestro de esa segunda modalidad. Sus cárceles estaban
llenas de gente que no había hecho nada violento. Que había escrito un
artículo. Que había dado un discurso. Que había organizado una reunión.
El mensaje era claro y no necesitaba ser pronunciado: en este país,
pensar diferente en voz alta es suficiente para perder años de tu vida.
✦ ✦ ✦
La red de informantes era el tejido nervioso del sistema. Cada ciudad,
cada pueblo, cada hacienda tenía sus ojos y sus oídos. No se trataba de
una red burocrática sofisticada — era anterior a eso. Era algo más
primitivo y más efectivo: la cultura del chisme convertida en
instrumento de Estado.
El vecino que reportaba al vecino. El empleado que reportaba al jefe. El
subalterno militar que reportaba al superior. Nadie sabía exactamente
quién era informante y quién no. Y esa incertidumbre era precisamente el
objetivo: cuando no sabes quién te está observando, actúas como si todos
te estuvieran observando. La vigilancia no necesita ser total si el
miedo a la vigilancia sí lo es.
Los intelectuales venezolanos que sobrevivieron al gomecismo y
escribieron sobre él — Rómulo Gallegos, Rómulo Betancourt, Andrés Eloy
Blanco, Jóvito Villalba — describieron todos, con variaciones de
lenguaje pero con la misma esencia, la misma experiencia: la de vivir en
un país donde la vida pública y la vida privada eran indistinguibles,
donde no existía un espacio genuinamente libre de la mirada del Estado.
Eso no es solo opresión política. Es daño antropológico. Es la
destrucción del espacio donde se forma el ciudadano — el espacio donde
uno aprende a hablar, a disentir, a negociar, a construir algo en común
con otros. Venezuela estuvo privada de ese espacio durante 27 años. Y
esa privación dejó una cicatriz en la cultura política del país que
tardaría décadas en manifestarse y que nunca terminó de sanar del todo.
✦ ✦ ✦
Hay una fotografía que resume mejor que cualquier texto lo que le
hizo el petróleo a Venezuela en los años veinte.
No existe como fotografía real. Existe como imagen mental construida
desde los testimonios de la época: dos realidades coexistiendo en el
mismo país sin tocarse.
En el Lago de Maracaibo, los taladros de las compañías petroleras
extranjeras trabajando día y noche, con ingenieros norteamericanos y
holandeses que vivían en campamentos cerrados con toda la
infraestructura que sus contratos garantizaban — electricidad, agua
potable, médico, comida importada. A cincuenta kilómetros de distancia,
una Venezuela que no tenía electricidad, que cargaba agua del río, que
parteaba a sus hijos en casas sin médico, que comía lo que la tierra
daba cuando la tierra daba algo.
Esa imagen — la riqueza del subsuelo coexistiendo con la pobreza de la
superficie, los dos mundos sin puente entre ellos — no fue una
anomalía del gomecismo. Fue su característica definitoria. Y fue también
la primera demostración de lo que sería el problema central de Venezuela
durante el siglo siguiente: la incapacidad estructural de convertir la
riqueza del subsuelo en desarrollo de la gente.
Gómez no era un desarrollador. Era un conservador en el sentido más
literal: quería conservar lo que tenía. Y lo que tenía era suficiente
para que sus aliados estuvieran satisfechos, sus enemigos estuvieran
presos, y el resto de Venezuela estuviera quieto.
Pero el petróleo, mientras llenaba las arcas del Estado gomecista,
estaba haciendo algo que Gómez no podía controlar: estaba creando una
clase media.
✦ ✦ ✦
Los trabajadores de la industria petrolera ganaban salarios que no
existían en la Venezuela agrícola. Esos salarios crearon demanda de
bienes y servicios. Esa demanda creó comerciantes, artesanos, pequeños
empresarios. Esos empresarios enviaron a sus hijos a estudiar. Esos
hijos estudiantes fueron, en los años veinte y treinta, la generación
que se sentó en las aulas de la Universidad Central de Venezuela y
descubrió — en los libros que Gómez no había podido prohibir del todo
--- que existía un mundo diferente al que habían heredado.
La generación del 28 nació de ese proceso. El 7 de febrero de 1928, los
estudiantes universitarios de Caracas salieron a las calles durante la
Semana del Estudiante con discursos y poemas que contenían, entre
metáforas literarias, críticas directas al régimen. Entre ellos estaba
un joven de 20 años llamado Rómulo Betancourt. Y otro llamado Jóvito
Villalba. Y otro llamado Raúl Leoni.
Gómez los encarceló a todos. Y luego los liberó, porque matar a
estudiantes universitarios en 1928 tenía un costo internacional que el
petróleo todavía no había comprado del todo.
Esa decisión — encarcelar en lugar de matar, liberar en lugar de
mantener presos — fue quizás el único error estratégico que Gómez
cometió en 27 años de poder. Porque los jóvenes del 28 salieron de La
Rotunda no quebrados sino templados. Betancourt salió convertido en el
político más importante que Venezuela produciría en el siglo XX. Y
Gómez, sin saberlo, había creado a sus propios sepultureros.
✦ ✦ ✦
En 1926, Venezuela se convirtió en el mayor exportador de petróleo
del mundo.
En ese mismo año, el 85% de su población era analfabeta. La mortalidad
infantil era de las más altas del continente. La esperanza de vida no
llegaba a los 40 años. No había un sistema de salud pública digno de ese
nombre. No había carreteras asfaltadas fuera de las principales
ciudades. No había industria manufacturera. No había clase trabajadora
organizada.
Venezuela era, en 1926, el mayor exportador de petróleo del mundo y uno
de los países más subdesarrollados de América Latina.
Esa contradicción no fue una casualidad. Fue el resultado directo de una
decisión política sostenida durante casi dos décadas: la decisión de
usar el petróleo para mantener el sistema en lugar de usarlo para
transformar el país.
Gómez sí construyó. Hay que decirlo con honestidad, porque la historia
que solo ve lo que destruyó no puede explicar por qué duró 27 años.
Construyó carreteras — las primeras carreteras reales del país, que
unieron a Venezuela de una manera que nunca había estado unida
físicamente. Construyó cuarteles. Construyó la infraestructura básica de
un Estado central que antes no existía. Pagó la deuda externa
venezolana, que era el lastre que había impedido que cualquier gobierno
anterior pudiera invertir en el país.
Pero construyó todo eso dentro de un diseño que tenía un límite
inamovible: nada que empoderara a la gente. Ninguna escuela que enseñara
a pensar, solo a obedecer. Ningún hospital que construyera una
ciudadanía que reclamara derechos. Ninguna organización laboral que
diera a los trabajadores la capacidad de negociar con el Estado. La
infraestructura al servicio del poder. El poder sin contrapeso. Siempre.
✦ ✦ ✦
Arturo Uslar Pietri, el escritor venezolano más lúcido del siglo XX,
acuñó en 1936 — un año después de la muerte de Gómez — la frase que
resumiría el problema central de Venezuela para los siguientes ochenta
años:
Sembrar el petróleo.
La idea era simple y devastadora al mismo tiempo: el petróleo no podía
durar para siempre. Venezuela necesitaba usar el dinero del petróleo
para construir una economía real, una sociedad educada, unas
instituciones sólidas. Necesitaba sembrar la riqueza transitoria del
subsuelo en la riqueza permanente de su gente.
Era exactamente lo que Gómez no había hecho. Y Uslar lo dijo en 1936,
cuando todavía había tiempo. Cuando el petróleo seguía fluyendo. Cuando
las arcas del Estado seguían llenas. Cuando la advertencia todavía podía
ser escuchada.
No fue escuchada. No entonces. No después. No por los que vinieron a
continuación.
Y esa no-escucha — esa capacidad del sistema venezolano de escuchar la
advertencia correcta en el momento correcto y decidir, cada vez, hacer
exactamente lo contrario — es uno de los temas centrales de este
libro.
Porque no fue estupidez. Fue incentivos. El sistema recompensaba a los
que usaban el petróleo para mantenerse en el poder, no a los que lo
usaban para transformar el país. Y un sistema que recompensa la
conservación del poder por encima de todo lo demás produce,
inevitablemente, una larga serie de personas que conservan el poder por
encima de todo lo demás.
Gómez lo demostró por primera vez. No fue el último en demostrarlo.
✦ ✦ ✦
Juan Vicente Gómez murió en su cama el 17 de diciembre de 1935.
Tenía 78 años. Murió de causas naturales, rodeado de sus colaboradores
más cercanos, en Maracay — la ciudad que había convertido en su
capital personal, a mitad de camino entre el Lago de Valencia y Caracas,
con cuarteles en todas direcciones como si incluso en la intimidad de
gobernar necesitara sentir que estaba en el centro de su ejército.
La noticia tardó horas en confirmarse. Cuando se confirmó, pasó algo que
ningún sistema de control puede prever ni prevenir: la gente salió a la
calle.
No en protesta. No con pancartas ni con discursos. Salió como sale la
gente cuando no puede más. En Caracas, en Maracaibo, en Valencia, en
Barquisimeto — en toda Venezuela — multitudes comenzaron a moverse
hacia los edificios que representaban al régimen. Las cárceles fueron
las primeras: grupos de personas que rodearon La Rotunda y exigieron la
liberación de los presos políticos. Las casas de los familiares y
colaboradores de Gómez fueron las siguientes. Algunas fueron saqueadas.
Algunas fueron quemadas.
El ejército, sin Gómez, no sabía qué hacer. Algunos generales intentaron
restablecer el orden. Otros esperaron a ver qué pasaba. El nuevo
presidente provisional, Eleazar López Contreras — el ministro de
guerra de Gómez, un tachirense como él — tomó la única decisión
sensata disponible: anunció que habría reformas, liberó a los presos
políticos, permitió el regreso de los exiliados, prometió elecciones.
Venezuela respiró por primera vez en 27 años.
Y en ese momento de respiración colectiva — en ese alivio inmenso que
recorrió al país de norte a sur cuando el hombre que lo había congelado
durante tres décadas finalmente dejó de existir — estaba también, sin
que nadie lo supiera, el germen de todos los problemas que vendrían
después.
Porque Venezuela no había aprendido a gobernarse. Había aprendido a ser
gobernada. Y esa diferencia, invisible en el momento de celebración del
17 de diciembre de 1935, se haría dolorosamente visible en los años
siguientes.
✦ ✦ ✦
Los exiliados volvieron. Betancourt volvió. Villalba volvió. Andrés Eloy
Blanco volvió. Toda la generación del 28 que Gómez había expulsado
regresó con sus programas de gobierno, sus partidos en formación, sus
visiones del país que Venezuela podría ser.
Y se encontraron con algo que ninguno de sus años de exilio y estudio
los había preparado del todo para enfrentar: un país que había pasado 27
años sin aprender a hacer política.
La ciudadanía venezolana de 1936 no sabía qué era un partido político
porque nunca había habido uno legal. No sabía qué era una huelga porque
nunca había habido una legal. No sabía qué era un periódico de oposición
porque todos habían sido cerrados. No sabía qué era una elección real
porque todas habían sido farsas.
Había que enseñarle a un país adulto a hacer cosas de niño cívico. Y
había que hacerlo rápido, porque el petróleo seguía fluyendo, los
militares seguían siendo el actor más organizado del país, y los
fantasmas del gomecismo — los colaboradores, los beneficiarios, los
que tenían mucho que perder si Venezuela cambiaba de verdad — no
habían desaparecido. Solo se habían adaptado.
✦ ✦ ✦
La lección que el gomecismo le enseñó a Venezuela es la misma lección
que Venezuela se negaría a desaprender durante los siguientes ochenta
años:
*Que el dinero del petróleo puede comprar el tiempo que la física cobra
por mantener un sistema congelado. Que esa compra tiene un costo que no
aparece en ninguna contabilidad visible hasta el día en que ya no se
puede pagar. Y que ese día, cuando llega, cobra los intereses de todo el
tiempo que el dinero compró.*
Gómez murió antes de que llegara ese día. Sus sucesores no tuvieron esa
suerte.
Y nosotros — todos los venezolanos que vivimos el largo ciclo que
siguió — pagamos la cuenta.
Cuando Venezuela aprendió a votar y a que le robaran el voto.
1935 — 1948
Trece años. Una democracia completa.
De la primera vez que Venezuela votó de verdad
hasta la primera vez que le robaron ese voto.
Cuando la noticia llegó a los barrios de Caracas aquella mañana del
18 de diciembre de 1935, nadie sabía exactamente cómo comportarse.
Gómez había muerto. El hombre que llevaba 27 años siendo el aire que se
respiraba, la presión que se sentía, el peso que nadie nombraba pero
todos cargaban — ese hombre ya no estaba.
Y Venezuela, que nunca había aprendido a vivir sin ese peso, no supo en
el primer momento si reír o llorar o quedarse quieta esperando a que
alguien dijera que era una trampa.
No era una trampa.
La gente salió. Primero de a uno, luego de a dos, luego en grupos que
crecían como crece el agua cuando encuentra la pendiente. Salió hacia
las cárceles para pedir que soltaran a los presos. Salió hacia las casas
de los colaboradores del régimen para cobrar con piedras y fuego lo que
las palabras nunca habían podido cobrar. Salió hacia las plazas
simplemente para estar juntos, para mirarse a los ojos y confirmar que
sí — que era real — que el hombre había muerto y el cielo no se
había caído.
Hubo muertos en esos días. Hubo saqueos. Hubo venganzas que fueron
injustas y venganzas que fueron comprensibles y venganzas que fueron las
dos cosas al mismo tiempo, como casi todo en Venezuela. El presidente
interino, López Contreras, sacó al ejército a las calles para restaurar
el orden.
Pero el orden que se restauró no era el mismo orden de antes. Nunca
puede ser el mismo. Porque el orden de antes dependía de un hombre, y
ese hombre ya no existía.
Venezuela había entrado, sin un mapa y sin brújula, en el territorio más
peligroso que existe para un país: la libertad recién estrenada.
✦ ✦ ✦
Volvieron en barcos, en aviones prestados, en lo que hubiera.
Los exiliados venezolanos que Gómez había expulsado durante tres décadas
regresaron desde Colombia, desde México, desde Cuba, desde Francia,
desde todos los rincones del mundo donde el viento del exilio los había
llevado. Volvieron con sus maletas llenas de libros y de ideas y de años
perdidos que no les iba a devolver nadie.
Betancourt volvió. Tenía 27 años. Había pasado los últimos nueve en
Costa Rica y Colombia, escribiendo, organizando, construyendo la
doctrina de lo que sería Acción Democrática. Lo que más sorprendió a
quienes lo vieron llegar no fue su seguridad ni su urgencia — eso lo
conocían. Fue su paciencia. Betancourt sabía que Venezuela no podía
transformarse de la noche a la mañana. Sabía que el daño de 27 años no
se deshacía en un discurso. Sabía que había que enseñarle a un país
entero a hacer política desde cero, y que esa enseñanza requería tiempo
que no había.
Porque los militares seguían ahí. Eleazar López Contreras, el presidente
interino, era un hombre del sistema gomecista que había entendido que el
sistema necesitaba adaptarse para sobrevivir. No era un demócrata. Era
un pragmático. Abrió espacios políticos porque no hacerlo habría
producido una explosión que su ejército no podía contener. Pero cada
espacio que abría lo abría con una mano mientras con la otra mantenía el
control de los cuarteles.
Venezuela estaba aprendiendo a caminar con los huesos rotos.
✦ ✦ ✦
Rómulo Gallegos era ya el escritor venezolano más importante de su
generación cuando volvió del exilio. Había publicado Doña Bárbara en
1929, desde el exilio, y el mundo literario latinoamericano lo había
recibido como una revelación. Pero Gallegos no era solo un escritor. Era
un hombre que creía — con la misma intensidad y la misma ingenuidad
que caracteriza a los hombres verdaderamente buenos — que Venezuela
podía ser diferente. Que la democracia no era solo una forma de gobierno
sino una forma de ser. Que si uno ponía a los venezolanos frente a una
boleta electoral y les decía que su voto contaba, algo en ellos
respondería a esa invitación con la mejor versión de sí mismos.
Lo que Gallegos no sabía — lo que ninguno de los que volvieron del
exilio sabía del todo — era que el Venezuela que encontraron era un
país profundamente traumatizado. No en el sentido clínico moderno,
aunque en ese también. Traumatizado en el sentido más básico: un país
que había aprendido, durante 27 años, que la participación política era
peligrosa. Que opinar en voz alta era arriesgado. Que confiar en el
vecino era una apuesta que podía salir muy cara.
Ese trauma no se iba a ir porque Gómez se hubiera muerto. Iba a
reaparecer, décadas después, en formas que nadie habría reconocido como
el mismo fantasma.
✦ ✦ ✦
Isaías Medina Angarita es el presidente venezolano del que menos se
habla y al que más le deben todos los venezolanos que vinieron después.
Y esa invisibilidad no es casualidad. Es el castigo que la historia
venezolana le impuso por haber tenido la virtud de no ser
suficientemente heroico para ningún bando. Los adecos lo derrocaron. Los
gomecistas lo abandonaron. La derecha lo odiaba. La izquierda no lo
amaba. Y sin embargo, en sus cuatro años de gobierno, Medina hizo más
por la democracia venezolana que muchos que fueron celebrados con
estatuas y nombres de avenidas.
Legalizó los partidos políticos. Todos. Incluyendo al Partido Comunista,
en un gesto que en 1945 requería más valentía de lo que cualquier
análisis retrospectivo puede capturar. Reformó la Ley de Hidrocarburos
en 1943 — la primera reforma que elevó significativamente la
participación venezolana en las ganancias petroleras, décadas antes de
la nacionalización. Permitió la organización sindical real. Construyó
hospitales. Construyó escuelas.
Era un militar, sí. Tenía los límites de su formación y de su tiempo. No
era un demócrata de convicción filosófica sino de pragmatismo político.
Pero en el Venezuela de 1941, esa diferencia importaba menos que el
resultado: un gobierno que abría espacios en lugar de cerrarlos, que
construía instituciones en lugar de destruirlas, que trataba al
ciudadano como alguien que existía en lugar de como un problema a
administrar.
Y en 1945, Acción Democrática y un grupo de militares jóvenes lo
derrocaron en un golpe de Estado.
✦ ✦ ✦
El golpe del 18 de octubre de 1945 es el momento más incómodo de la
historia del partido político más importante que Venezuela ha producido.
Betancourt lo justificó entonces y lo justificó después. Los argumentos
no carecían de lógica: Medina planeaba entregar el poder a otro
candidato ungido, sin elecciones directas. El sufragio universal — el
voto de todos los venezolanos, incluyendo las mujeres, incluyendo los
analfabetos — no existía todavía. La democracia real seguía siendo una
promesa a medias.
Todo eso era verdad.
Y también era verdad que un partido político decidió, en 1945, que la
democracia era tan importante que había que imponerla con un golpe
militar. Que las reglas del juego democrático podían ser violadas si la
causa era suficientemente justa. Que el fin justificaba los medios,
aunque el fin fuera precisamente construir un sistema donde los fines no
justificaran los medios.
Esa contradicción no mató a la democracia venezolana en 1945. Pero la
sembró con una semilla envenenada. Porque si AD podía derrocar un
gobierno con un golpe cuando lo consideraba necesario, ¿por qué no podía
hacerlo el ejército cuando consideraba que AD había ido demasiado lejos?
La respuesta llegó tres años después.
✦ ✦ ✦
Los tres años entre 1945 y 1948 se llaman en la historia venezolana
el Trienio Adeco.
Son los tres años más contradictorios, más intensos, más esperanzadores
y más imprudentes de la historia venezolana del siglo XX. Son los tres
años en que Venezuela tuvo — por primera y única vez hasta entonces
--- un gobierno elegido por todos, hombres y mujeres, alfabetos y
analfabetos, ricos y pobres. Un sufragio universal real, sin
restricciones de clase ni de educación.
Y son también los tres años en que el gobierno electo por ese sufragio
cometió suficientes errores para que sus enemigos pudieran derrocarlo
con el apoyo de mucha gente que no era, en ningún sentido, fascista ni
reaccionaria. Solo gente que había tenido suficiente.
La historia del Trienio es la historia de cómo se puede tener razón en
los principios y equivocarse en los métodos hasta destruir lo que se
construyó.
✦ ✦ ✦
Betancourt gobernó la Junta Revolucionaria con una energía que a veces
lindaba con la arrogancia. Acción Democrática controlaba el gobierno,
los sindicatos, las federaciones campesinas, la Confederación de
Trabajadores de Venezuela. El partido estaba en todas partes
simultáneamente, y en todas partes simultáneamente se comportaba como si
ser adeco fuera sinónimo de ser venezolano y ser venezolano fuera
sinónimo de ser adeco.
Esa hegemonía — ese impulso de convertir la victoria electoral en
control total — fue el error que pagaron con el exilio.
Porque la Iglesia se sintió amenazada. Y el ejército se sintió
humillado. Y los copeyanos se sintieron excluidos. Y los militares
jóvenes que habían dado el golpe del 45 a favor de AD vieron cómo el
partido que habían ayudado a subir empezaba a tratar a las fuerzas
armadas como un instrumento, no como un actor. Y Rómulo Gallegos, el
presidente electo en 1947 con el 74% de los votos — la primera
elección directa, universal y secreta de la historia venezolana — era
demasiado bueno, demasiado literario, demasiado honesto para el juego
brutal de la política real.
Gallegos creía en la democracia como se cree en una religión: con fe
pura y sin la callosidad que da la negociación sucia. Y la democracia,
que es una construcción humana y por lo tanto imperfecta y complicada y
llena de componendas, no funciona con fe pura solamente.
Necesita también las manos sucias de quien sabe cuándo ceder, cuándo
negociar, cuándo comprar el tiempo que se necesita para que las
instituciones se vuelvan más fuertes que los individuos que las
amenazan.
Gallegos no tenía esas manos. Y Venezuela pagó ese precio.
✦ ✦ ✦
**V · El 24 de Noviembre de 1948 — Cuando Aprendimos a Perder Lo Que
Amábamos**
A las tres de la madrugada del 24 de noviembre de 1948, los tanques
rodearon el Palacio de Miraflores.
Rómulo Gallegos llevaba nueve meses siendo el presidente de Venezuela.
Nueve meses de un gobierno que había ganado con el 74% de los votos.
Nueve meses del primer presidente civil electo por sufragio universal de
la historia venezolana.
Los militares habían intentado negociar con él durante semanas. Le
habían pedido que destituyera a sus ministros más radicales. Que
moderara el discurso de AD contra las fuerzas armadas. Que reconociera
que el ejército era un actor político que necesitaba ser tratado con
respeto, no con condescendencia.
Gallegos había respondido con la dignidad de un hombre que no sabe
mentir: que él no podía gobernar a espaldas del partido que lo había
elegido, que la democracia no funcionaba con excepciones, que no iba a
claudicar ante ninguna presión que no viniera de las urnas.
Era la respuesta correcta. Era la respuesta que un presidente
democrático debía dar. Y era la respuesta que garantizaba que los
tanques llegaran.
Porque Venezuela en 1948 no era todavía un país donde la respuesta
correcta tuviera suficiente músculo institucional para sostenerse.
✦ ✦ ✦
El golpe no fue sangriento. Gallegos fue detenido, tratado con relativa
consideración, y puesto en un avión hacia el exilio. La Junta Militar
que tomó el poder prometió, como todas las juntas militares de la
historia prometían, que las cosas serían temporales, que habría
elecciones, que el objetivo era la estabilidad.
Nadie que hubiera leído la historia venezolana se sorprendió de que no
lo fueran.
Betancourt, en el exilio otra vez, escribió en las semanas siguientes
algunas de las páginas más lúcidas sobre el fracaso del Trienio.
Reconoció errores. Reconoció arrogancia. Reconoció que el partido había
confundido el mandato electoral con el mandato de hacerlo todo, y que
ese error había dado a sus enemigos los argumentos que necesitaban.
Pero también escribió algo que Venezuela necesitaba escuchar y que tardó
décadas en asimilar: que la democracia no se había perdido por culpa del
ejército solamente. Que la democracia se había perdido también porque no
había tenido tiempo de construir las raíces institucionales que hubieran
podido sostenerla cuando llegó el vendaval.
Tres años no son suficientes. Nunca son suficientes. La democracia no se
construye en tres años ni en trece. Se construye en generaciones. Y
Venezuela, que había empezado tarde y había corrido demasiado,
necesitaría aprender esa lección a un costo que todavía no podía
calcular.
✦ ✦ ✦
Hay una cosa que el golpe de 1948 no pudo quitarle a Venezuela.
Pudo quitarle el gobierno. Pudo quitarle la libertad de prensa, la
organización sindical, los partidos políticos, la posibilidad de votar.
Pudo mandar al exilio a Betancourt y a Gallegos y a Andrés Eloy Blanco y
a una generación entera de venezolanos que habían invertido los mejores
años de sus vidas en construir algo que duró tres años.
Pero no pudo quitarle la memoria.
Venezuela había saboreado lo que era tener una boleta electoral real.
Venezuela había tenido, aunque fuera por un trienio, la experiencia de
ser tratada como un país de ciudadanos. Venezuela había sentido, en el
cuerpo y en el alma, la diferencia entre un Estado que te ve y un Estado
que te ignora.
Y esa memoria — esa experiencia en el cuerpo de lo que era posible ---
no desapareció cuando llegaron los tanques. Se fue a vivir a la
intimidad de los hogares, a las conversaciones en voz baja, al corazón
de los que habían votado ese día de 1947 con la mano temblorosa.
Se fue a vivir, sobre todo, en los hijos. Porque los hijos de los que
habían vivido el Trienio crecieron escuchando dos versiones de
Venezuela: la que existía afuera, gris y represiva y sin palabras
libres, y la que había existido una vez y podía volver a existir. Esa
segunda Venezuela, la de la memoria, era más poderosa que la primera.
Porque la segunda Venezuela era el polo suprimido que nunca desaparece.
Era la energía que se reorganizaba en los márgenes. Era el Primer
Principio operando en su forma más silenciosa y más persistente.
Era lo que vendría, diez años después, en forma de 23 de enero de 1958.
✦ ✦ ✦
El Trienio Adeco fue un experimento fallido de democracia.
Esa frase es verdadera y es insuficiente al mismo tiempo.
Fue un experimento fallido. Pero fue un experimento. Y los experimentos
que fallan no son lo mismo que los experimentos que nunca se hicieron.
Porque el experimento que falla deja datos. Deja aprendizajes. Deja la
experiencia en el cuerpo de lo que se intentó y lo que no funcionó.
Venezuela aprendió en el Trienio que la democracia no es un estado que
se alcanza: es un proceso que se construye. Que no basta con ganar las
elecciones — hay que construir las instituciones que hagan que el
resultado de las elecciones sea irreversible. Que no basta con tener
razón — hay que tener también la capacidad de sostener esa razón
frente a quienes tienen el poder de negar la evidencia.
No aprendió esa lección de inmediato. Las lecciones más importantes
nunca se aprenden de inmediato.
Pero la semilla quedó sembrada. Y diez años después, en 1958, cuando se
diseñó el Pacto de Punto Fijo, los hombres que lo firmaron tenían en la
memoria el sabor de 1948. Tenían en los huesos lo que se pierde cuando
se gobierna sin consenso. Tenían en el alma la cicatriz de haber
construido algo hermoso y haberlo visto destruir.
Esa cicatriz sería, en 1958, su mayor fortaleza.
Y también, en los años siguientes, su mayor limitación.
Porque el hombre que aprendió que el consenso es necesario para
sobrevivir puede volverse, con el tiempo, un hombre que convierte el
consenso en un fin en sí mismo. Un hombre que preserva el acuerdo
incluso cuando el acuerdo ha dejado de servir al país que supuestamente
protege.
Pero eso es el Capítulo 4. Todavía falta mucho para llegar ahí.
Primero hay que pasar por Pérez Jiménez. Primero hay que pasar por los
diez años más oscuros que Venezuela vivió en el siglo XX.
Primero hay que pasar por la noche para poder hablar del amanecer.
✦ ✦ ✦
Diez años de oscuridad. Y el 23 de enero que los terminó.
Joseph A. Castillo Viña*
1948 — 1958
Diez años de concreto, silencio y miedo.
Y un día — un solo día — en que Venezuela entera
fue un solo pueblo.
Marcos Evangelista Pérez Jiménez llegó al poder con la cara seria de
quien no necesita convencer a nadie de nada.
Había participado en el golpe del 48 como uno de los tres miembros de la
Junta Militar. En 1950, cuando el presidente de la Junta, Carlos Delgado
Chalbaud, fue asesinado en circunstancias que el tiempo haría cada vez
más sospechosas, Pérez Jiménez emergió como el hombre fuerte real detrás
de la figura civil que pusieron de presidente. Y en 1952, cuando las
elecciones que el régimen había convocado mostraron que el candidato
opositor Jóvito Villalba iba ganando de manera aplastante, hizo lo que
hacen los sistemas que no pueden perder: suspendió el conteo, anunció
que él había ganado, y se instaló en Miraflores.
No hubo ambigüedad. No hubo pretexto sofisticado. Fue el ejercicio más
desnudo del poder que Venezuela había visto desde Gómez: el sistema
decide que ganó, el sistema dice que ganó, el sistema actúa como si
hubiera ganado. Y quien disienta entra en la lógica del sistema
siguiente.
La Seguridad Nacional.
✦ ✦ ✦
La Seguridad Nacional ---la Seguridad, como se le llamaba con esa
capacidad venezolana de resumir en una palabra todo lo que produce
terror--- fue la institución definitoria del perezjimenismo.
No fue la primera policía política venezolana. Pero fue la primera que
convirtió el terror en una ciencia aplicada con recursos del Estado
petrolero. Tenía sedes en todas las ciudades principales. Tenía
informantes en todos los barrios, en todas las universidades, en todas
las fábricas. Tenía el cuartel del Helicoide, que Pérez Jiménez había
empezado a construir como un centro comercial moderno y que la Seguridad
convirtió en el lugar donde Venezuela aprendió que el dolor del cuerpo
es la forma más rápida de romper la voluntad.
Los que entraban al Helicoide no sabían si iban a salir. Los que salían
cargaban algo en el cuerpo y en los ojos que no se iba nunca del todo. Y
los que nunca entraron pero sabían que existía — que eran todos ---
aprendieron a vivir con ese conocimiento de la manera en que la gente
aprende a vivir con las cosas que no puede cambiar: ignorándolo en la
superficie, cargándolo en lo profundo.
✦ ✦ ✦
Pérez Jiménez construyó.
Esto hay que decirlo, porque la historia honesta no puede ser solo la
historia del horror. Y porque entender por qué duró diez años requiere
entender que no duró solo por el terror. Duró también porque construyó
cosas que Venezuela no tenía y que la gente podía ver y tocar y usar.
La autopista Caracas-La Guaira. La Ciudad Universitaria de Caracas, que
la UNESCO declararía Patrimonio de la Humanidad décadas después. El
Teleférico de Caracas. El Círculo Militar. Las urbanizaciones obreras
que por primera vez daban a los trabajadores venezolanos apartamentos
con agua caliente y electricidad y ascensor. Los hospitales que eran de
verdad hospitales. Las carreteras que conectaron por primera vez
regiones del país que durante siglos habían estado incomunicadas.
Venezuela en 1957 se veía, físicamente, como un país moderno. Como el
país que la Gran Venezuela prometería veinte años después. Como lo que
el petróleo podía hacer cuando se decidía gastarlo en concreto y acero
en lugar de en subsidios y clientelismo.
El problema — el mismo problema de siempre, el Cuarto Principio en su
forma más seductora — era que todo ese concreto estaba construido
sobre una base que no se tocaba. El ciudadano no existía. El partido no
existía. El sindicato no existía. La prensa libre no existía. El voto no
existía.
Venezuela tenía autopistas de primer mundo y no tenía derecho a opinar
sobre quién la gobernaba.
Y el concreto, por hermoso que sea, no puede comprar para siempre lo que
solo puede dar la dignidad.
✦ ✦ ✦
✦ ✦ ✦
Los venezolanos de a pie vivían esa contradicción todos los días sin
poder nombrarla del todo.
El obrero que se mudó del rancho a uno de los bloques nuevos de El
Silencio o de Propatria y tuvo por primera vez en su vida un baño
adentro de su casa — ese obrero agradecía el apartamento de manera
genuina. El concreto era real. La mejora material era real.
Y al mismo tiempo, ese mismo obrero sabía que no podía pertenecer a un
sindicato real. Que si se quejaba en voz alta de las condiciones de
trabajo podía terminar en la Seguridad. Que sus hijos podían ir a la
Universidad Central — que era hermosa, que era de verdad hermosa ---
pero que si en esa universidad organizaban algo que el régimen
considerara subversivo, la Seguridad llegaba también ahí.
Venezuela bajo Pérez Jiménez fue el experimento más completo de una idea
que resurgiría muchas veces en la historia latinoamericana: que la gente
puede ser feliz sin libertad, siempre que tenga suficiente bienestar
material.
El 23 de enero de 1958 fue la respuesta.
✦ ✦ ✦
No todos se callaron.
Hay que decir esto también, con la misma honestidad con que se dice todo
lo demás. Porque la historia del perezjimenismo no es solo la historia
de los que se doblegaron — es también la historia de los que no se
doblaron, y que pagaron el precio de no doblarse con años de sus vidas y
a veces con la vida misma.
Las universidades fueron el nido de la resistencia. La Federación de
Centros Universitarios, la FEU, organizó protestas en 1957 que el
régimen reprimió con la Seguridad, con detenciones, con expulsiones. Los
estudiantes que entraban a la UCU — la Ciudad Universitaria que Pérez
Jiménez había construido como vitrina de modernidad — se encontraban
en un espacio donde la arquitectura era libre y la política no lo era
todavía del todo, y en ese espacio improbable seguían intentando.
Los partidos clandestinos — AD, el PCV, URD, Copei — sobrevivían en
las catacumbas de la vida venezolana. Sus militantes se reunían en casas
de confianza, pasaban documentos de mano en mano, mantenían encendida la
llama de lo que habían construido en el Trienio con el mismo cuidado
desesperado con que se protege una vela en el viento.
Y había venezolanos anónimos. Sin partido, sin militancia formal. Que
guardaban documentos para alguien. Que prestaban su casa para una
reunión. Que avisaban cuando la Seguridad andaba cerca. La resistencia
no fue solo de los héroes que la historia registra. Fue de miles de
personas que hicieron cosas pequeñas y arriesgadas sin saber que eran
parte de algo más grande.
✦ ✦ ✦
**IV · El Plebiscito de 1957 — Cuando el Sistema Se Mintió a Sí
Mismo**
En diciembre de 1957, Pérez Jiménez cometió el error que todos los
sistemas rígidos cometen eventualmente: convocó una consulta que no
podía controlar del todo.
El plebiscito del 15 de diciembre de 1957 era simple en su pregunta:
¿Apoya usted la continuación del gobierno de Marcos Pérez Jiménez? Sí o
No. El régimen estaba seguro de ganar. Controlaba la maquinaria
electoral. Controlaba la prensa. Controlaba las fuerzas armadas. ¿Qué
podía salir mal?
Lo que salió mal fue Venezuela.
Los resultados reales — que los miembros de las mesas electorales
vieron con sus propios ojos antes de que la maquinaria del Estado los
hiciera desaparecer — mostraban que el No ganaba por márgenes
aplastantes. En Caracas, en Valencia, en Barquisimeto, en Maracaibo, en
los pueblos del interior que supuestamente eran los más leales al
régimen. La gente había votado No.
El gobierno anunció que el Sí había ganado con el 85% de los votos.
Y Venezuela entera supo que era mentira. No como sospecha — como
certeza. Porque las personas que habían estado en las mesas lo sabían. Y
las personas que conocían a esas personas lo sabían. Y las personas que
conocían a las personas que conocían a esas personas lo sabían.
El régimen había cometido la torpeza más cara que puede cometer un
sistema autoritario: mentir sobre algo que todos saben que es mentira.
Porque esa mentira no produce obediencia. Produce humillación. Y la
humillación, a diferencia del miedo, no paraliza. Activa.
✦ ✦ ✦
A las 3 de la madrugada del 23 de enero de 1958, un avión DC-4
despegó del aeropuerto de Maiquetía con Marcos Pérez Jiménez a bordo.
Iba hacia República Dominicana, donde Trujillo — otro dictador, otro
sistema congelado en su propio tiempo — le abriría las puertas.
Llevaba consigo lo que pudo llevarse en el apuro de una huida que nunca
quiso que pareciera huida: dinero, documentos, el peso de diez años de
poder ejercido sin contrapeso.
Lo que no se llevó fue Venezuela.
✦ ✦ ✦
La noticia comenzó a correr en la oscuridad de la madrugada, de boca en
boca, de ventana en ventana, de radio clandestina en radio clandestina.
No había redes sociales. No había teléfonos en cada bolsillo. La noticia
viajó como viajaban las noticias importantes en Venezuela desde siempre:
a través de la cadena humana de los que se tienen confianza.
--- Se fue.
--- ¿Que se fue quién?
--- Él. El dictador. Se fue en avión.
--- ¿De verdad?
--- De verdad.
Pausa. Silencio. El silencio de quien necesita un momento para calibrar
si puede creer algo que lleva diez años esperando.
Y luego: el movimiento.
✦ ✦ ✦
Caracas salió a la calle como no había salido nunca en su historia. No
en orden. No con pancartas preparadas de antemano ni con discursos
ensayados. Salió como sale la gente cuando el cuerpo decide antes que la
mente: de golpe, sin plan, en oleadas que se encontraban con otras
oleadas y se sumaban y crecían hasta que las calles no daban abasto.
La gente del barrio junto a la gente de la urbanización. El obrero junto
al profesional. El estudiante junto al ama de casa que nunca había ido a
una manifestación en su vida. La mujer que había votado No en el
plebiscito junto al hombre que había tenido miedo de votar. El que había
resistido activamente junto al que había sobrevivido callado.
Todos.
Por un día — por ese día único, irrepetible, que Venezuela necesita
recordar cuando duda de sí misma — todos fueron el mismo pueblo.
✦ ✦ ✦
✦ ✦ ✦
Hubo muertos ese día. La dictadura no se fue sin disparar. La Seguridad
Nacional, aun cuando su jefe había huido, siguió operando en las
primeras horas como opera toda maquinaria cuando el operador desaparece:
por inercia. Hubo francotiradores en edificios de Caracas que dispararon
sobre la multitud. Hubo enfrentamientos en varios puntos de la ciudad.
El saldo exacto de los muertos del 23 de enero nunca fue establecido con
precisión — la historia venezolana tiene esa tendencia dolorosa de no
contabilizar bien a sus propios muertos.
Pero la multitud no se detuvo. Porque hay momentos en que el cuerpo
colectivo de un pueblo alcanza una temperatura a la que el miedo
individual ya no puede funcionar. Ese fue uno de esos momentos.
Y en algún punto de esa mañana, la Junta de Gobierno que tomó el poder
en sustitución del dictador salió al balcón de Miraflores y el pueblo
venezolano, desde la calle, escuchó las palabras que había estado
esperando diez años escuchar:
Venezuela es libre.
✦ ✦ ✦
Tres meses después del 23 de enero, los líderes de los tres partidos
políticos principales de Venezuela se reunieron en una casa en Caracas.
La casa se llamaba Punto Fijo. Era la residencia de Rafael Caldera, el
líder de Copei. Allí estaban también Betancourt, por Acción Democrática,
y Jóvito Villalba, por Unión Republicana Democrática. Tres hombres que
habían pasado años en el exilio, que habían visto de cerca cómo la
democracia venezolana se había roto en 1948, que tenían en los huesos la
memoria de lo que se pierde cuando los partidos no se ponen de acuerdo.
El pacto que firmaron ese día fue, en su momento, un acto de sabiduría
política real.
Dijeron: cualquiera que gane las elecciones de diciembre, los otros dos
van a reconocer el resultado y van a gobernar juntos. No más de lo que
pasó en 1948, cuando AD gobernó solo y sus enemigos prefirieron apoyar
un golpe militar a seguir siendo oposición. Esta vez habría consenso.
Esta vez habría acuerdo. Esta vez la democracia tendría más de un par de
hombros sobre los cuales sostenerse.
Fue sabio. Fue necesario. Y fue, aunque ninguno de los tres pudo verlo
en ese momento, el diseño de la trampa que cuarenta años después
destruiría todo lo que construyeron.
✦ ✦ ✦
Porque el Pacto de Punto Fijo resolvió el problema del momento — la
inestabilidad, el golpismo, la ausencia de consenso — con un mecanismo
que tenía un defecto estructural invisible en 1958: convertía el acuerdo
entre los tres partidos en el único mecanismo legítimo de la política
venezolana.
Si estabas dentro del pacto, existías. Si estabas fuera del pacto, no
existías.
El Partido Comunista fue excluido deliberadamente. Los movimientos
sociales que no estaban afiliados a los partidos del pacto quedaron en
los márgenes. Los venezolanos que no se identificaban con AD ni con
Copei ni con URD tenían que elegir entre adaptarse a esa triada o
resignarse a la irrelevancia.
El Cuarto Principio comenzó a operar, silenciosamente, desde el primer
día del sistema puntofijista. La válvula más importante de cualquier
democracia — la capacidad de los excluidos de encontrar representación
política legítima — fue bloqueada desde el comienzo. No por maldad.
Por miedo. El miedo perfectamente razonable de tres hombres que habían
visto demasiadas veces cómo la democracia venezolana se rompía.
Pero el miedo razonable no cambia la física. Y la física cobró su
precio. Lo cobró cuarenta años después. Con intereses.
✦ ✦ ✦
El 23 de enero de 1958 fue el único día en la historia de Venezuela en
que los treinta millones — o los siete millones que éramos entonces
--- fuimos realmente uno.
No porque estuviéramos de acuerdo en todo. Sino porque por un día, lo
que nos unía era más grande que lo que nos dividía. Lo que nos unía era
la experiencia compartida de haber vivido bajo un sistema que nos
negaba. Y lo que nos dividía — las diferencias de clase, de región, de
partido, de ideas sobre el futuro — quedó, por ese día, en segundo
plano.
Ese día existe. Ocurrió. No puede ser borrado de la historia de
Venezuela aunque la historia de Venezuela lleve décadas intentando
empequeñecerlo, disputarlo, apropiárselo, convertirlo en símbolo de un
bando en lugar de herencia de todos.
El 23 de enero le dice a Venezuela que es posible. Que la unidad no es
una ilusión. Que hay momentos en que el cuerpo colectivo de un pueblo
alcanza la temperatura correcta y se mueve como uno.
Lo que también dice — y esto es lo que este libro tiene la obligación
de decir con la misma honestidad — es que ese momento no se sostuvo.
Que la unidad del 23 de enero no sobrevivió a las primeras semanas de la
política democrática, cuando los partidos volvieron a ser partidos y los
intereses volvieron a ser intereses y Venezuela volvió a aprender la
lección que no había terminado de aprender: que la democracia no es un
momento. Es un proceso. Y que los procesos requieren instituciones más
fuertes que los individuos y los momentos que los inspiran.
Betancourt lo dijo cuando salió del avión de regreso a Venezuela: ahora
viene lo difícil.
Tenía razón.
Lo difícil empezaría en el Capítulo 4.
✦ ✦ ✦
Cuando Venezuela tuvo todo y decidió que era para siempre.
Joseph A. Castillo Viña*
1958 — 1973
Los años en que Venezuela fue lo más parecido a la promesa
que alguna vez se hizo a sí misma.
*Y los años en que no supo que era una promesa que tenía fecha de
vencimiento.*
Hay una imagen que los venezolanos que vivieron los años sesenta y
setenta no pueden ver sin que algo en el pecho se les apriete de una
manera que no es exactamente tristeza y no es exactamente nostalgia.
Es la imagen de una autopista nueva.
No cualquier autopista. La autopista. La que atravesaba el valle de
Caracas de este a oeste con una fluidez que en los años cincuenta
parecía ciencia ficción. La que tenía intercambios de varios niveles
donde antes había burros y caminos de tierra. La que por las noches
brillaba con las luces de los carros nuevos — los carros que la gente
empezaba a comprarse a crédito, a plazos, porque por primera vez en la
historia de Venezuela el crédito era algo que existía para la gente
común y no solo para los ricos.
Esa autopista era Venezuela mirándose al espejo y viendo lo que quería
ver: un país moderno, un país que avanzaba, un país que merecía estar
entre los grandes.
No era mentira. Eso es lo más importante de este capítulo. No era
mentira.
Pero tampoco era toda la verdad.
✦ ✦ ✦
Este es el capítulo más difícil de escribir de todo el libro. No porque
la historia sea complicada — la historia de los años sesenta y setenta
venezolanos es, en muchos sentidos, la más lineal y la más documentada.
Sino porque es el capítulo de la felicidad que se perdió. Y escribir la
felicidad que se perdió requiere un tipo de honestidad diferente al que
se necesita para escribir el dolor.
Requiere decir: sí, fue real. Sí, fue hermoso. Sí, los que lo vivieron
tenían razones genuinas para creer que Venezuela había encontrado su
camino.
Y también requiere decir: y sin embargo, debajo de esa belleza, la
física seguía operando. Y nadie — ni los que gobernaban ni los que
aplaudían — estaba mirando lo que la física estaba construyendo en
silencio.
La caldera que no se ve es la más peligrosa de todas.
Rómulo Betancourt llegó a Miraflores en febrero de 1959 con
cincuenta y un años, una maleta llena de décadas de exilio, y la
claridad fría de alguien que ha tenido demasiado tiempo para pensar.
No llegó como un triunfador. Llegó como un hombre que sabía exactamente
cuánto había costado llegar ahí y cuánto podía costar perderlo.
Su gobierno fue el más importante de la historia democrática venezolana.
No el más querido — hubo momentos en que fue el más odiado. Sino el
más importante, en el sentido de que fue el que construyó los cimientos
sobre los que todo lo demás se sostuvo o se derrumbó.
Enfrentó dos golpes de Estado — uno desde la derecha, uno desde la
izquierda — y los dos sobrevivió. Enfrentó la insurgencia guerrillera
del MIR y del PCV, jóvenes venezolanos que habían decidido que la
revolución cubana era el modelo y que Betancourt era un traidor al
pueblo, y los enfrentó con una mezcla de represión y negociación que no
dejó contento a nadie pero que funcionó. Enfrentó el intento de Trujillo
de asesinarlo con un carro bomba en la Avenida Los Próceres ---
sobrevivió con las manos quemadas — y no perdió la compostura.
Y cuando en 1964 entregó el poder a Raúl Leoni — cuando hizo lo que
ningún presidente venezolano del siglo XX había podido hacer: terminar
su período y entregar el poder a otro presidente electo — hizo algo
que parecía pequeño y que era en realidad el acto político más
importante de la historia venezolana moderna.
Demostró que era posible.
Que la democracia en Venezuela podía hacer lo que la democracia tiene
que hacer para existir de verdad: producir su propia continuidad sin
depender de ningún individuo específico.
✦ ✦ ✦
Entre 1958 y 1973, Venezuela vivió el período de crecimiento
económico más sostenido y más distribuido de su historia.
Las cifras son reales y hay que decirlas porque este libro no puede ser
justo si no las dice: el ingreso per cápita se duplicó. La clase media
creció de ser una franja delgada a ser la columna vertebral de la
sociedad venezolana. La educación pública se expandió de manera que
antes habría parecido imposible: en 1958 había menos de 700.000
estudiantes en el sistema educativo venezolano; en 1973 había más de
cuatro millones. Se construyeron universidades en ciudades que nunca
habían tenido universidad. Se construyeron hospitales que de verdad
funcionaban. Se creó el IVSS — el seguro social — que por primera
vez en la historia venezolana daba a los trabajadores una red que los
protegía cuando se enfermaban o se accidentaban o envejecían.
Venezuela en 1970 era el país con mayor ingreso per cápita de América
Latina. El primero. Por encima de Argentina, por encima de Brasil, por
encima de Chile.
Venezuela era — en los números, en la realidad medible, en la vida de
millones de familias que lo vivieron en su cuerpo — el milagro
latinoamericano.
✦ ✦ ✦
✦ ✦ ✦
Pero hay algo que los números no capturan y que este libro tiene la
obligación de capturar.
El milagro venezolano de los años sesenta y setenta no fue igual para
todos.
La clase media creció, sí. Pero los barrios de los cerros de Caracas
también crecieron — y crecieron más rápido, con gente que llegaba del
interior buscando el milagro y encontrando una habitación de cartón en
una ladera sin agua potable. La reforma agraria distribuyó tierras, pero
el Estado nunca construyó los sistemas de riego ni los caminos ni los
créditos que hacían que esas tierras pudieran ser productivas. La
educación se expandió, pero la calidad se diluyó con la expansión: había
más escuelas pero con menos maestros bien pagados, con más alumnos por
aula, con menos libros.
Y sobre todo: el dinero del petróleo que pagaba todo eso no venía de
ningún esfuerzo de la sociedad venezolana. Venía del subsuelo. Y el
dinero que no se gana — el dinero que simplemente llega — no produce
los mismos hábitos, las mismas instituciones, la misma cultura cívica
que el dinero que se construye con trabajo y con impuestos y con el
esfuerzo colectivo de una sociedad que se financia a sí misma.
Venezuela en los años sesenta fue un país próspero que no había
aprendido todavía el precio de la prosperidad.
Esa ignorancia era comprensible. Era humana. Era incluso hermosa, de
cierta manera.
Pero tenía un costo que el Cuarto Principio ya estaba calculando,
silenciosamente, en algún lugar donde nadie miraba.
✦ ✦ ✦
Hay una palabra que los venezolanos de los años sesenta y setenta
usaban para describir a su sistema político, y que contenía, sin que
ellos lo supieran, toda la semilla del problema.
La palabra era: estabilidad.
Venezuela tiene estabilidad. Venezuela es estable. Venezuela — a
diferencia de sus vecinos latinoamericanos que sufrían golpe tras golpe,
junta tras junta, caudillo tras caudillo — tiene un sistema estable.
Dos partidos que se alternan. Elecciones cada cinco años. Transferencia
pacífica del poder. Estabilidad.
La palabra sonaba bien. Y describía algo real. Y al mismo tiempo, en el
lenguaje de la termodinámica, era la señal más clara de que algo no
estaba bien.
Porque la estabilidad que Venezuela celebraba en los años sesenta y
setenta no era la estabilidad de un sistema vivo que oscila dentro de su
rango saludable. Era la estabilidad de un sistema que había reducido su
variabilidad hasta convertirla en rigidez. Era la estabilidad de dos
partidos que se habían repartido el país entre ellos — los
ministerios, las gobernaciones, los contratos, las posiciones en el
ejército, los puestos en las empresas del Estado — con la precisión de
dos socios que han llegado a un acuerdo sobre quién se queda con qué.
Era la estabilidad del Cuarto Principio acumulando deuda.
✦ ✦ ✦
La democracia venezolana de los años sesenta y setenta tenía apellido.
Se llamaba puntofijismo y el nombre era exactamente lo que describía: un
sistema construido alrededor de un pacto de punto fijo, de un acuerdo
que congelaba las reglas del juego político para garantizar la
estabilidad que todos querían.
Y funcionó. Por eso hay que ser precisos: funcionó. Cuatro elecciones
limpias entre 1958 y 1978. Cuatro transferencias de poder pacíficas.
Ningún golpe de Estado exitoso en veinte años, en un continente donde
los golpes eran la norma. Un nivel de vida que crecía para la mayoría.
Funcionó de la manera en que funcionan todas las cosas que están
construidas sobre una base que no puede sostenerse indefinidamente:
perfectamente, hasta el día en que dejaron de funcionar.
✦ ✦ ✦
En algún punto de los años sesenta, nació una generación venezolana
que sería diferente a todas las anteriores.
No diferente en el sentido de mejor o peor. Diferente en el sentido de
que fue la primera generación de venezolanos que creció sin haber
conocido la escasez como condición normal. La primera que fue a la
escuela pública y encontró una escuela que funcionaba. La primera que
tuvo acceso a la universidad sin ser necesariamente de familia
adinerada. La primera que compró carro y apartamento y lavadora y nevera
con doble puerta y viajó al exterior de vacaciones.
La primera que asumió, de manera completamente honesta y completamente
equivocada, que eso era lo normal. Que así era Venezuela. Que así iba a
seguir siendo Venezuela.
Esa generación no tenía la culpa de asumir eso. Es lo que uno asume
cuando crece en prosperidad: que la prosperidad es el estado natural y
que la escasez es la anomalía. Solo cuando la escasez llega — solo
cuando el mundo demuestra que puede quitarte lo que siempre tuviste ---
uno entiende que era al revés.
Que la prosperidad era el regalo. Y que los regalos no duran para
siempre.
✦ ✦ ✦
✦ ✦ ✦
Esa generación construyó la Venezuela de los años setenta. Con sus
manos, con su trabajo, con su fe genuina en que el país era lo que
parecía y que lo que parecía era bueno.
Y lo que parecía era, en muchos sentidos, extraordinario.
Caracas en 1970 era una ciudad de un millón y medio de habitantes que se
movía con la energía de quien sabe que está en el centro de algo
importante. Los restaurantes llenos. Los cines llenos. El Poliedro
llenándose de conciertos de artistas internacionales que venían a
Venezuela porque en Venezuela había dinero y había gente que quería
gastar ese dinero en vivir. La Universidad Central llena de ideas, de
debate, de la energía intelectual de una generación que creía que el
mundo podía cambiarse desde una clase de sociología o desde una tesis de
arquitectura.
Y en los barrios de los cerros, paralela a esa vida que los libros
recuerdan, otra Venezuela. La Venezuela que seguía llegando del
interior, que seguía construyendo sus casas de bloque sin friso en las
laderas donde el asfalto no llegaba y el agua potable llegaba por horas,
que seguía esperando que el ascensor del milagro venezolano llegara
también hasta ese piso.
Las dos Venezuelas coexistían. El Primer Principio, siempre operando.
Siempre.
✦ ✦ ✦
En 1970, el economista venezolano Asdrúbal Baptista publicó un
artículo que casi nadie leyó y que contenía la advertencia más
importante que un venezolano había escrito desde Uslar Pietri.
El argumento era simple y devastador: Venezuela estaba construyendo una
economía que no podía funcionar sin petróleo, y el petróleo no era
infinito ni su precio era estable. Cada año que pasaba, la dependencia
se profundizaba. Cada año que pasaba, el aparato productivo venezolano
--- la industria, la agricultura, la manufactura — se encogía en
términos relativos porque no podía competir con las importaciones
baratas que el petróleo pagaba. Cada año que pasaba, Venezuela se volvía
un poco más hábil en gastar y un poco menos hábil en producir.
Nadie quería escuchar ese argumento en 1970. ¿Por qué iban a escucharlo?
El país iba bien. El petróleo fluía. Los salarios alcanzaban. Los hijos
iban a la universidad. ¿Para qué preocuparse por un problema que no
existía todavía?
Eso es exactamente lo que hace el Cuarto Principio en su fase más
silenciosa: construye la deuda donde nadie la ve, en el período en que
el dinero para pagarla todavía existe. Y cuando el dinero deja de
existir, la deuda ya es demasiado grande para pagar.
✦ ✦ ✦
Había otro problema invisible que tampoco nadie quería ver.
El Estado venezolano de los años sesenta y setenta era el empleador más
grande del país. Pagaba los sueldos de los maestros, de los médicos, de
los ingenieros del petróleo, de los militares, de los funcionarios, de
los trabajadores de las empresas públicas. Y ese Estado — ese
empleador gigantesco — aprendió, año a año, a usar ese poder de empleo
no como un instrumento de servicio público sino como un instrumento de
lealtad política.
El que votaba bien conseguía trabajo. El que tenía conexiones con el
partido correcto conseguía el contrato. El que era del bando equivocado
esperaba. No siempre. No en todos los casos. La Venezuela puntofijista
no fue nunca la Venezuela chavista en esto: había espacios de
meritocracia real, había instituciones que funcionaban de manera
relativamente independiente. Pero el patrón era el patrón. Y el patrón
formaba ciudadanos que aprendían a relacionarse con el Estado pidiendo,
no exigiendo. Clientela, no ciudadanía.
Y esa diferencia — entre el ciudadano que exige porque paga impuestos
y tiene derechos, y el cliente que pide porque espera favores y tiene
lealtades — es la diferencia entre una democracia que puede sostenerse
sola y una que solo se sostiene mientras el benefactor puede seguir
repartiendo.
Cuando el benefactor se quede sin qué repartir, el cliente no defiende
la democracia. Busca un nuevo benefactor.
Eso también era el puntofijismo. Y nadie lo veía porque el petróleo lo
pagaba todo.
✦ ✦ ✦
El 6 de octubre de 1973, Egipto y Siria atacaron a Israel.
En Caracas, esa noticia llegó por los noticieros de la noche como llegan
las guerras lejanas: con la sensación de que son importantes para los
que están adentro y remotas para los que están afuera. Venezuela no era
parte del conflicto. Venezuela era un país petrolero que observaba.
Pero Venezuela era un país petrolero. Y dos semanas después, cuando los
países árabes de la OPEP decretaron el embargo petrolero contra los
países que habían apoyado a Israel, el precio del petróleo se
cuadruplicó en semanas.
En Caracas, la noticia de esa cuadruplicación llegó diferente. Con esa
vibración específica que tiene el dinero cuando llega de golpe y en
cantidades que nadie esperaba.
El ingreso petrolero venezolano pasó, en cuestión de meses, de 2.000
millones de dólares anuales a más de 9.000 millones. El Estado
venezolano de repente tenía más dinero de lo que sabía qué hacer con él.
Y el hombre que llegó al poder en diciembre de ese mismo año — Carlos
Andrés Pérez, el candidato de AD, el hombre que había nacido pobre en
Rubio, Táchira, y que se había hecho a sí mismo a través de décadas de
militancia adeca — decidió que sabía exactamente qué hacer con ese
dinero.
Venezuela, dijo, va a dar el Gran Salto hacia adelante.
La Gran Venezuela, dijo, empieza ahora.
✦ ✦ ✦
Hubo venezolanos que en ese momento sintieron que el sueño se hacía
real. Que el país por fin tenía los recursos para hacer lo que siempre
había debido hacer: industrializarse, diversificarse, construir la
economía que no dependiera del petróleo usando el petróleo para
construirla.
Hubo venezolanos que en ese momento, con la misma información y el mismo
contexto, sintieron que algo en el estómago les decía que tanta
abundancia de golpe no podía terminar bien.
Los primeros eran más. Y la historia, en el corto plazo, les iba a dar
la razón suficiente para que no escucharan a los segundos.
En el largo plazo, los segundos tenían razón.
Pero en 1973, nadie quería escuchar el largo plazo. Venezuela estaba
rica. Venezuela era la primera economía de América Latina. Venezuela
tenía petróleo y ahora ese petróleo valía cuatro veces más.
¿Para qué escuchar al largo plazo cuando el presente era tan generoso?
✦ ✦ ✦
Si usted creció en Venezuela entre 1958 y 1973, tiene en el cuerpo
algo que nadie le puede quitar.
Tiene la memoria de un país que funcionó. No perfecto — nada humano es
perfecto. Sino funcionando. Siendo algo que merecía el amor que le
tenían.
Ese amor no fue ingenuo. Fue ganado. Lo ganó la generación del 23 de
enero que construyó una democracia desde las ruinas del miedo. Lo ganó
Betancourt aguantando dos golpes de Estado sin doblegarse. Lo ganó el
maestro de barrio que enseñó a leer a los hijos de quienes nunca habían
podido leer. Lo ganó la enfermera del hospital público que atendía a los
que antes no tenían dónde ir. Lo ganó el ingeniero de primera generación
que construyó la autopista con la misma seriedad con que su abuelo había
cultivado la tierra.
Ese amor tiene razón de ser. Y este libro — que va a decir cosas
difíciles sobre lo que vino después — no tiene ningún derecho a
restarle un gramo de ese amor.
✦ ✦ ✦
Pero el amor que no conoce la física de lo que ama es un amor que no
puede defenderlo.
Venezuela amó su democracia sin entender completamente sobre qué estaba
construida. La amó sin ver la deuda entrópica que se acumulaba en el
subsuelo invisible de sus instituciones. La amó sin preguntarse qué
pasaría cuando el petróleo dejara de ser tan generoso. La amó con la
confianza perfecta e irresponsable del que cree que lo que siempre ha
sido seguirá siendo.
Ese amor fue real. Y esa ignorancia también fue real.
Y cuando en el siguiente capítulo llegue Carlos Andrés Pérez con sus
miles de millones de dólares y su Gran Venezuela, ese amor y esa
ignorancia van a encontrarse con la tentación más grande que puede
enfrentar un sistema que no entiende sus propias limitaciones: la
tentación de la abundancia sin disciplina.
Venezuela iba a decir que sí a esa tentación.
Como cualquiera lo hubiera hecho.
Y el Pulso, paciente, iba a seguir contando.
✦ ✦ ✦
*Carlos Andrés Pérez, el petróleo a cien dólares, y el Viernes Negro que
lo cambió todo.*
Joseph A. Castillo Viña*
1973 — 1983
La década en que Venezuela tuvo todo.
Y la mañana en que descubrió que todo podía irse
en el tiempo que tarda un locutor de radio en leer un boletín.
Carlos Andrés Pérez llegó al poder en diciembre de 1973 con la
música más alta que Venezuela había escuchado nunca.
No era retórica. Era el precio del petróleo: cuatro veces más alto que
el año anterior, y subiendo. El mundo árabe había cerrado los grifos, la
OPEP había aprendido el poder de su propio recurso, y Venezuela — que
producía y exportaba petróleo con la naturalidad de quien nunca ha
conocido otra cosa — se encontró de repente nadando en una riqueza que
ningún gobierno venezolano anterior había podido imaginar.
Cuatro mil millones de dólares anuales en 1973. Nueve mil millones en
1974. Veinte mil millones para 1980. Venezuela nadaba en dinero con la
misma naturalidad con que había nadado siempre en petróleo.
Y el petróleo lo respaldaba. Dios mío, cómo lo respaldaba.
Carlos Andrés Pérez llegó con una promesa que en ese momento sonaba a
verdad porque tenía los números para respaldarla.
Venezuela va a dar el Gran Salto.
Y Venezuela — que quería creerlo con cada fibra de su cuerpo colectivo
--- le creyó.
✦ ✦ ✦
Hay una foto de Carlos Andrés Pérez que resume mejor que cualquier
análisis lo que fue su primer gobierno. Está de pie, sonriente, rodeado
de ministros y empresarios, con la confianza específica de alguien que
sabe que tiene más dinero del que puede gastar y que sabe además que
tiene el talento para gastarlo bien. Esa confianza era real. No era
actuación. CAP creía genuinamente que Venezuela, con él al frente y con
ese petróleo detrás, podía hacer el salto que ningún gobierno
latinoamericano había logrado: convertir la renta del recurso natural en
la base de una economía industrial moderna.
Y en ese momento, tenía razón. Eso hay que decirlo.
Los años del primer gobierno de CAP vieron la construcción de
infraestructura que Venezuela necesitaba. El Metro de Caracas, iniciado
en 1977. La Siderúrgica del Orinoco. Los hospitales. Las universidades.
Los puertos y carreteras. Venezuela se llenó de grúas y de concreto y de
la energía específica de un país que construye porque puede pagar lo que
construye.
La gente lo vivió. No como estadística — como realidad cotidiana. Los
sueldos alcanzaban. El carro nuevo era posible para quien nunca había
podido tenerlo. Miami era más barata que Caracas porque el bolívar era
tan fuerte que los Estados Unidos quedaban al alcance de la clase media
venezolana. Eso no era ilusión. Era el resultado real de una bonanza
real.
El problema no era que el boom fuera falso. El problema era lo que
ocurría debajo del boom. Lo que nadie quería ver porque ver el problema
cuando todo va bien requiere una disciplina que ningún sistema político
democrático ha demostrado tener de manera consistente.
✦ ✦ ✦
Hubo venezolanos que en esos años vivieron como nunca habían vivido y
como nunca volverían a vivir. Clase media que compró apartamento y carro
y viajó. Familias de los barrios que accedieron por primera vez a
electrodomésticos, a ropa nueva, a la sensación de que el esfuerzo podía
producir una vida mejor. Eso fue real y este libro no va a negarlo.
Pero todo ese sueño dependía de ese número.
Y ese número, nadie lo había dicho en voz alta, podía bajar.
✦ ✦ ✦
Existe un principio en la física de los sistemas que CAP nunca
estudió y que nadie le explicó de la manera en que necesitaba
escucharlo.
Cuando un sistema gasta más energía de la que produce, la diferencia no
desaparece. Se convierte en deuda. Esa deuda puede ser invisible durante
años si el sistema tiene acceso a crédito externo, a reservas
acumuladas, o a una fuente de ingresos que compense el déficit. Pero la
deuda crece con intereses. Y en algún momento — siempre en algún
momento — llega la factura.
Venezuela entre 1974 y 1983 fue un sistema que gastó más de lo que
producía en su economía real. Las importaciones superaron las
exportaciones no petroleras en cada año de ese período. El aparato del
Estado creció más rápido que la capacidad de la economía para
financiarlo con productividad real. Los subsidios se convirtieron en
derechos adquiridos que ningún gobierno político podía reducir sin costo
electoral.
Y el petróleo pagaba todo. Mientras el petróleo subía, nadie preguntaba
qué pasaría cuando bajara. Y cuando bajó — en 1981, en 1982, en 1983
--- la pregunta que nadie había querido hacer se hizo sola, en forma de
cifras que los técnicos del Banco Central miraban en sus pantallas con
la cara de quien ve algo que no puede parar.
Para 1983, Venezuela debía más de 35.000 millones de dólares. Era la
deuda per cápita más alta de América Latina. Y el petróleo había
empezado a bajar.
✦ ✦ ✦
Luis Herrera Campíns llegó al poder en 1979 heredando un país que
brillaba por fuera y crujía por dentro. Su primer discurso lo dijo con
una honestidad que Venezuela no estaba lista para escuchar: recibí una
Venezuela hipotecada.
Venezuela no quiso escucharlo. Porque escucharlo implicaba reconocer que
los años de CAP — los años que muchos venezolanos recordaban como los
mejores de su vida — habían tenido un costo que nadie había puesto en
la cuenta.
La hipoteca era real. Y los pagos estaban a punto de vencer.
✦ ✦ ✦
**III · El 18 de Febrero de 1983 — El Día que Venezuela Perdió su
Inocencia**
Era viernes.
En Venezuela, los viernes tienen una temperatura específica. Son el día
en que la semana de trabajo termina y el fin de semana empieza, el día
en que uno puede llegar a casa un poco más temprano, el día en que la
ciudad respira diferente. Los viernes venezolanos huelen a descanso
inminente.
El viernes 18 de febrero de 1983 empezó como todos los viernes.
Y a mitad de la mañana dejó de ser como todos los viernes.
El gobierno de Luis Herrera Campíns — que llevaba meses sabiendo que
la crisis era inevitable, que había intentado manejarla con la esperanza
de que algo cambiara, que había rezado al dios del petróleo que subiera
el precio otra vez — ese gobierno anunció que suspendía la libre
convertibilidad del bolívar.
El bolívar, que había cotizado durante décadas a cuatro bolívares con
treinta céntimos por dólar con la firmeza de algo que parecía una ley de
la naturaleza, pasaría a controlarse mediante un sistema de cambio
diferencial. Lo que en lenguaje técnico significaba una sola cosa en
lenguaje humano:
Lo que tenías ya no vale lo mismo.
✦ ✦ ✦
La reacción fue como suelen ser las reacciones venezolanas a las crisis:
inmediata, intensa, y dividida entre los que entendían exactamente qué
había pasado y los que lo sentían en el cuerpo sin poder explicarlo.
Los que entendían corrieron a los bancos. Las colas en los bancos de
Caracas ese viernes y el lunes siguiente fueron las más largas que la
ciudad había visto desde las colas políticas del 23 de enero.
Los que no entendían — que eran más, porque la economía es opaca para
la mayoría de la gente de la manera en que la fontanería es opaca hasta
que se rompe una cañería — sintieron la temperatura bajar en el
mercado, en la tienda, en la cara del dueño de la bodega que calculaba
en su cabeza cuánto iba a costarle reponer lo que vendía.
Y todos, los que entendían y los que no, tuvieron la misma sensación:
Que algo que siempre había estado ahí, que habían dado por hecho como el
agua del grifo o el asfalto de la calle, de repente ya no estaba
garantizado.
Esa sensación — esa pérdida específica de la certeza que uno no sabe
que tiene hasta que la pierde — es lo que este libro llama la pérdida
de la inocencia económica de Venezuela. Y el 18 de febrero de 1983 es la
fecha exacta en que ocurrió.
✦ ✦ ✦
El Viernes Negro no fue un accidente. Fue la factura.
La factura de haber gastado en diez años lo que el petróleo había
acumulado en décadas. La factura de haber construido un Estado que
costaba más de lo que la economía real podía sostener sin el petróleo
alto. La factura de haber creído, porque era más cómodo creerlo, que el
número podía seguir siendo el mismo para siempre.
Pero hay algo que las explicaciones económicas del Viernes Negro no
terminan de capturar. Algo que este libro necesita decir porque tiene
que ver no con los números sino con lo que los números representaban
para la gente que los usaba todos los días.
El Viernes Negro no fue solo una crisis económica. Fue una crisis de
identidad.
Porque Venezuela había construido, en los años del boom petrolero, una
imagen de sí misma que dependía de ese bolívar fuerte. La imagen de un
país moderno, próspero, capaz. El país del carro nuevo y el viaje a
Miami y el apartamento propio. Esa imagen no era pura ilusión — tenía
base real en la vida de millones de venezolanos que habían mejorado
materialmente durante esos años. Pero dependía de una variable que podía
cambiar. Y cuando cambió, la imagen se rompió con ella.
*¿Qué significa ser venezolano cuando Venezuela ya no puede sostener lo
que prometió?*
Esa pregunta — esa pregunta específica, que el Viernes Negro puso
sobre la mesa de cada familia venezolana ese febrero — es la pregunta
que Venezuela lleva cuarenta años intentando responder. Con el Caracazo.
Con el 4F. Con 1998. Con las elecciones de 2024.
Todo lo que viene después en este libro es, en algún sentido, Venezuela
intentando responder esa pregunta.
✦ ✦ ✦
Hay una parte del Viernes Negro que casi ningún análisis económico
incluye.
La narrativa del 18 de febrero de 1983 tiende a centrarse en los bancos.
En las colas de los bancos. En los venezolanos que corrieron a cambiar
bolívares por dólares. En los empresarios que perdieron contratos. En la
clase media que vio encogerse el valor de sus ahorros.
Pero el barrio no tenía cuenta bancaria. El barrio no tenía ahorros en
dólares que perder. El barrio no corrió a ninguna ventanilla ese viernes
porque el barrio nunca había tenido razón de ir a un banco.
¿Entonces el barrio no perdió nada?
Perdió todo. Solo que de otra manera.
El barrio dependía del mercado informal. Del vendedor de la esquina que
traía mercancía importada. Del repuesto de carro que venía de afuera.
Del medicamento que no se fabricaba en Venezuela. El barrio vivía de una
economía que parecía separada del dólar pero que en realidad estaba
atada a él por mil hilos invisibles que el Viernes Negro cortó todos al
mismo tiempo.
En los días que siguieron al 18 de febrero, los precios en los mercados
populares venezolanos comenzaron a subir. No porque el gobierno hubiera
decretado ningún aumento. Sino porque quienes vendían en esos mercados
habían comenzado a calcular en la nueva realidad, aunque no supieran
exactamente qué había pasado. La información de que algo había cambiado
viajó por los mercados populares con la misma velocidad que viajó por
los pasillos de los bancos. Solo que en los mercados no había nadie
explicando el mecanismo. Solo había precios que subían.
Y el barrio — que no tenía los recursos para absorber esa subida ---
empezó ese viernes el ajuste más doloroso. El ajuste de reducir. De
comer menos proteína. De hacer durar más la ropa. De calcular cada
compra antes de hacerla.
El Viernes Negro no fue solo la crisis de la clase media venezolana. Fue
la crisis de Venezuela entera. Solo que la clase media lo vivió en los
bancos y el barrio lo vivió en el mercado. Y el barrio, que tenía menos
margen para absorber el impacto, lo sintió más tiempo y con más peso en
el cuerpo.
✦ ✦ ✦
Carlos Suárez tenía 41 años el 18 de febrero de 1983. Era ingeniero.
Tenía el apartamento de Los Palos Grandes con diez años de cuotas por
pagar, dos hijos en la educación — Andrés en la universidad, Patricia
en el liceo — y los ahorros de los últimos tres años depositados en un
banco que esa mañana amaneció con las reglas cambiadas.
Fue al banco. Esperó dos horas en la cola. Le dijeron que las
operaciones en divisas estaban suspendidas hasta nuevo aviso. Salió sin
haber podido hacer nada. Se sentó en el carro en el estacionamiento y se
quedó quieto un momento largo.
Pensó en su padre Héctor — el maestro que había estado preso en el
perezjimenismo y que había salido distinto pero no quebrado. Héctor le
había enseñado una cosa que Carlos había guardado sin saber que la
estaba guardando: que en Venezuela el suelo podía moverse debajo de los
pies sin aviso. Que la única manera de pararse en un suelo que se mueve
es tener algo adentro que no dependa del suelo.
Carlos no pensó en vender el apartamento ni en sacar a sus hijos de la
educación. Pensó en llamar a sus primos en Barlovento — los
descendientes de Pedro Blanco, el peón de la tierra que había aprendido
a sobrevivir en el gomecismo. Llamó. Les preguntó cómo estaban. Le
dijeron que el precio del maíz había subido en el mercado del pueblo
pero que la siembra estaba bien. Que la tierra seguía produciendo.
Carlos colgó y se sintió, por primera vez en ese día extraño, algo
parecido a estar tranquilo. No porque el problema hubiera desaparecido.
Sino porque había algo en Venezuela — la tierra, la familia, lo que
Pedro Blanco había sembrado con sus manos — que el tipo de cambio no
podía devaluar.
✦ ✦ ✦
Luis Herrera Campíns no fue sorprendido el 18 de febrero de 1983.
Eso hay que decirlo con precisión porque cambia el peso del evento.
El gobierno venezolano sabía desde meses antes que la crisis del tipo de
cambio era inevitable. Las reservas internacionales se habían estado
agotando de manera visible para cualquier técnico del Banco Central que
mirara los números con honestidad. La brecha entre el tipo de cambio
oficial y el tipo de cambio real que el mercado habría producido se
había ido ampliando hasta el punto en que mantenerla requería un gasto
de reservas que Venezuela no podía sostener.
Lo que el gobierno de Herrera eligió no fue si la devaluación iba a
ocurrir. Eligió cuándo. Y eligió el momento en que la presión acumulada
ya era tan grande que la alternativa — seguir gastando reservas para
mantener un tipo de cambio que el mercado consideraba irreal — había
dejado de ser viable.
Esa elección — posponer la corrección hasta que ya no podía ser
gradual — es la demostración más perfecta del Cuarto Principio en la
historia económica venezolana del siglo XX. No fue malicia. Fue el
cálculo político de todos los gobiernos que enfrentan correcciones
dolorosas: que el costo político de actuar antes de que sea inevitable
es mayor que el costo de actuar cuando ya no hay alternativa.
Ese cálculo es comprensible. Y es el cálculo que, multiplicado a lo
largo de décadas y de gobiernos, convirtió los ajustes graduales que
habrían podido ser manejables en el Viernes Negro que no lo fue.
Venezuela pagó en un viernes la deuda de décadas de postergación. No
porque nadie supiera que la deuda existía. Sino porque nadie quiso ser
el gobierno que la cobrara antes de que el cuerpo del país ya no pudiera
negarse a pagarla.
✦ ✦ ✦
Lo que vino después del Viernes Negro fue algo que Venezuela no
sabía que podía pasarle.
Que la crisis no terminara.
Las crisis que Venezuela había conocido hasta entonces — el golpe de
1948, el perezjimenismo, la guerrilla de los años sesenta — tenían
principio y fin. Eran eventos. El Viernes Negro inauguró algo diferente:
el deterioro sostenido. La degradación que no tiene un día de resolución
sino que se convierte en el nuevo estado de normalidad, primero para un
año, luego para dos, luego para toda una década.
Entre 1983 y 1989, Venezuela vivió la pérdida más importante que un país
puede sufrir después de la pérdida de vidas: la pérdida de la fe en que
las cosas van a mejorar. No de golpe. Gradualmente. Con cada año de
inflación que seguía siendo alta, con cada restricción cambiaria que
hacía la vida más complicada, con cada escasez que aparecía en los
anaqueles de los supermercados y que antes no había existido.
Los venezolanos que habían nacido en los años cincuenta y sesenta, que
habían crecido con la certeza de que cada generación iba a vivir mejor
que la anterior, empezaron a hacer el cálculo que nunca habían
necesitado hacer: si en este país el futuro de mis hijos va a ser mejor
o peor que el mío.
Ese cálculo — que millones de familias venezolanas hicieron en
silencio durante esos años — es el caldo de cultivo de todo lo que
vendría después. Del Caracazo. Del 4F. De 1998. De la diáspora.
Pero antes de llegar ahí, hay algo que este capítulo debe dejar dicho
con toda la claridad que puede.
✦ ✦ ✦
La Gran Venezuela no fue una mentira en el sentido de que CAP supiera
que era falsa y la dijera de todas formas. Eso sería más simple y en
cierto modo más reconfortante — habría un culpable claro y un relato
ordenado.
La Gran Venezuela fue algo más trágico que una mentira.
Fue una promesa hecha con convicción genuina, financiada con dinero
real, construida sobre la ilusión de que el número podía seguir siendo
el mismo para siempre. Fue el error más humano que existe: creer que lo
bueno que está pasando va a seguir pasando porque uno quiere que siga
pasando.
Venezuela pagó ese error. Con el Viernes Negro. Con el Caracazo. Con el
4F. Con todo lo que este libro todavía tiene que narrar.
Y sigue pagando.
✦ ✦ ✦
Hay una paradoja en el centro de la historia venezolana que este
capítulo es el lugar correcto para nombrar.
El petróleo le dio a Venezuela todo lo que este capítulo ha narrado: la
prosperidad de los años setenta, la confianza de un pueblo que se creyó
moderno, el concreto de las obras que transformaron el país.
Y al mismo tiempo, le quitó algo que no tiene precio en ningún balance.
Le quitó la necesidad.
La necesidad de construir una economía que produjera valor sin depender
de lo que estaba debajo de la tierra. La necesidad de desarrollar
instituciones que funcionaran porque la ciudadanía las exigiera, no
porque el petróleo las financiara. La necesidad de aprender la relación
entre el esfuerzo y el resultado que es la base de cualquier sociedad
que construye algo que dura.
El petróleo venezolano hizo lo que todas las rentas fáciles hacen con
los sistemas que las reciben: les enseñó que era posible existir sin esa
relación. Y los sistemas que aprenden esa lección tardan décadas en
desaprenderla. Cuando el maestro que enseñó la lección desaparece ---
cuando el precio baja, cuando el pozo se agota, cuando la demanda cambia
--- el sistema que aprendió a existir sin esfuerzo propio se encuentra
de repente sin los músculos que necesita para sostenerse.
Eso es lo que el Viernes Negro reveló. No la fragilidad de un gobierno
ni la torpeza de un período. La fragilidad de todo un modelo de existir
en el mundo.
Un modelo que Venezuela construyó durante cincuenta años. Que Uslar
Pietri intentó advertir en 1936 con tres palabras que Venezuela escuchó
pero no oyó: sembrar el petróleo. Que el Viernes Negro convirtió en
urgencia. Que el Caracazo convirtió en crisis. Que 1998 convirtió en
colapso.
Y que este libro ha asumido la responsabilidad de narrar con honestidad
hasta el final.
✦ ✦ ✦
*El día en que Venezuela rompió. Y lo que ese quiebre significó para
todo lo que vino después.*
Joseph A. Castillo Viña*
El Grito de la Válvula
27 de febrero de 1989
El día en que Venezuela no habló.
El día en que Venezuela ardió.
Hay una pregunta que Venezuela se ha hecho treinta y cinco años y
que todavía no ha terminado de responder.
¿Qué fue el Caracazo?
Los que lo vivieron desde el barrio dicen que fue la rabia. Que fue la
gente que ya no aguantaba más y que salió a decirlo de la única manera
que le quedaba disponible cuando todas las otras maneras habían fallado
o habían sido bloqueadas.
Los que lo vivieron desde las clases medias y altas dicen que fue el
caos. El descontrol. La violencia que sale cuando las instituciones se
debilitan y el Estado pierde la capacidad de mantener el orden.
Los historiadores dicen que fue una revuelta popular espontánea
desencadenada por el aumento del pasaje del transporte público como
consecuencia del paquete de ajuste económico del segundo gobierno de
Carlos Andrés Pérez.
Todos tienen razón. Y ninguno tiene toda la razón.
Porque el Caracazo no fue solo una cosa. Fue la acumulación de todo lo
que este libro ha ido contando capítulo a capítulo: el Viernes Negro de
1983, los seis años de empobrecimiento que siguieron, la promesa rota de
un sistema que había dicho que Venezuela era moderna y que los hechos
demostraban que no era tan moderna para todos. Fue la energía del polo
suprimido — el barrio, los pobres, la Venezuela que nunca había
terminado de entrar al milagro — encontrando la válvula que el sistema
no había sabido construir con anticipación.
No fue el principio. Fue el momento en que lo que venía de antes se hizo
visible para todos al mismo tiempo.
Y lo que se hizo visible, ese lunes de febrero, fue una Venezuela que el
sistema había preferido no ver.
✦ ✦ ✦
Carlos Andrés Pérez ganó las elecciones de diciembre de 1988 con el
52% de los votos.
Ganó con la nostalgia. Con la memoria de la Venezuela pujante de su
primer gobierno — los petrodólares, el Metro en construcción, el carro
nuevo, el viaje a Miami. Venezuela había vivido seis años de crisis bajo
Lusinchi. Seis años de inflación creciente, de bolívar que perdía valor,
de escasez que antes no existía. Y cuando Carlos Andrés apareció otra
vez con su energía característica, con su certeza de que él sabía cómo
arreglar las cosas, con la promesa tácita de que los buenos años podían
volver, Venezuela le creyó.
Le creyó con la misma fe con que un enfermo le cree al médico que le
dice que esta vez el tratamiento va a funcionar. No porque tenga
pruebas. Sino porque necesita creer.
El 2 de febrero de 1989, Carlos Andrés Pérez tomó posesión por segunda
vez. Y tres semanas después anunció el paquete de medidas económicas que
Venezuela no esperaba y que el Fondo Monetario Internacional llevaba
meses exigiendo como condición para los créditos que el país necesitaba
desesperadamente.
Entre esas medidas había una que parecía técnica y que era en realidad
una bomba de tiempo con mecha de tres semanas: la liberación del precio
de los combustibles y del transporte público.
El transporte público en Venezuela había sido subsidiado durante
décadas. Los venezolanos más pobres — los que vivían en los barrios de
los cerros, los que no tenían carro propio, los que dependían del
autobús para llegar al trabajo — pagaban una tarifa que el Estado
mantenía artificialmente baja con dinero del petróleo. Era uno de los
últimos subsidios universales que quedaban en pie después de los años de
crisis. Era, para mucha gente, la diferencia entre poder trabajar y no
poder trabajar.
Cuando el gobierno liberó ese precio, lo hizo con la lógica fría de la
economía: el subsidio era insostenible, había que eliminarlo, el mercado
fijaría el precio correcto.
La lógica era correcta en abstracto. Y era una catástrofe en concreto.
✦ ✦ ✦
El lunes 27 de febrero de 1989, los choferes de autobús de Guarenas
comenzaron a cobrar el nuevo precio del pasaje.
Los pasajeros se negaron a pagarlo.
Los choferes cerraron las puertas.
Los pasajeros rompieron las ventanas.
Y desde ese momento, lo que comenzó como una disputa por el precio de un
pasaje de autobús se convirtió, en horas, en algo que Venezuela no había
visto nunca y que Venezuela no tenía palabras suficientes para describir
mientras ocurría.
✦ ✦ ✦
No hubo un líder del Caracazo.
Eso es lo primero que hay que entender para entender lo que fue. No hubo
un partido que lo organizara. No hubo una central sindical que lo
convocara. No hubo un general que lo planificara ni un intelectual que
lo teorizara de antemano. No hubo, en ningún sentido convencional, una
dirección.
Hubo la gente.
Hubo miles de personas que ese lunes, en diferentes puntos de Caracas y
luego de otras ciudades venezolanas, tomaron la misma decisión al mismo
tiempo sin coordinarse entre sí: que no iban a aceptar más.
El físico que estudia los sistemas complejos llama a esto un evento de
criticalidad. El momento en que la energía acumulada supera el umbral y
el sistema cambia de estado de manera espontánea y simultánea en
múltiples puntos al mismo tiempo. Como cuando el agua llega a cien
grados: no hay un punto específico donde empieza a hervir — hierve en
todas partes a la vez cuando la temperatura es suficiente.
Venezuela hervía desde 1983. El 27 de febrero llegó a cien grados.
✦ ✦ ✦
Lo que siguió en las horas que vinieron después del primer autobús de
Guarenas es una de las cosas más difíciles de narrar en la historia
venezolana. No porque no haya testimonios — hay miles. Sino porque lo
que ocurrió desafía la narrativa lineal: ocurrió en demasiados lugares
al mismo tiempo, con demasiadas personas distintas, con demasiadas
lógicas simultáneas que no siempre eran compatibles entre sí.
Hubo saqueos. Los supermercados, los comercios, los almacenes fueron
vaciados en horas. No solo en Caracas — en Valencia, en Barquisimeto,
en Maracay, en Ciudad Guayana. Gente que sacaba comida, que sacaba
electrodomésticos, que sacaba todo lo que cabía en los brazos y lo que
no cabía en los brazos también.
Hubo quemas. Carros, autobuses, edificios públicos, locales comerciales.
El fuego que no tiene destinatario preciso — el fuego que es rabia sin
dirección específica, energía que busca salida por donde puede.
Hubo también, en medio del caos, actos de una humanidad que la narrativa
oficial de la violencia tiende a borrar: personas que protegieron
comercios de sus vecinos, que sacaron comida de los supermercados
saqueados y la distribuyeron entre familias que no habían podido salir,
que cuidaron a los heridos en los momentos en que las ambulancias no
llegaban.
Venezuela no era solo la rabia. Nunca es solo la rabia. Pero la rabia
era lo que se veía desde afuera.
✦ ✦ ✦
El gobierno de Carlos Andrés Pérez tardó horas en responder.
Horas que en las calles de Caracas costaron una destrucción que habría
podido ser menor. Cuando la respuesta llegó, llegó con la lógica que los
sistemas que no saben administrar la presión de sus propios ciudadanos
siempre terminan usando: la fuerza.
El estado de emergencia se decretó en la madrugada del 28 de febrero. Se
suspendieron las garantías constitucionales. El ejército salió a las
calles. La Guardia Nacional recibió órdenes de restablecer el orden.
Y el orden fue restablecido.
Con un costo que Venezuela todavía no ha terminado de contar.
✦ ✦ ✦
✦ ✦ ✦
El número exacto de los muertos del Caracazo es, a estas décadas de
distancia, todavía disputado.
Esa disputa es, en sí misma, una señal diagnóstica.
Un Estado que respeta a sus ciudadanos cuenta sus muertos con cuidado.
Los registra. Los identifica. Les devuelve a sus familias. Los inscribe
en la memoria oficial del país con los nombres que tuvieron cuando
vivieron.
Venezuela en 1989 hizo algo diferente. Las fosas comunes de La Peste ---
el cementerio municipal de los pobres de Caracas — recibieron cuerpos
sin identificar en los días que siguieron al Caracazo. Las autopsias
fueron incompletas o no se realizaron. Las familias que buscaban a sus
desaparecidos encontraron un sistema que no tenía protocolos para lo que
había ocurrido porque nunca había ocurrido.
No fue deliberada crueldad en todos los casos. Fue también el colapso
administrativo de un Estado que había sido desbordado por lo que produjo
y que no tenía la infraestructura institucional para procesar la
magnitud de lo que había hecho.
Pero el resultado fue el mismo: una Venezuela que mató a un número
indeterminado de sus propios ciudadanos y que nunca rindió cuentas
completas de ello.
Esa deuda — que no es económica sino moral, que no se paga con
bolívares sino con verdad — es una de las deudas más antiguas y más
impagadas de la historia venezolana reciente.
✦ ✦ ✦
El Caracazo fue el mensaje más claro que Venezuela le había enviado
a su clase política desde el 23 de enero de 1958.
Y como el 23 de enero, el mensaje fue escuchado. Y como el 23 de enero,
fue mal interpretado.
La clase política venezolana de 1989 vio en el Caracazo lo que quería
ver: un problema de orden público que había sido resuelto. Un estallido
de violencia que había sido contenido. Una crisis que había tenido su
momento de máxima intensidad y que ahora se podía administrar con
ajustes políticos y económicos graduales.
Lo que no supo ver — o no quiso ver — era lo que el Cuarto Principio
lleva décadas diciendo en el lenguaje de la física: que cuando un
sistema llega al umbral de ruptura y produce una transición de fase
violenta, esa transición no resuelve la presión acumulada. La libera
parcialmente. Y la presión que no se libera sigue acumulándose, con los
intereses de la represión añadidos.
El ejército restableció el orden en las calles de Caracas en 72 horas.
Pero el orden que restableció no era el orden de antes del 27 de
febrero. Era un orden más frágil, más resentido, más cargado de la
memoria de lo que había ocurrido y de la sensación de que podía volver a
ocurrir.
Y podía. Porque las causas no habían desaparecido. Solo habían sido
aplastadas de nuevo.
✦ ✦ ✦
Hay algo que el Caracazo le dejó a Venezuela que no está en ningún
informe oficial.
Le dejó una imagen de sí misma que nunca había tenido antes.
Los venezolanos que vivieron los años sesenta y setenta se habían
acostumbrado a una imagen de Venezuela como país moderno, próspero,
estable. La democracia más sólida de América Latina. El país del bolívar
fuerte. El país que podía presumir ante sus vecinos de lo que había
construido.
El Caracazo destruyó esa imagen en 72 horas.
No porque la imagen fuera completamente falsa — había verdad en ella.
Sino porque demostró que era incompleta. Que debajo de la Venezuela
moderna había otra Venezuela que no había sido incluida en la
prosperidad de manera suficiente. Que el sistema había producido una
clase media pero también había producido, en los mismos años, una masa
de excluidos que vivían en los cerros de las ciudades en condiciones que
el milagro venezolano nunca había llegado a transformar del todo.
Esa Venezuela excluida no era nueva. Existía desde siempre — desde los
tiempos de Gómez, desde los tiempos antes de Gómez. Lo nuevo fue que el
27 de febrero de 1989, esa Venezuela bajó de los cerros.
Y al bajar de los cerros, le dijo al resto del país que existía. Que
tenía hambre. Que tenía rabia. Que tenía un límite.
Ese mensaje fue el más importante del Caracazo. Y fue también el mensaje
que la clase política venezolana de 1989 menos quiso recibir.
✦ ✦ ✦
✦ ✦ ✦
Carlos Andrés Pérez sobrevivió políticamente al Caracazo. Gobernó cinco
años más. Las medidas de ajuste que habían desencadenado la crisis
produjeron, con el tiempo, una estabilización económica parcial — la
inflación bajó, el crecimiento volvió de manera modesta.
Pero algo había cambiado de manera irreversible.
La legitimidad del sistema puntofijista — esa legitimidad que se había
construido desde 1958 sobre la promesa de que la democracia venezolana
protegería a sus ciudadanos y los incluiría en la prosperidad — esa
legitimidad no sobrevivió al Caracazo intacta.
Un sistema puede sobrevivir a su propio fracaso económico si mantiene la
confianza de sus ciudadanos. Un sistema puede sobrevivir a la crisis si
sus ciudadanos creen que el sistema los representa y que el sistema va a
mejorar.
Lo que un sistema no puede sobrevivir es matar a sus propios ciudadanos
y luego pretender que no pasó.
Venezuela en 1989 intentó hacer exactamente eso. Y el intento le costó,
tres años después, el 4 de febrero de 1992.
✦ ✦ ✦
Hay una conversación que ocurrió en algún momento entre 1989 y 1992
en los cuarteles venezolanos.
No en una sola conversación. En cientos de conversaciones. En los
dormitorios, en los comedores, en los patios de ejercicio. Entre
soldados y sargentos y tenientes que habían recibido la orden de salir a
las calles durante el Caracazo y que habían obedecido esa orden y que
vivían ahora con lo que habían hecho.
No todos los militares que participaron en la represión del Caracazo
quedaron tranquilos con lo que hicieron. Algunos sí — son los que
siempre hay en cualquier fuerza armada, los que cumplen órdenes sin
preguntarse si las órdenes son justas. Pero otros no. Otros salieron de
esos días con una pregunta que no podían sacarse de la cabeza:
*¿Para esto juro yo defender a Venezuela? ¿Para disparar sobre
venezolanos que no tienen comida?*
Hugo Chávez Frías era teniente coronel en 1989. Había fundado el
Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 en 1982 — siete años antes
del Caracazo — con un grupo de oficiales jóvenes que creían que las
fuerzas armadas tenían una responsabilidad histórica con el pueblo
venezolano que el sistema puntofijista había traicionado.
El Caracazo fue, para ese movimiento clandestino que llevaba siete años
esperando el momento correcto, la confirmación definitiva de que tenían
razón. De que el sistema era incapaz de reformarse desde adentro. De que
la presión acumulada en Venezuela era real y masiva y que el sistema no
tenía ni la voluntad ni la capacidad de administrarla.
Tres años después, el 4 de febrero de 1992, Chávez salió de los
cuarteles.
Sin el Caracazo, ese 4 de febrero es impensable. No porque Chávez no
hubiera intentado el golpe de todas formas — quizás sí, quizás no.
Sino porque sin el Caracazo, el 4 de febrero no habría tenido el apoyo
popular que tuvo. El gesto de rendición de Chávez frente a las cámaras
--- esas dos palabras que cambiaron la política venezolana para siempre:
por ahora — no habría resonado de la misma manera en una Venezuela que
no hubiera vivido el 27 de febrero de 1989.
El Caracazo no hizo a Chávez. Hizo el terreno en que Chávez creció.
✦ ✦ ✦
El Caracazo nos debe verdad.
Nos debe los nombres de todos los que murieron. Los contados y los no
contados. Los que tienen lápida en La Peste y los que no tienen lápida
en ningún lugar. Los que la historia oficial registró y los que la
historia oficial prefirió no registrar.
Nos debe una explicación completa, honesta, sin atenuantes, de qué
órdenes se dieron, quién las dio, quién las ejecutó, y por qué el Estado
venezolano decidió que el precio del orden era esos cuerpos.
Nos debe el reconocimiento de que lo que ocurrió no fue un accidente ni
un exceso aislado sino el resultado de un sistema que llegó al límite de
lo que podía sostenerse y respondió con lo único que le quedaba: fuerza
sobre sus propios hijos.
Treinta y cinco años después, esa deuda sigue sin pagarse en su
totalidad.
✦ ✦ ✦
Y nosotros le debemos al Caracazo algo también.
Le debemos haberlo entendido a tiempo.
El Caracazo fue el grito más claro que Venezuela pudo dar antes de que
llegara lo que llegó después. Fue el sistema diciéndose a sí mismo: algo
está profundamente mal y hay que cambiarlo. No con ajustes cosméticos ni
con discursos ni con paquetes económicos diseñados en Washington. Con
una reforma real del contrato entre el Estado venezolano y su gente.
Esa reforma nunca llegó.
No porque fuera imposible. Sino porque los que gobernaban en los años
siguientes al Caracazo no entendieron completamente lo que había
ocurrido o no tuvieron el coraje político para actuar sobre lo que
entendían. Prefirieron la administración del síntoma a la cirugía sobre
la causa.
Y la causa siguió operando. Silenciosa. Paciente. Acumulando la presión
que tres años después produjo el 4 de febrero de 1992.
El Pulso no espera. El Pulso simplemente cuenta.
✦ ✦ ✦
Por ahora. Las dos palabras que cambiaron Venezuela para siempre.
Joseph A. Castillo Viña*
1992 — 1993
El año en que Venezuela se partió en dos.
Y las dos palabras que explican por qué
todavía no ha podido volver a ser una.
Antes del 4 de febrero de 1992, Venezuela era un país que tenía
problemas.
Después del 4 de febrero de 1992, Venezuela era un país que tenía una
fractura.
La diferencia entre un país con problemas y un país con una fractura no
es solo de intensidad. Es de naturaleza. Los problemas se pueden
resolver con políticas, con reformas, con tiempo y con voluntad. Las
fracturas requieren algo más difícil: requieren que las partes que se
separaron decidan volver a ser una sola cosa. Y eso no siempre ocurre. Y
cuando ocurre, lo que se reconstruye nunca es exactamente igual a lo que
existía antes de la ruptura.
Venezuela lleva más de treinta años intentando entender si lo que tiene
es un problema o una fractura. Este capítulo sostiene que es una
fractura. Y que el momento exacto en que se produjo fue la madrugada del
4 de febrero de 1992.
No porque el golpe triunfara — no triunfó. Sino porque lo que ocurrió
después del golpe, en las calles, en las casas, en las conversaciones
venezolanas de los días que siguieron, demostró que Venezuela ya no
pensaba como un solo pueblo sobre lo que le estaba pasando.
Y un país que no puede pensar como un solo pueblo sobre lo que le pasa
tiene una fractura. Aunque todavía no lo sepa.
✦ ✦ ✦
Alas 11:30 de la noche del martes 3 de febrero de 1992, Hugo Chávez
Frías, teniente coronel del ejército venezolano, salió del cuartel.
Lo que había estado planeando desde 1982 — diez años de reuniones
clandestinas, de reclutamiento de oficiales jóvenes, de construcción de
una doctrina que mezclaba el pensamiento bolivariano con la crítica al
sistema puntofijista — comenzaba a ejecutarse esa noche.
El plan era ambicioso y, en retrospectiva, demasiado dependiente de que
todo funcionara al mismo tiempo en múltiples ciudades. Chávez tomaría
Miraflores con un grupo de oficiales y soldados. Otros grupos
simultáneos tomarían el aeropuerto La Carlota en Caracas, el Fuerte
Tiuna, la base aérea de Maracay, el cuartel de Maracaibo, y la
comandancia militar de Valencia. El presidente Carlos Andrés Pérez sería
detenido cuando llegara al aeropuerto de regreso de un viaje al
exterior. La transmisión de un mensaje grabado por Chávez en cadena
nacional anunciaría al país que el Movimiento Bolivariano Revolucionario
200 había tomado el control.
Nada funcionó como estaba planeado.
Carlos Andrés Pérez no llegó al aeropuerto por la ruta prevista. Llegó
por otra y escapó a Miraflores. El palacio presidencial no fue tomado.
Los grupos en Maracay y Maracaibo y Valencia tuvieron resultados
parciales y luego se rindieron. El mensaje grabado de Chávez nunca se
transmitió porque la cadena nacional no fue tomada.
Para el amanecer del 4 de febrero, el golpe había fracasado en sus
objetivos militares fundamentales.
Pero algo había pasado esa noche que ningún análisis puramente militar
puede explicar. Algo que tendría más consecuencias para Venezuela que el
éxito del golpe habría tenido.
✦ ✦ ✦
A las 9 de la mañana del 4 de febrero, Hugo Chávez apareció frente a
las cámaras de televisión venezolana.
Lo pusieron ahí los militares leales al gobierno para que pidiera a los
grupos que todavía resistían en otras ciudades que depusieran las armas.
Era, en términos convencionales, el momento de la rendición. El momento
en que el líder del golpe fallido reconoce ante el país que perdió y
llama a sus seguidores a entregarse.
Chávez lo hizo. Pidió a los grupos en Maracaibo y Valencia que se
rindieran. Asumió la responsabilidad de lo que había ocurrido. Dijo que
los objetivos que perseguían no habían podido ser alcanzados.
Y luego dijo dos palabras.
Por ahora.
Esas dos palabras no estaban en ningún guión. No habían sido negociadas.
No eran parte del texto oficial de rendición que le habían puesto frente
a la cámara. Chávez las añadió en el momento, con la naturalidad de
quien dice lo que piensa en lugar de lo que le han preparado para decir.
Y en esas dos palabras, Venezuela escuchó algo que no había escuchado de
ningún político ni de ningún militar en mucho tiempo.
La verdad.
✦ ✦ ✦
✦ ✦ ✦
Las dos palabras recorrieron Venezuela en horas. En una época sin redes
sociales, sin teléfonos inteligentes, sin internet, la velocidad con que
'por ahora' se convirtió en la frase más repetida del país fue una
demostración de que había tocado algo en el cuerpo colectivo venezolano
que estaba esperando ser tocado.
En los barrios de los cerros, 'por ahora' se escuchó como una promesa.
Como la señal de que lo que el Caracazo había dicho con fuego, alguien
lo estaba diciendo ahora con palabras y con la credibilidad de alguien
que había arriesgado su carrera y su libertad para decirlo.
En la clase media, 'por ahora' se escuchó de maneras distintas.
Algunos lo escucharon como una amenaza. Otros como una advertencia.
Otros — más de los que el relato oficial de la época reconocía — lo
escucharon con la misma mezcla de admiración incómoda con que se escucha
a alguien que dice en voz alta lo que uno pensaba pero no se atrevía a
decir.
Y en los cuarteles, entre los oficiales que no habían participado en el
golpe, 'por ahora' fue escuchado de una manera diferente a todas. Como
la señal de que el movimiento no había terminado. De que la próxima vez
--- si había una próxima vez — sería diferente.
✦ ✦ ✦
Lo que siguió al 4 de febrero fue más revelador que el golpe mismo.
Porque lo que siguió fue la demostración pública, masiva e innegable de
que Venezuela ya no tenía un consenso sobre quién era el enemigo y quién
era el héroe.
Para una parte de Venezuela — los que vivían en las urbanizaciones,
los que tenían algo que perder, los que habían construido su vida dentro
del sistema puntofijista y que creían, con razón, que ese sistema era
imperfecto pero era lo que había — el 4 de febrero fue un acto de
traición. Un ataque a la democracia. Un militar que había jurado
defender la Constitución y que había elegido disparar sobre ella.
Para otra parte de Venezuela — los barrios, los que habían vivido el
Caracazo desde adentro, los que sentían que el sistema democrático nunca
los había representado del todo — el 4 de febrero fue diferente. No
necesariamente un acto heroico. Pero sí un acto comprensible. El acto de
alguien que estaba tan harto del sistema como ellos estaban hartos, y
que a diferencia de ellos había tenido los medios para hacer algo más
que salir a la calle.
Esas dos lecturas del mismo evento coexistieron en Venezuela desde el 4
de febrero de 1992. Y coexisten todavía.
Esa coexistencia de lecturas incompatibles sobre el mismo hecho — no
sobre interpretaciones abstractas sino sobre eventos concretos que
ocurrieron frente a las cámaras — es la definición de una fractura
cultural. Y una fractura cultural no se cierra con elecciones. Se
cierra, si se cierra, con el tiempo largo y la voluntad de escuchar la
lectura del otro sin necesitar que el otro abandone la suya.
Venezuela no ha tenido ese tiempo. Ni esa voluntad. No todavía.
✦ ✦ ✦
El 27 de noviembre de 1992, Venezuela vivió un segundo intento de
golpe de Estado.
Este fue diferente al del 4 de febrero en su naturaleza: fue
protagonizado principalmente por oficiales de la Fuerza Aérea y la
Infantería de Marina, con apoyo de algunos civiles. Fue más violento en
sus medios — hubo bombardeos aéreos sobre La Carlota y sobre
instalaciones militares en Caracas — y más sangriento en su resultado:
más de una docena de muertos y un número importante de heridos.
Fue también un fracaso. El gobierno resistió. Los golpistas fueron
capturados o se rindieron.
Pero el doble golpe del 92 produjo algo que ninguno de los dos hubiera
producido solo: la sensación en Venezuela de que el sistema que había
existido desde 1958 ya no tenía la fortaleza institucional para
sobrevivir indefinidamente. Que los militares habían aprendido que era
posible intentarlo. Que la democracia venezolana era, de repente, más
frágil de lo que había parecido durante treinta años.
Carlos Andrés Pérez sobrevivió a los dos golpes. Pero salió de ellos
como sale alguien de dos accidentes seguidos: físicamente intacto pero
con algo cambiado en la manera de moverse por el mundo. Con la
consciencia nueva e incómoda de que el suelo no era tan firme como había
creído.
✦ ✦ ✦
Hay un discurso que merece un párrafo propio en este libro.
No porque sea el más brillante de la historia venezolana. Ni porque sea
el más justo. Sino porque es el más políticamente consecuente de la
segunda mitad del siglo XX venezolano, y porque demuestra mejor que
cualquier otro ejemplo lo que puede hacer una sola persona, en un solo
momento, con las palabras correctas.
El 4 de febrero de 1992, pocas horas después del golpe fallido, Rafael
Caldera tomó la palabra en el Congreso venezolano. Tenía 76 años. Había
fundado Copei. Había sido presidente entre 1969 y 1974. Era el patriarca
de la democracia cristiana venezolana y uno de los dos o tres
venezolanos vivos con más autoridad moral en el sistema político.
Y dijo algo que nadie en ese recinto esperaba que dijera.
Dijo que era difícil pedirle al pueblo venezolano que se inmolara en
defensa de un sistema que no le había dado de comer, que no le había
dado trabajo, que había hundido Venezuela en la pobreza, y en el que la
corrupción era tan evidente que no podía sorprender que alguien
desesperado hubiera tomado las armas.
No dijo que el golpe era bueno. Dijo que era comprensible.
La diferencia entre esas dos frases es enorme. Y Caldera la manejó con
la precisión quirúrgica de un político de siete décadas que sabía
exactamente lo que estaba haciendo.
✦ ✦ ✦
El discurso de Caldera fue políticamente brillante y moralmente ambiguo
al mismo tiempo.
Brillante porque leyó correctamente lo que Venezuela sentía ese día.
Millones de venezolanos que no habrían apoyado el golpe de haberse
consumado, que no querían vivir bajo una dictadura militar, que creían
en la democracia — esos venezolanos tenían sin embargo una comprensión
profunda de por qué había ocurrido. Y Caldera fue el único político del
establishment que nombró esa comprensión en voz alta y desde un podio
oficial.
Ambiguo porque al nombrarla le dio legitimidad. Porque al decir que el
golpe era comprensible le dijo indirectamente a los militares
descontentos que había espacio político para sus frustraciones. Porque
al criticar al sistema desde adentro del sistema, Caldera se posicionó
como la alternativa moderada a lo que Chávez representaba — y ganó las
elecciones de 1993 con ese posicionamiento.
La pregunta que la historia todavía no ha terminado de responder es si
ese discurso aceleró o retardó lo que vino después. Si Caldera, al
nombrar la fractura, ayudó a gestionarla. O si al legitimarla, la
profundizó.
Lo que sí es claro es que el discurso de Caldera fue el certificado de
defunción del puntofijismo como proyecto político. Cuando uno de sus
fundadores sale a decir que el sistema que fundó tiene razones
comprensibles para ser atacado, el sistema ya no puede seguir
pretendiendo ser la solución al problema que él mismo produjo.
✦ ✦ ✦
Chávez pasó dos años en la cárcel de Yare.
Fue indultado en 1994 por el presidente Rafael Caldera — el mismo que
había pronunciado el discurso que legitimó su golpe — como parte de un
gesto político destinado a cerrar esa herida.
El gesto fue comprensible. El resultado fue inesperado.
Porque los dos años en Yare no quebraron a Chávez. Lo construyeron.
Un hombre que entra a la cárcel derrotado militarmente pero con la
certeza de que dijo 'por ahora' frente a todo el país — ese hombre
tiene tiempo para pensar. Para leer. Para recibir visitas de venezolanos
que hacían largas colas para verlo. Para entender que había tocado algo
en Venezuela que ningún sondeo de opinión había medido correctamente.
Chávez en Yare aprendió lo que ningún manual militar le había enseñado:
que la política no se gana en los cuarteles sino en los corazones. Que
lo que él tenía — la capacidad de hablarle a la Venezuela excluida en
un lenguaje que esa Venezuela reconocía como suyo — era más poderoso
que cualquier tanque.
Cuando salió en 1994, ya no era un teniente coronel golpista. Era un
fenómeno político en construcción.
✦ ✦ ✦
Las elecciones de diciembre de 1993 fueron las últimas elecciones
venezolanas del siglo XX donde el sistema puntofijista todavía
controlaba el resultado.
Rafael Caldera ganó con el 30% de los votos. No como candidato de Copei
--- su propio partido lo había rechazado — sino como candidato de una
coalición nueva que armó a los 77 años con una energía que dejó atónitos
a sus adversarios más jóvenes.
El 30% que obtuvo Caldera sería considerado un resultado pobre en
cualquier elección anterior. En el contexto de 1993 era una victoria
aplastante porque el sistema político venezolano se había fragmentado de
una manera que habría sido impensable diez años antes: AD y Copei juntos
apenas obtuvieron el 45% de los votos. Los partidos que habían dominado
la política venezolana durante treinta y cinco años eran ahora actores
entre varios, no los dueños indiscutibles del espacio político.
Esa fragmentación era la señal más clara que el sistema puntofijista
había dado de su propio agotamiento. No un colapso repentino. Una
disolución gradual. La lenta pérdida de la energía que había mantenido
unido al sistema desde el Pacto de Punto Fijo.
Y en esa disolución — en ese espacio que se abría entre los fragmentos
del sistema viejo — Chávez esperaba desde su celda en Yare. Leyendo.
Pensando. Construyendo el discurso que iba a hablarle a la Venezuela que
el sistema viejo había producido sin saber representar.
✦ ✦ ✦
Rafael Caldera gobernó Venezuela entre 1994 y 1999.
Fue el gobierno más difícil de evaluar de toda la era puntofijista. No
porque fuera el peor — hay argumentos sólidos para sostener que el
segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez fue peor en sus consecuencias.
Sino porque fue el más trágico en el sentido clásico: el gobierno de un
hombre que tenía el diagnóstico correcto y que no pudo ejecutar la
solución.
Caldera sabía que Venezuela necesitaba reformas profundas. Sabía que el
sistema de partidos estaba agotado. Sabía que la corrupción había
carcomido las instituciones. Sabía que la exclusión social producía la
rabia que había visto en el 4 de febrero.
Lo que no tuvo fue la capacidad institucional para transformar ese
diagnóstico correcto en reformas que llegaran a tiempo. Porque Venezuela
en 1994 no era solo un país con problemas: era un país con una crisis
bancaria que destruyó el ahorro de una generación, con una inflación que
llegó al 70% en 1996, con un aparato del Estado tan deteriorado que las
políticas que se diseñaban en Caracas raramente llegaban intactas a los
lugares donde debían aplicarse.
Caldera intentó. Hizo reformas. Indultó a Chávez — decisión que la
historia juzga con dureza pero que en su momento tenía una lógica
política real. Hizo la Agenda Venezuela, un programa de ajuste que
estabilizó parcialmente la economía en sus últimos dos años.
No fue suficiente. No llegó a tiempo. Y cuando en 1998 los venezolanos
fueron a votar, el hombre que había dicho 'por ahora' desde una
pantalla de televisión seis años antes estaba listo para ser la
respuesta a todo lo que el sistema viejo no había podido resolver.
✦ ✦ ✦
El 4 de febrero de 1992 no fue solo el golpe de Chávez.
Fue el momento en que Venezuela descubrió que tenía dos historias sobre
sí misma que ya no podían coexistir dentro del mismo sistema sin que ese
sistema se rompiera.
Una historia decía: somos una democracia que ha cometido errores pero
que tiene las instituciones para corregirlos. Que el camino correcto es
la reforma gradual dentro del sistema. Que la violencia — incluso la
violencia contra un sistema injusto — produce más daño que lo que
pretende curar.
La otra historia decía: el sistema está tan deteriorado que no puede
reformarse desde adentro. Que las instituciones que supuestamente
existen para corregir los errores son parte del problema. Que la
impaciencia del pueblo que lleva décadas esperando que las cosas cambien
es más legítima que la paciencia de los que se benefician del statu quo.
Las dos historias tienen partes verdaderas. Las dos tienen puntos
ciegos. Y Venezuela lleva más de treinta años sin poder integrarlas en
una sola narrativa que sea suficientemente honesta sobre ambas para que
el país pueda caminar hacia adelante.
Ese es el trabajo más difícil que tiene Venezuela por delante. Más
difícil que la economía. Más difícil que la política. Más difícil que la
reconstrucción institucional.
El trabajo de verse completa en el espejo. Con las dos caras que tiene.
Sin negar ninguna.
Sin ese trabajo, el ciclo que este libro ha ido narrando puede
repetirse. Con otros actores, con otro lenguaje, con otra promesa de que
esta vez va a ser diferente.
El Pulso no miente. El Pulso dice que los sistemas que no aprenden de
sus transiciones de fase están condenados a repetirlas.
Venezuela tiene la información. Ahora necesita la voluntad.
✦ ✦ ✦
*Los cinco años en que Venezuela decidió, sin decirlo, que prefería el
cambio al statu quo.*
Joseph A. Castillo Viña*
1994 — 1998
Los cinco años en que Venezuela no gritó.
Solo se fue vaciando.
Y decidió, sin decirlo, que ya era suficiente.
Hay formas de morir que no hacen ruido.
El árbol que se seca desde adentro sigue de pie mucho tiempo después de
que ha dejado de estar vivo. Las hojas caen poco a poco. Las ramas se
van poniendo grises. El tronco aguanta porque los troncos están hechos
para aguantar. Pero adentro, donde no se ve, el proceso lleva meses. A
veces años.
Venezuela entre 1994 y 1998 fue ese árbol.
Por fuera seguía funcionando. Había elecciones. Había presidente. Había
Congreso, había partidos, había televisión con sus programas de siempre
y fútbol los domingos y Navidad en diciembre con hallacas y ron. La
forma del país seguía siendo la forma del país.
Pero adentro, donde no se ve en las cámaras ni en los discursos ni en
las estadísticas que los gobiernos publican, Venezuela se estaba
vaciando de algo que no tiene nombre preciso en la economía pero que
cualquier venezolano que vivió esos años reconoce de inmediato cuando se
lo nombras.
Se estaba vaciando de fe.
No de manera dramática. No el día en que la fe se va de golpe — eso
fue el Viernes Negro, eso fue el Caracazo, eso fue el 4F. Sino de la
manera más difícil de documentar y más difícil de recuperar: gota a
gota. Decisión a decisión. Mañana a mañana en que uno se levantaba y el
país que veía por la ventana era un poco más difícil de querer que el
día anterior.
Ese vaciamiento silencioso es el tema de este capítulo.
✦ ✦ ✦
El 13 de enero de 1994, el Banco Latino — el segundo banco más
grande de Venezuela — cerró sus puertas.
No fue el primero. Y no fue el último. En los meses siguientes, en una
cascada que nadie supo detener a tiempo, más de la mitad del sistema
financiero venezolano colapsó. Banco Consolidado. Bancor. Maracaibo. La
Confianza. Banco Barinas. El Progreso. Uno tras otro, los bancos que los
venezolanos habían usado durante décadas para guardar sus ahorros, para
pedir sus créditos, para cobrar sus sueldos — esos bancos comenzaron a
cerrar con la misma velocidad desconcertante con que se cierran las
puertas cuando hay pánico.
Y había pánico porque había razones para el pánico.
Los bancos venezolanos de los años noventa eran, muchos de ellos,
instituciones que habían crecido durante la bonanza petrolera de los
setenta con prácticas que en tiempos de abundancia nadie cuestionaba y
que en tiempos de escasez resultaron ser lo que siempre habían sido:
incompetencia mezclada con deshonestidad mezclada con la certeza de que
el Estado iba a rescatarlos si algo salía mal.
Esa certeza resultó ser correcta. Pero el rescate costó lo que costó.
✦ ✦ ✦
Pero los números no capturan lo que la crisis bancaria le hizo a
Venezuela en el plano más íntimo.
Los ahorros que desaparecieron en los bancos cerrados no eran números en
una pantalla. Eran la educación universitaria de un hijo que llevaba
diez años siendo depositada mes a mes. Eran la cuota inicial de un
apartamento que una pareja había ido acumulando durante el noviazgo.
Eran los ahorros de jubilación de un trabajador que había confiado en
que el sistema financiero venezolano era tan sólido como el sistema
político venezolano le había enseñado a creer que era.
Cuando esos ahorros desaparecieron, desapareció también algo más difícil
de recuperar que el dinero mismo: la confianza en que las instituciones
funcionaban para proteger a la gente que dependía de ellas.
Un venezolano que pierde sus ahorros en un banco que quiebra no solo
pierde dinero. Pierde la fe en que el sistema que supuestamente lo
protegía tenía la intención y la capacidad de protegerlo.
Y esa pérdida de fe, multiplicada por los millones de venezolanos que la
vivieron en los mismos meses, fue una de las fuerzas más poderosas que
empujaron a Venezuela hacia la decisión de diciembre de 1998.
✦ ✦ ✦
La inflación no es solo una cifra económica.
Es una experiencia cotidiana del cuerpo. Es ir al mercado y ver que el
precio del kilo de carne que compraste la semana pasada ya no es el
mismo. Es calcular en la cola del supermercado si lo que hay en el
carrito todavía cabe en los billetes que hay en la cartera. Es hablar de
precios con la exactitud nerviosa del que sabe que los precios son una
variable que puede cambiar antes de que termines la frase.
Venezuela entre 1994 y 1998 aprendió a vivir con una inflación que en su
punto más alto, en 1996, llegó al 103% anual. Cien por ciento. El precio
de todo — la comida, el transporte, el alquiler, los medicamentos ---
se duplicó en doce meses.
Hay algo que la cifra del 103% no captura. Lo que el 103% significa en
la vida de una familia que gana un sueldo fijo en bolívares es esto: que
el sueldo del primero de enero ya no alcanza para lo mismo el primero de
julio. Que lo que ayer era un presupuesto razonable hoy es una quimera.
Que la planificación familiar — las decisiones sobre si tener hijos,
si cambiar de apartamento, si invertir en la educación de los que ya se
tienen — se vuelve un ejercicio de adivinos porque el futuro económico
es incalculable.
Los venezolanos que vivieron esos años desarrollaron una habilidad que
no pedían ni querían: la capacidad de hacer cuentas mentales a
velocidad, de comparar precios de memoria, de saber exactamente cuánto
costaba cada cosa porque cualquier error podía significar quedarse sin
dinero antes de que llegara el próximo sueldo.
Esa habilidad tiene un costo invisible. El costo de vivir
permanentemente en modo de supervivencia. De no poder relajarse en
relación al dinero porque el dinero no se relaja. De enseñarle a los
hijos, sin quererlo, que el mundo es un lugar donde el suelo siempre
puede moverse debajo de los pies.
✦ ✦ ✦
Hay un momento en la historia de cada institución corrupta en que la
corrupción deja de ser el secreto que todos saben y se convierte en el
sistema que todos aceptan.
Venezuela llegó a ese momento en los años noventa.
No fue que la corrupción comenzara en esa década — este libro ha
mostrado sus raíces desde el gomecismo. Fue que en esa década alcanzó
una escala y una normalización que la convirtieron en el modo de
funcionamiento estándar del Estado venezolano, no en la excepción.
Los contratos que se firmaban con comisiones de un 20 o un 30 por ciento
para el funcionario correspondiente. Los cargos públicos que se
compraban y se vendían con la misma naturalidad con que se compraban y
se vendían otros bienes. Los recursos destinados a proyectos sociales
que desaparecían en el camino entre el papel del decreto y la realidad
del barrio que debía recibirlos. La colusión entre políticos,
empresarios y jueces que hacía que los escándalos que llegaban a los
tribunales rara vez llegaran también a una sentencia condenatoria.
Nada de esto era nuevo. Lo nuevo era que ya nadie fingía que no existía.
En los años sesenta y setenta, la corrupción existía pero se guardaba
las formas. En los noventa, la corrupción había perdido la costumbre de
guardar las formas. Y cuando la corrupción pierde esa costumbre, cuando
ya no se molesta en ocultarse, es porque ha calculado — correctamente
--- que el costo de la impunidad es cero.
Un Estado con corrupción impune ya no es un Estado que funciona mal. Es
un Estado que ha dejado de ser un Estado en el sentido que importa: ha
dejado de representar a los ciudadanos que supuestamente sirve y se ha
convertido en un instrumento de extracción para los que lo controlan.
Cuando eso ocurre, los ciudadanos lo saben. No necesitan un informe
técnico para saberlo. Lo sienten en el cuerpo. En la cola del hospital
que no tiene medicamentos aunque el presupuesto de salud fue aprobado.
En la escuela sin pupitres aunque el ministerio reportó que los compró.
En la calle sin asfalto aunque el contrato de reparación fue firmado
hace seis meses.
Y cuando los ciudadanos sienten eso, toman decisiones. Pequeñas al
principio. Luego más grandes.
✦ ✦ ✦
Los primeros venezolanos que se fueron en los años noventa no sabían
que eran el principio de algo.
Se fueron de la manera en que siempre se va la gente cuando todavía cree
que el movimiento es temporal: con maletas que no incluían todo, con la
certeza de que iban a regresar cuando las cosas mejoraran, con una
mezcla de alivio y culpa que cualquier emigrante reconoce porque es
universal en quien deja su país antes de haber decidido definitivamente
dejarlo.
En los años noventa, los que se fueron eran principalmente
profesionales. Médicos que encontraban en Colombia, en Estados Unidos,
en España, sueldos que en Venezuela habían dejado de ser posibles.
Ingenieros que recibían ofertas del exterior que eran cinco veces lo que
ganaban aquí. Académicos que veían cómo las universidades venezolanas se
deterioraban y que tenían opciones en otras latitudes.
No era la diáspora masiva que vendría después — eso llegaría con el
siglo XXI. Era el goteo previo. El primer movimiento de la agua antes de
que el dique se rompa.
Y cada uno de ellos que se iba llevaba algo de Venezuela que no era solo
su trabajo o su talento. Llevaba la demostración, para los que se
quedaban, de que irse era posible. De que había un afuera que podía
recibirlos. De que la decisión de quedarse era una elección, no una
inevitabilidad.
Esa demostración — silenciosa, hecha de postales y llamadas
telefónicas y visitas en diciembre con dólares en el bolsillo — fue
parte de lo que cambió la conversación venezolana sobre el futuro en la
segunda mitad de los noventa.
✦ ✦ ✦
**V · El Juicio a Carlos Andrés Pérez — La Democracia Comiéndose a Sí
Misma**
En mayo de 1993, Carlos Andrés Pérez fue suspendido de la
presidencia.
No por un golpe de Estado. Por la Corte Suprema de Justicia, que acordó
someterlo a juicio por malversación de fondos públicos relacionada con
el uso de la partida secreta de la presidencia.
El cargo específico era el desvío de 250 millones de bolívares ---
alrededor de 17 millones de dólares al cambio de la época — destinados
a apoyar al gobierno de Violeta Chamorro en Nicaragua y que fueron
manejados fuera de los canales presupuestarios establecidos.
Fue el primer presidente venezolano en ejercicio separado del cargo por
decisión judicial. Desde ese ángulo, fue un momento de fortaleza
institucional — la demostración de que las instituciones venezolanas
podían actuar contra el poder ejecutivo cuando tenían evidencia de
irregularidades.
Pero desde otro ángulo — el ángulo de lo que el juicio significó para
la legitimidad del sistema en su conjunto — fue algo diferente.
Porque la Venezuela de 1993 no vio en el juicio a Carlos Andrés Pérez la
demostración de que el sistema funcionaba. Vio la confirmación de lo que
ya sabía: que el sistema era corrupto. Que los presidentes robaban. Que
la diferencia entre los que llegaban al juicio y los que no llegaban era
de visibilidad y de oportunidad política, no de conducta.
El juicio no restauró la confianza en el sistema. La terminó de hundir.
✦ ✦ ✦
En diciembre de 1998, Hugo Chávez Frías ganó las elecciones
presidenciales venezolanas con el 56% de los votos.
Ese número merece ser leído con la lentitud que merece.
Cincuenta y seis por ciento. Mayoría absoluta. No una victoria ajustada
ni una victoria de pluralidad en un campo dividido. Una victoria
contundente, clara, sin lugar a dudas sobre el mandato que Venezuela le
estaba dando al hombre que seis años antes había intentado un golpe de
Estado y había dicho por ahora frente a las cámaras.
Ese 56% no fue un error colectivo. No fue manipulación ni engaño masivo,
aunque habrá quien lo lea así. Fue la expresión exacta y proporcional de
lo que este libro ha ido documentando desde el capítulo 1: el resultado
acumulado de noventa años de promesas incumplidas, de sistemas que
excluyeron mientras prometían incluir, de élites que usaron el petróleo
para mantenerse en lugar de para transformar, de instituciones que
sirvieron a sus administradores más que a los ciudadanos que debían
servir.
El 56% que votó por Chávez en 1998 no votó por Chávez. Votó contra todo
lo que Chávez no era.
Votó contra el puntofijismo. Contra la corrupción normalizada. Contra el
bolívar que seguía perdiendo valor. Contra la sensación de que el
sistema era de ellos — de los partidos, de las élites, de los que
siempre habían manejado las cosas — y no de la Venezuela que trabajaba
y sufría y esperaba que algo cambiara.
Fue el voto más honesto que Venezuela dio en el siglo XX. Y fue también,
aunque nadie pudiera saberlo en ese momento, el voto más costoso.
✦ ✦ ✦
✦ ✦ ✦
Y aquí el libro tiene que hacer algo difícil.
Tiene que reconocer que esa esperanza tenía razones. Que el 56% de
Venezuela no estaba equivocado en su diagnóstico sobre el sistema que
rechazaba. Que el puntofijismo había agotado sus posibilidades de
reforma desde adentro. Que la exclusión que Chávez nombraba era real.
Que la corrupción que denunciaba existía.
Tiene que reconocer eso. Y tiene que reconocer también lo que vino
después.
Porque lo que vino después no resolvió los problemas que el voto de 1998
quería resolver. Los transformó. Los amplificó en algunos casos. Los
desplazó en otros. Los cubrió, durante años, con el mismo instrumento
que el sistema anterior había usado para cubrirlos: el petróleo.
Pero esa historia pertenece a la Parte IV de este libro.
La historia de este capítulo termina aquí: en una noche de diciembre de
1998, con millones de venezolanos que por primera vez en años sentían
que habían decidido algo. Que su voto importaba. Que el futuro era una
pregunta abierta en lugar de una repetición inevitable del pasado.
Que Venezuela podía ser diferente.
Que el Quinto Principio, el más esperanzador de todos, estaba operando:
no hay estado final. Solo transiciones de fase. Y esta — esta noche de
diciembre, este 56%, este hombre de boina roja que salía elegido desde
los márgenes del sistema — era una transición de fase.
Lo que nadie podía saber todavía era hacia dónde.
✦ ✦ ✦
En diciembre de 1998, Venezuela sabía varias cosas.
Sabía que estaba eligiendo a alguien que había intentado un golpe de
Estado. Lo sabía. No fue un secreto. Chávez no lo ocultó — lo usó como
argumento de autenticidad.
Sabía que estaba eligiendo a alguien sin experiencia de gobierno. Sin un
equipo técnico probado. Sin un programa detallado de políticas públicas
más allá de la promesa de una Asamblea Constituyente que refundara el
país.
Sabía que estaba dando un salto al vacío. Que lo desconocido siempre
tiene riesgos que lo conocido — aunque sea malo — no tiene.
Lo sabía. Y votó igual.
Porque lo conocido había resultado ser suficientemente malo como para
que el riesgo de lo desconocido pareciera preferible. Porque cuando el
presente es suficientemente doloroso, la esperanza — cualquier
esperanza — tiene más peso que la prudencia.
Ese cálculo es humano. Es comprensible. Es el mismo cálculo que los
venezolanos del Caracazo hicieron cuando salieron a la calle, que los
venezolanos del 4F hicieron cuando aplaudieron a Chávez frente a las
cámaras, que los venezolanos del 23 de enero de 1958 hicieron cuando
salieron antes del amanecer a la calle sin saber qué iban a encontrar.
Es el cálculo de un pueblo que no tiene nada más que perder — o que
así lo siente.
Y es, al mismo tiempo, el cálculo más peligroso que puede hacer un
pueblo, porque asume que lo desconocido no puede ser peor que lo
conocido. Y esa asunción, en la historia de Venezuela, no siempre
resultó correcta.
✦ ✦ ✦
El Colapso que Nadie Llamó Colapso
*Los primeros años de Chávez: lo que fue real, lo que no fue, y por qué
importa la diferencia.*
Joseph A. Castillo Viña*
PARTE IV
El Pulso de la Revolución
1999 — 2004
Los primeros seis años de Chávez.
Lo que fue real. Lo que no fue.
Y por qué importa la diferencia.
Este capítulo va a incomodar a mucha gente.
Va a incomodar a los que llevan años diciéndoles a sus hijos que el
chavismo fue solo destrucción y mentira desde el primer día, porque este
capítulo va a decir que eso no es completamente cierto.
Va a incomodar a los que llevaron camisas rojas y creyeron con todo su
corazón en la Revolución, porque este capítulo también va a decir que el
sistema que construyeron contenía, desde sus primeros años, el mecanismo
que terminaría destruyendo lo que tenía de bueno.
Esa incomodidad es precisamente la razón de escribirlo. Porque Venezuela
lleva más de veinte años dividida entre dos narrativas que son
parcialmente verdaderas y completamente insuficientes: la que dice que
el chavismo fue una tragedia desde el primer segundo, y la que dice que
el chavismo fue una revolución que fue saboteada desde afuera. Las dos
tienen partes verificables. Las dos omiten partes igualmente
verificables. Y mientras Venezuela siga eligiendo entre esas dos
narrativas incompletas, seguirá sin poder procesar lo que realmente
ocurrió.
La termodinámica no toma partido. Mide. Y lo que mide en los primeros
seis años del chavismo es un sistema con dos movimientos simultáneos:
uno que liberaba energía real hacia nodos que habían estado bloqueados
durante décadas, y otro que construía, al mismo tiempo y con la misma
energía, los muros que terminarían bloqueando ese flujo.
Las dos cosas ocurrieron al mismo tiempo. En el mismo país. Con la misma
gente.
Eso es Venezuela. Eso siempre ha sido Venezuela. Compleja,
contradictoria, imposible de reducir a un solo color.
✦ ✦ ✦
La Constitución venezolana de 1999 es uno de los documentos más
avanzados que una nación latinoamericana ha producido en su historia.
Esto no es opinión política. Es una evaluación que académicos de derecho
constitucional de múltiples países y orientaciones ideológicas
comparten. La Constitución del 99 consagró derechos que la mayoría de
las constituciones latinoamericanas no reconocían: el derecho a la salud
como derecho fundamental del Estado, el derecho a la educación gratuita
en todos sus niveles, los derechos de los pueblos indígenas venezolanos,
el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia, el derecho al
agua, el derecho de los trabajadores informales a la seguridad social.
Fue aprobada en referéndum con el 72% de los votos. Fue escrita en un
proceso de Asamblea Constituyente donde participaron venezolanos de
todos los sectores — aunque no de manera equitativa, porque el
movimiento chavista tuvo representación mayoritaria desde el diseño del
proceso electoral.
Era, en su letra, el país que Venezuela siempre había querido ser.
✦ ✦ ✦
El problema con la Constitución de 1999 no fue lo que decía. Fue lo que
no podía decirse en ese momento: que un texto constitucional es tan
bueno como las instituciones que lo hacen cumplir.
Y las instituciones venezolanas de 1999 no estaban en condiciones de
hacer cumplir esos derechos. No porque fueran malas instituciones en
abstracto. Sino porque el gobierno que había ganado con el 56% de los
votos tenía, desde el principio, una visión de las instituciones que era
incompatible con la independencia que esos derechos requerían.
Para Chávez, las instituciones eran instrumentos de la Revolución. No
contrapesos al poder ejecutivo. No garantías independientes para los
ciudadanos. Instrumentos. Y los instrumentos obedecen a quien los usa.
Esa visión no era nueva en Venezuela. Era exactamente la misma visión
que el puntofijismo había tenido de las instituciones: que existían para
servir al sistema político, no para controlarlo. Lo que cambió fue el
sistema político que las instrumentalizó. Las instituciones siguieron
siendo instrumentos.
Las Misiones Bolivarianas fueron la decisión política más
transformadora de los primeros años de Chávez.
Y también fueron la decisión política que mejor ilustra la contradicción
fundamental del período: algo genuinamente bueno construido de una
manera que contenía las semillas de su propio deterioro.
La Misión Robinson llevó alfabetización a zonas de Venezuela donde el
Estado nunca había llegado con suficiente fuerza. La Misión Ribas
permitió que adultos que habían abandonado el bachillerato volvieran a
estudiar. La Misión Sucre abrió la educación universitaria a sectores
que el sistema de cupos universitarios había excluido sistemáticamente.
La Misión Barrio Adentro llevó médicos cubanos a los barrios populares
de las grandes ciudades venezolanas — a los cerros de Caracas, a los
sectores de Maracaibo, a los pueblos del interior — donde la atención
médica pública había sido siempre escasa o inexistente.
Estas cosas ocurrieron. Son verificables. Tienen números y tienen
rostros y tienen la memoria viva de millones de venezolanos que las
vivieron en su cuerpo.
La abuela de 67 años que aprendió a leer con la Misión Robinson existió.
No fue propaganda. Fue una persona real que firmó su nombre por primera
vez en su vida y lloró de alegría.
Ese momento importa. Y este libro lo dice sin reservas ni asteriscos.
✦ ✦ ✦
Pero este libro también tiene que decir lo que la narrativa oficialista
nunca quiso decir sobre las Misiones.
Las Misiones fueron construidas por fuera de las instituciones del
Estado venezolano, no a través de ellas. No a través del Ministerio de
Educación con sus sistemas de control y sus maestros titulados y sus
protocolos de evaluación. No a través del Ministerio de Salud con sus
hospitales y su red de centros de atención. Sino paralelas a esas
instituciones. En algunos casos, sustituyéndolas.
Esa decisión tenía una lógica política comprensible: las instituciones
del Estado venezolano de 2003 estaban deterioradas, eran lentas, estaban
llenas de resistencia burocrática. Era más rápido y más eficiente crear
algo nuevo que reformar lo viejo.
Pero tuvo un costo que se haría visible años después: las instituciones
formales del Estado siguieron deteriorándose porque los recursos que
antes iban a ellas ahora iban a las Misiones. Y cuando el petróleo bajó
y los recursos para las Misiones se redujeron, Venezuela se encontró sin
las Misiones que funcionaban y sin las instituciones que las Misiones
habían reemplazado.
Lo que se construyó paralelo a las instituciones no sobrevivió cuando el
dinero se fue. Lo que se hubiera construido fortaleciendo las
instituciones habría tenido raíces más profundas.
Pero no se puede saber eso con certeza. Solo se puede observar lo que
ocurrió con lo que se eligió hacer.
✦ ✦ ✦
Hay una diferencia fundamental entre un gobierno que reduce la
pobreza y una revolución que transforma las estructuras que producen la
pobreza.
Chávez redujo la pobreza. Los números lo confirman: la pobreza medida
por ingreso cayó del 49% en 1999 al 27% en 2011 en su punto más bajo. El
coeficiente de Gini — la medida de desigualdad económica — mejoró de
manera significativa durante la primera década chavista.
Esos números son reales. Y son incompletos.
Son incompletos porque no miden lo que el mismo período hizo a las
estructuras que habrían podido sostener esas mejoras cuando el petróleo
dejara de financiarlas. No miden el deterioro de las instituciones
educativas formales. No miden la destrucción del aparato productivo
venezolano. No miden la concentración del poder político en el ejecutivo
que hizo que cada política social dependiera de la voluntad de un hombre
en lugar de de un sistema.
Chávez no quiso compartir el poder. No en el sentido de los contrapesos
institucionales que la democracia requiere para ser duradera. Quiso dar
--- genuinamente, con la generosidad real que tenía — pero quiso dar
desde arriba. No construir las condiciones para que la gente tuviera sin
necesitar que él les diera.
Esa diferencia — entre el Estado que da y el Estado que construye las
condiciones para que los ciudadanos produzcan — es la diferencia entre
la política social y la transformación estructural. Entre la Venezuela
de las Misiones y la Venezuela que hubiera podido existir si las
Misiones hubieran sido el comienzo de algo en lugar del sustituto de
algo.
✦ ✦ ✦
La Lista Tascón merece un párrafo propio porque es uno de los episodios
más reveladores de lo que el chavismo hizo con el poder que recibió.
En 2004, el diputado Luis Tascón publicó en internet los nombres y
cédulas de los venezolanos que habían firmado la solicitud de referéndum
revocatorio contra Chávez — un mecanismo constitucional completamente
legal. La lista fue usada por organismos del Estado, empresas públicas y
funcionarios de todos los niveles para discriminar en el empleo, en los
contratos y en el acceso a servicios públicos contra quienes aparecían
en ella.
Fue el uso del poder del Estado para castigar el ejercicio de un derecho
constitucional.
Chávez dijo, cuando la práctica ya era imposible de negar, que había que
enterrar la Lista Tascón. Pero el daño ya estaba hecho. No solo el daño
a los individuos afectados — que fue real y duradero. Sino el daño a
la idea misma de que el Estado venezolano era de todos los venezolanos.
Que la ciudadanía no tenía color político. Que el contrato entre el
Estado y la persona no dependía de cuál cédula aparecía en qué lista.
Esa idea — que el Estado es de todos — es la idea más básica que
sustenta cualquier democracia. Y en 2004, esa idea fue lastimada en
Venezuela de una manera que ninguna Misión podía reparar.
✦ ✦ ✦
Entre diciembre de 2002 y febrero de 2003, Venezuela vivió el paro
petrolero y empresarial más largo y más costoso de su historia.
No fue un paro laboral convencional. Fue el intento de una coalición de
empresarios, trabajadores de PDVSA, partidos políticos de oposición y
medios de comunicación privados de forzar la salida de Chávez del poder
mediante el colapso económico del país.
Los números son precisos: la economía venezolana se contrajo un 27% en
el primer trimestre de 2003. PDVSA casi dejó de producir durante
semanas. Las colas para comprar gasolina en un país productor de
petróleo fueron una de las imágenes más surreales de ese período. Los
supermercados se vaciaron. La actividad económica en muchos sectores se
paralizó.
Fue un error político catastrófico de la oposición. No porque el
objetivo fuera ilegítimo — buscar la salida de un gobierno por medios
no violentos es legítimo en una democracia. Sino porque el instrumento
elegido afectó principalmente a los venezolanos más vulnerables — los
que dependían del transporte público que no funcionaba, los que no
podían stockearse con anticipación — mientras que los que lo
organizaron tenían los recursos para aislarse de sus consecuencias.
Y porque falló. Chávez sobrevivió el paro. PDVSA fue reestructurada ---
vaciada de sus técnicos más calificados y repoblada con leales — pero
siguió funcionando. Y la oposición venezolana emergió del paro más
fragmentada y menos creíble que cuando lo inició.
✦ ✦ ✦
Pero el paro también reveló algo sobre el chavismo que sus críticos
tendían a ignorar y que sus defensores no querían examinar demasiado de
cerca.
La respuesta de Chávez al paro fue eficaz. Movilizó a sus bases.
Demostró que tenía el apoyo popular suficiente para sobrevivir un
desafío económico masivo. Ganó el referéndum revocatorio de 2004 con el
59% de los votos — más que el porcentaje con que había ganado las
elecciones de 1998.
Y usó esa victoria para concluir algo que el Segundo Principio podría
haber predicho: que si había sobrevivido todo eso, era porque tenía
razón. Que si la oposición había intentado derrocarlo y había fallado,
era porque la Revolución era más fuerte que sus enemigos. Que el margen
de concesión y de diálogo que quizás existía antes del paro ya no era
necesario porque la batalla estaba ganada.
Esa conclusión — que la victoria sobre el adversario elimina la
necesidad de escucharlo — es el error más caro que un sistema político
puede cometer. Porque el adversario no desaparece cuando pierde. Se
reorganiza. Y la energía de su reorganización es proporcional a la
dureza de la derrota.
El Primer Principio, una vez más, operando con perfecta precisión.
✦ ✦ ✦
El título de este capítulo usa la palabra resentimiento con cuidado
y con intención.
No como insulto. No como diagnóstico clínico de Chávez ni de sus
seguidores. Sino como descripción termodinámica de la energía que
impulsó el primer período del chavismo.
El resentimiento — en el sentido más preciso de la palabra, sin
connotación moral — es la energía que se acumula cuando una persona o
un grupo ha sido tratado de manera que percibe como injusta durante un
tiempo suficientemente largo. No es rabia irracional. Es la consecuencia
natural y predecible de décadas de exclusión, de promesas incumplidas,
de un sistema que prometía incluir y que en la práctica reprodujo la
exclusión con otros mecanismos.
Esa energía existe en Venezuela desde mucho antes de Chávez. Este libro
la ha ido trazando desde el gomecismo. El Caracazo fue su expresión más
visible antes del 98. Y Chávez fue el primero en construir un proyecto
político que la nombraba, la legitimaba y la usaba como combustible.
Eso fue su fortaleza. Y fue también, con el tiempo, su trampa.
Porque el resentimiento es un combustible extraordinario para destruir
lo que existe. No lo es tanto para construir lo que todavía no existe.
La energía que sirve para tumbar un sistema que excluyó no es
necesariamente la energía que sirve para construir el sistema que
incluya de manera duradera.
Para construir algo duradero se necesita una energía diferente: la
paciencia de las instituciones, la disciplina del largo plazo, la
voluntad de construir contrapesos al propio poder porque los contrapesos
son los que hacen que lo que se construye sobreviva al individuo que lo
construyó.
Chávez tenía en abundancia la primera energía. Le faltó, o no quiso
desarrollar, la segunda.
✦ ✦ ✦
En 2004, Venezuela tenía algo que era posible defender y
desarrollar.
Tenía los logros reales de las Misiones — millones de personas
incluidas en sistemas educativos y de salud que antes las ignoraban.
Tenía el impulso de una Constitución que reconocía derechos nunca antes
reconocidos. Tenía el petróleo a un precio que subía y que podría haber
financiado la construcción de las instituciones que consolidaran esos
logros.
Tenía, sobre todo, algo más difícil de medir pero más valioso que
cualquier cifra: la esperanza de una parte importante de Venezuela. La
fe de millones de personas que habían votado creyendo que esta vez iba a
ser diferente.
Esa esperanza era un activo real. Un capital político y moral que el
sistema podría haber convertido en la energía para construir algo
duradero.
No se convirtió en eso.
Se convirtió en el combustible de una polarización que fue creciendo año
a año, alimentada por los dos bandos con la misma dedicación
destructiva. Una polarización en la que cada venezolano aprendió a
identificarse primero como chavista o como opositor y después como
venezolano. En la que la pertenencia política se convirtió en identidad
total. En la que el adversario político dejó de ser un compatriota con
el que se discrepa y se convirtió en un enemigo al que se derrota.
Esa polarización — que este libro no atribuye a un solo lado porque
ningún solo lado la construyó — fue el costo más alto de los primeros
seis años del chavismo. Más alto que cualquier error económico. Más alto
que cualquier decisión institucional equivocada.
Porque las economías se recuperan. Las instituciones se reconstruyen.
Pero los pueblos que aprenden a odiarse a sí mismos — a ver en el
compatriota de otro bando un enemigo antes que un venezolano — esos
pueblos pagan un precio que no tiene fecha de vencimiento.
Venezuela en 2004 estaba aprendiendo a odiarse.
Y el petróleo, que subía, pagaba el costo de no verlo.
✦ ✦ ✦
*Cuando el barril llegó a cien dólares y Venezuela repitió, una vez más,
el mismo error.*
Joseph A.Castillo Viña*
2004 — 2008
El segundo gran boom petrolero venezolano.
La segunda vez que Venezuela tuvo todo el dinero del mundo.
La segunda vez que no supo qué hacer con él.
El petróleo llegó a cien dólares el barril en 2008.
Fue la primera vez en la historia que el precio del petróleo cruzó esa
barrera psicológica y económica. Para Venezuela, que en ese momento
producía alrededor de tres millones de barriles diarios y cuyos ingresos
fiscales dependían del petróleo en más del 90%, esa cifra era
astronómica.
Para entender lo que significa: el gobierno venezolano recibió entre
2004 y 2008 más dinero que en cualquier período equivalente de su
historia. Más que durante el boom de Carlos Andrés Pérez en los setenta,
corregido por inflación. Más que en cualquier otro momento desde que
Gómez descubrió que el subsuelo venezolano era el más generoso del
hemisferio.
Venezuela tenía, por segunda vez en su historia moderna, la oportunidad
de hacer lo que Uslar Pietri había pedido en 1936: sembrar el petróleo.
Usar la abundancia transitoria para construir la economía que existiera
cuando la abundancia se acabara.
No lo hizo.
No por ignorancia. Porque el sistema no tenía los incentivos ni la
arquitectura institucional para hacerlo. Porque el poder que el petróleo
daba era demasiado conveniente para quien lo administraba como para
usarlo en construir los contrapesos que lo limitarían. Porque la droga
del ingreso fácil — que este capítulo llama droga con exactitud y sin
metáfora — produce en los sistemas políticos exactamente los mismos
efectos que produce en las personas: la ilusión de que puede seguir
indefinidamente y la incapacidad de imaginar la vida sin ella.
Esta es la historia de la segunda gran intoxicación petrolera de
Venezuela.
Y de lo que dejó cuando terminó.
✦ ✦ ✦
Con el petróleo subiendo, Hugo Chávez se convirtió en el político
latinoamericano más influyente de su generación.
No porque Venezuela fuera el país más poderoso del continente — no lo
era. Sino porque Venezuela tenía el recurso que todos los demás querían,
y Chávez entendió que ese recurso podía convertirse en influencia
política de una manera que ningún presidente venezolano anterior había
explorado con esa amplitud.
La ALBA — Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América ---
nació en 2004 con Venezuela y Cuba como únicos miembros y creció hasta
incluir a Bolivia, Ecuador, Nicaragua, y varios países del Caribe. El
mecanismo era simple y efectivo: Venezuela vendía petróleo a precios
preferenciales o con financiamiento de largo plazo a los países aliados.
A cambio, recibía apoyo político, servicios — principalmente médicos
cubanos para las Misiones venezolanas — y la satisfacción geopolítica
de liderar un bloque regional alternativo al que Washington consideraba
su patio trasero.
PetroCaribe extendió ese modelo a 14 países del Caribe, ofreciendo
petróleo venezolano con condiciones de pago que ninguna empresa privada
o gobierno occidental podía igualar.
Era generosidad con dinero del pueblo venezolano. Era también política
exterior inteligente en sus términos propios. Y era, simultáneamente, el
uso del ingreso petrolero para construir poder externo en lugar de
capacidad interna — el mismo error que Carlos Andrés Pérez había
cometido treinta años antes con otros instrumentos y otras retóricas.
✦ ✦ ✦
La cifra que ningún discurso mencionaba con suficiente claridad era
esta: Venezuela gastó entre 2004 y 2014 aproximadamente 100.000 millones
de dólares en compromisos internacionales — PetroCaribe, ALBA,
préstamos a Cuba, apoyo a gobiernos aliados. Cien mil millones de
dólares. La misma cantidad que el país habría necesitado para construir
el sistema de agua potable que llegara a cada venezolano, para
modernizar sus hospitales, para crear la red de transporte público que
sus ciudades necesitaban, para construir la capacidad eléctrica que
evitara los apagones que vendrían.
No se construyeron esas cosas. Se construyó influencia. Y la influencia,
a diferencia de los hospitales y las tuberías, desaparece cuando el
dinero que la compra desaparece.
✦ ✦ ✦
PDVSA en 2004 era una empresa diferente a PDVSA en 2001.
En 2001, antes del paro, era todavía en gran medida la empresa técnica y
meritocrática que sus fundadores habían construido después de la
nacionalización. Tenía a los mejores ingenieros petroleros de Venezuela
--- muchos de ellos formados en las mejores universidades del mundo, con
experiencia de décadas en la industria. Tenía sistemas de gestión que
las compañías privadas internacionales respetaban. Producía alrededor de
3.2 millones de barriles diarios.
Después del despido de los 18.000 trabajadores calificados que
participaron en el paro de 2002-2003, PDVSA fue reconstruida. No como
empresa técnica. Como empresa política.
Los nuevos empleados eran leales al proceso antes que expertos en
petróleo. Los gerentes eran militantes chavistas antes que gerentes
petroleros. Los controles internos que habían prevenido la corrupción
técnica — porque la corrupción también existía en la PDVSA anterior,
pero tenía límites institucionales — fueron relajados en nombre de la
confianza revolucionaria.
La producción empezó a caer. No de golpe — los pozos ya perforados
seguían produciendo. Sino de manera gradual, a medida que la falta de
inversión en mantenimiento y en nuevas perforaciones fue cobrando su
precio. Para 2006, la producción real estaba significativamente por
debajo de las cifras oficiales. Para 2008, la diferencia entre lo que
PDVSA decía que producía y lo que producía realmente era una de los
secretos peor guardados de la industria petrolera internacional.
✦ ✦ ✦
**III · El Control de Cambio — La Economía que se Inventó Otra
Realidad**
En 2003, como respuesta al paro y a la fuga de capitales que lo
acompañó, el gobierno venezolano instauró el control de cambio.
El control de cambio era, en su lógica inmediata, comprensible:
Venezuela necesitaba proteger sus reservas internacionales de la fuga
masiva de capitales que estaba ocurriendo. Fijar el precio del dólar en
bolívares e impedir la libre compraventa de divisas era la herramienta
disponible para hacerlo.
Fue también la semilla del árbol más torcido que Venezuela plantó en el
siglo XXI.
Porque el control de cambio le dio al Estado venezolano algo que ningún
Estado democrático debería tener: el control total sobre quién accedía a
las divisas, en qué cantidad y para qué. Y ese control, en un país donde
las importaciones eran esenciales para la economía, significaba el
control sobre quién podía hacer negocios, quién podía importar, quién
podía sobrevivir económicamente.
CADIVI — la Comisión de Administración de Divisas — se convirtió en
la institución más poderosa de Venezuela después del propio ejecutivo.
No por su tamaño. Por su función: decidía quién recibía dólares al tipo
de cambio oficial y quién no. Y esa decisión — tomada por funcionarios
con criterios que nunca fueron completamente transparentes — fue,
desde su primer día, una fuente de corrupción de proporciones que
Venezuela tardó años en dimensionar completamente.
✦ ✦ ✦
El mecanismo era simple en su perversión: el gobierno fijaba el dólar a
1,600 bolívares mientras en el mercado paralelo el dólar cotizaba a
3,000 o 4,000 bolívares. Quien tenía acceso a los dólares de CADIVI
podía comprarlos al precio oficial y venderlos en el mercado paralelo
con una ganancia del 100% o más, sin producir absolutamente nada.
Esa diferencia — llamada en Venezuela el diferencial cambiario — fue
la base de fortunas que no tenían ninguna relación con la creación de
valor real. Fue la economía de la conexión política convertida en
sistema: no importaba qué producías, importaba a quién conocías en
CADIVI. No importaba si tu empresa era eficiente, importaba si tenías
acceso a los dólares que hacían que cualquier empresa fuera rentable.
Venezuela creó, con el control de cambio, una clase empresarial nueva
que este libro no puede dejar de nombrar con su nombre: los
boliburgeses. Los que se hicieron ricos no a pesar de la Revolución sino
gracias a ella. Los que usaron las palancas del sistema revolucionario
--- el acceso a los dólares del Estado, los contratos con las empresas
públicas, las conexiones con los funcionarios que tomaban las decisiones
--- para acumular en una década lo que en el sistema anterior habría
tardado generaciones.
Esa burguesía nueva era la demostración más perfecta del Segundo
Principio: el polo dominante siempre incuba las condiciones de su propio
desgaste. La Revolución que había llegado con el discurso de destruir la
oligarquía creó una oligarquía nueva. Con otros apellidos. Con las
mismas prácticas.
✦ ✦ ✦
Entre 2005 y 2010, el gobierno venezolano expropió o estatizó
cientos de empresas.
Algunas de esas expropiaciones tenían lógica en su contexto: tierras
improductivas acumuladas por latifundistas que violaban la función
social de la propiedad que la Constitución reconocía, empresas
estratégicas que habían funcionado en condiciones de monopolio abusivo.
La Ley de Tierras de 2001 y las primeras expropiaciones agrícolas tenían
argumentos constitucionales y sociales que podían ser debatidos con
seriedad.
Lo que siguió no podía.
El Estado venezolano expropió cementeras, siderúrgicas, bancos,
supermercados, hoteles, empresas de telecomunicaciones, fincas
productivas, empresas de servicios petroleros. Con una lógica que fue
cambiando: primero las que eran estratégicas, luego las que no producían
suficiente, luego las que protestaban por los controles de precio, luego
las que simplemente eran valiosas y podían ser tomadas.
El resultado fue el que el Cuarto Principio predice con exactitud para
los sistemas que intentan fijar artificialmente lo que debe fluir de
manera natural: las empresas expropiadas casi invariablemente producían
menos después de la expropiación que antes. El Estado venezolano
demostró, empresa por empresa, que saber tomar algo no es lo mismo que
saber operarlo.
Y cada empresa que bajaba su producción después de la expropiación era
otra unidad menos de la capacidad productiva venezolana que tendría que
ser reemplazada con importaciones cuando el petróleo dejara de alcanzar
para importar todo.
✦ ✦ ✦
Hugo Chávez Frías era un hombre extraordinariamente complejo.
Cualquier libro que lo reduzca a un demonio o a un héroe está mintiendo.
Y este libro, que prometió no mentir, tiene que enfrentar esa
complejidad con la misma honestidad con que ha enfrentado todo lo demás.
Era genuinamente carismático de una manera que los análisis políticos
convencionales no capturan bien. No era el carisma del político
entrenado en el laboratorio de la comunicación — era algo más
primitivo y más poderoso. La capacidad de entrar a un cuarto y hacer que
la gente sintiera que él los veía. Que sabía sus nombres aunque no los
conociera. Que el problema de ellos era también su problema.
Era genuinamente inteligente. No con la inteligencia técnica del
tecnócrata — con la inteligencia táctica del político nato que lee
situaciones y personas con una velocidad que sus adversarios
subestimaron constantemente y a su costo.
Era genuinamente apasionado por Venezuela. No con la pasión fabricada
del demagogo que usa el patriotismo como disfraz. Con la pasión real de
alguien que había crecido pobre en los llanos venezolanos y que sentía,
de manera visceral e irreductible, que Venezuela le debía más a su gente
de lo que le había dado.
Todo eso era real.
✦ ✦ ✦
Y también era real que ese mismo hombre, con esa misma pasión, construyó
un sistema que concentró el poder de maneras que ninguna constitución ni
ningún pueblo debería tolerar. Que usó las instituciones del Estado como
instrumentos de su voluntad en lugar de como contrapesos a su poder. Que
no construyó nada que pudiera sobrevivir sin él porque no quiso
construir nada que pudiera sobrevivir sin él.
Porque un líder que construye para durar más que él mismo necesita
construir instituciones más fuertes que su propia voluntad. Y Chávez no
quiso hacer eso. O no pudo imaginarlo. O imaginó que duraría más que
cualquier institución que construyera.
No duró. Nadie dura. El Quinto Principio no hace excepciones con nadie.
Y cuando Chávez murió en marzo de 2013, Venezuela descubrió lo que
debería haber sabido desde el principio: que había construido un sistema
que dependía de una persona. Y las personas son mortales. Y los sistemas
que dependen de una persona mueren con la persona o se convierten en
algo diferente a lo que esa persona construyó.
Lo que Venezuela heredó de Chávez no fue su visión. Fue su aparato. Y el
aparato sin la visión es solo poder. El poder sin la visión es solo la
perpetuación del poder.
Eso es el capítulo siguiente.
✦ ✦ ✦
En diciembre de 2007, Hugo Chávez perdió un referéndum.
Fue la primera derrota electoral de su vida. Había convocado un
referéndum para aprobar una reforma constitucional que incluía, entre
otras cosas: la posibilidad de reelección indefinida, la extensión del
período presidencial de seis a siete años, la creación de un poder
popular paralelo a los poderes del Estado, y varios artículos que
concentraban aún más el poder ejecutivo.
Venezuela le dijo que no. Por el 51% de los votos.
Fue el momento más revelador del período. No porque la derrota cambiara
el rumbo del sistema — Chávez logró aprobar medidas similares en un
referéndum posterior en 2009. Sino porque demostró dos cosas
simultáneamente que este libro necesita nombrar.
Primero: que la democracia venezolana, aunque deteriorada, todavía tenía
pulso. Que había una mayoría — estrecha, pero real — dispuesta a
decirle no al presidente más poderoso que Venezuela había tenido desde
Gómez. Que el voto venezolano, cuando la presión era suficientemente
visible, todavía podía producir sorpresas.
Segundo: que Chávez había sobreestimado su mandato. Que la mayoría que
lo había elegido no era un cheque en blanco. Que Venezuela podía querer
al hombre y rechazar su proyecto cuando ese proyecto iba demasiado
lejos.
El problema fue que Chávez no procesó esa derrota como un límite. La
procesó como un obstáculo temporal. Y dos años después, con un
referéndum reenfocado en un solo punto — la reelección indefinida ---
lo aprobó con el 54% de los votos.
La lección que Venezuela le enseñó en 2007 fue una lección que Chávez no
aprendió. Y el costo de esa no-escucha lo pagaría Venezuela, no Chávez.
✦ ✦ ✦
En septiembre de 2008, el sistema financiero global colapsó.
La crisis de las hipotecas subprime en Estados Unidos se propagó como el
fuego en una pradera seca por todos los mercados financieros del mundo.
El crédito se contrajo. Las economías globales entraron en recesión. Y
el precio del petróleo, que había llegado a 147 dólares el barril en
julio de 2008, cayó a 32 dólares en diciembre del mismo año.
En cinco meses, el ingreso petrolero venezolano se dividió entre cuatro.
Venezuela no colapsó en 2008. El petróleo rebotó en 2009 y volvió a
subir en los años siguientes, llegando a promediar sobre los 100 dólares
entre 2011 y 2013. Pero la caída de 2008-2009 fue la primera advertencia
seria de lo que ocurriría cuando el petróleo bajara de manera sostenida.
El gobierno venezolano respondió a esa advertencia de la única manera
que sabía responder: con más gasto cuando el petróleo subió de nuevo.
Con más expropiaciones para mantener el control sobre sectores que
podían generar presión. Con más controles de precio para mantener la paz
social en un contexto de inflación creciente.
Cada una de esas respuestas era una válvula bloqueada. Cada válvula
bloqueada era más deuda entrópica. El Cuarto Principio, incansable,
seguía contando.
✦ ✦ ✦
El boom de 2004-2008 fue la oportunidad más grande que Venezuela tuvo en
el siglo XXI.
No de hacerse rica — ya lo era en papeles. Sino de construir la base
productiva, institucional y social que le permitiera existir cuando el
petróleo dejara de ser tan generoso.
No la aprovechó.
Aprovechó la abundancia para profundizar los mismos errores que el
análisis correcto de la historia venezolana hubiera señalado como
fatales: la dependencia petrolera, el control estatal de la economía, la
destrucción de los contrapesos institucionales, la construcción de un
sistema que no podía funcionar sin el líder que lo había creado.
Esos errores no eran inevitables. Eran elecciones. Elecciones tomadas
por personas reales en momentos reales, con información suficiente para
haber tomado decisiones diferentes.
Pero los incentivos apuntaban en la dirección que tomaron. Y cuando los
incentivos apuntan en una dirección, los sistemas tienden a seguirlos.
La virtud política requiere ir contra los incentivos. Y la virtud
política es, en todos los sistemas humanos, el recurso más escaso.
✦ ✦ ✦
*Los últimos años de Chávez. Lo que dejó. Lo que se llevó. Y las dos
palabras que nunca dijo.*
Joseph A.Castillo Viña*
2008 — 2013
Los últimos años de Chávez.
La enfermedad que no se nombró.
La herencia que no se preparó.
Hay una crueldad específica en morir siendo imprescindible.
No porque la muerte sea más dolorosa — la muerte no discrimina según
la importancia del que muere. Sino porque el sistema que construyó su
existencia alrededor de la imprescindibilidad de una persona no tiene
ningún mecanismo para procesar la ausencia de esa persona cuando llega.
Hugo Chávez construyó, durante catorce años, un sistema político que
dependía de él de manera tan total que cuando la enfermedad lo fue
reduciendo y finalmente lo llevó, el sistema no tenía cómo seguir siendo
lo que había sido con él. Solo podía ser una versión deteriorada de sí
mismo: los mismos mecanismos, la misma retórica, las mismas prácticas
--- pero sin la inteligencia política, el carisma genuino y la capacidad
de leer situaciones que habían hecho que todo eso funcionara cuando él
estaba.
Eso es la herencia de los líderes que no construyen sucesión. No el caos
inmediato — el caos viene después. Sino el vacío que ningún sucesor
puede llenar porque el sistema no fue diseñado para ser llenado por
nadie más.
Este capítulo narra los últimos cinco años de Hugo Chávez. Los años de
la enfermedad que se negó a nombrar públicamente hasta que ya no podía
negarse. Los años en que el sistema siguió expandiendo su control sobre
la vida venezolana mientras su arquitecto se iba apagando. Los años de
la última gran elección que ganó. Y los meses finales en que Venezuela
supo, aunque nadie se lo dijera oficialmente, que algo irreversible
estaba ocurriendo.
✦ ✦ ✦
La caída del precio del petróleo en 2008-2009 duró lo suficiente
para asustar pero no lo suficiente para obligar a cambiar.
Cuando el precio rebotó en 2010 y siguió subiendo hacia los cien
dólares, el gobierno venezolano interpretó el regreso de la abundancia
como la confirmación de que el modelo funcionaba. Que había resistido la
prueba. Que los críticos que anunciaban el colapso habían estado
equivocados.
No estaban equivocados. Solo estaban prematuros.
Pero en política, el tiempo importa tanto como la dirección. Y Venezuela
entre 2010 y 2013 tuvo tiempo suficiente para que el sistema
profundizara exactamente los mecanismos que lo hacían más frágil,
convencido de que la fragilidad era resistencia.
La Ley Habilitante de 2010 le dio a Chávez poderes extraordinarios para
legislar por decreto durante 18 meses. Fue usada para aprobar en semanas
una serie de leyes que habrían necesitado debate amplio en una asamblea
legislativa plural: la Ley de Bancos, la Ley Orgánica del Sistema
Económico Comunal, varias leyes de control sobre medios de comunicación
y sobre la organización civil.
El patrón era consistente y tenía su propia lógica: cada vez que el
sistema enfrentaba una presión — económica, política, social — la
respuesta era más control. Más centralización. Más concentración en el
ejecutivo de las decisiones que en cualquier sistema institucional sano
están distribuidas entre múltiples actores.
El Cuarto Principio aplicado al poder: el intento de fijar la autoridad
en un solo nodo no la fortalece — acumula la presión que eventualmente
la rompe.
✦ ✦ ✦
El miedo, en este período, fue un instrumento de gobierno más que en
cualquier momento anterior del chavismo.
No el miedo de la Seguridad Nacional de Pérez Jiménez — no había un
aparato de torturas sistemático visible como el de aquella época, aunque
los casos de torturas en centros de detención fueron documentados por
organizaciones de derechos humanos durante este período. Era un miedo
más moderno y en algunos aspectos más eficaz: el miedo a perder el
trabajo en el sector público, que empleaba a un porcentaje creciente de
la fuerza laboral venezolana. El miedo a que la empresa de uno fuera la
siguiente en ser expropiada. El miedo a que una declaración pública de
disidencia tuviera consecuencias en el acceso a los servicios del
Estado. El miedo a hablar claro en las redes sociales que empezaban a
ser el nuevo espacio público venezolano.
Ese miedo — difuso, cotidiano, raramente verificable en un caso
concreto pero omnipresente en la textura de la vida social venezolana
--- fue la fábrica de lealtades más eficaz del sistema. No lealtades por
convicción. Lealtades por cálculo. El cálculo de quienes evaluaban cada
mañana si el costo de disentir era menor o mayor que el costo de callar.
La mayoría calló. No por cobardía. Por la misma razón que las
generaciones anteriores habían callado bajo Gómez, bajo Pérez Jiménez,
bajo el sistema que castigaba a quien hablaba demasiado claro.
Venezuela tiene una larga práctica del silencio estratégico. Lo aprendió
con Gómez. Lo perfeccionó en cada ciclo siguiente.
✦ ✦ ✦
**II · La Enfermedad — El Secreto que Venezuela Supo Sin que Nadie le
Dijera**
En junio de 2011, Hugo Chávez apareció en televisión desde Cuba para
anunciar que tenía cáncer.
No era la primera señal. Quienes lo conocían de cerca y quienes lo
observaban de lejos habían notado cambios en los meses anteriores: el
cansancio que antes no existía, los discursos que se acortaban, las
ausencias que se explicaban con excusas que no siempre cerraban.
Venezuela había empezado a notar algo que nadie nombraba porque nadie
podía nombrarlo sin consecuencias.
El anuncio de junio de 2011 fue, paradójicamente, un alivio para algunos
venezolanos. No porque la noticia fuera buena. Sino porque ponía nombre
a lo que se sabía sin saber. Confirmaba que el hombre que llevaba trece
años siendo el centro gravitacional de toda la política venezolana era
mortal. Que el sistema tendría que enfrentar algún día lo que ningún
sistema construido alrededor de una persona puede evitar enfrentar.
Lo que siguió fue uno de los períodos más extraños y más reveladores de
la historia venezolana reciente: dos años en que Chávez se sometió a
operaciones en Cuba, volvió a Venezuela a gobernar, volvió a Cuba a
operarse, volvió a Venezuela, mientras el país entero observaba el ciclo
con una mezcla de esperanza y resignación que dependía del bando en que
uno estuviera.
✦ ✦ ✦
El gobierno venezolano manejó la enfermedad de Chávez con una mezcla de
honestidad parcial y opacidad estratégica que en otro contexto podría
llamarse razonable pero que en el contexto de un sistema construido
sobre la indispensabilidad del líder fue una irresponsabilidad
histórica.
Razonable porque la información médica de cualquier persona — incluso
de un presidente — tiene dimensiones de privacidad que merecen
respeto. Irresponsable porque Venezuela tenía el derecho de saber con
qué grado de certeza podía planificar su futuro político. Porque los
millones de personas que habían construido su vida política, económica y
social sobre la base de que Chávez iba a seguir gobernando merecían la
información para tomar decisiones informadas.
No recibieron esa información. Recibieron optimismo oficial que no
siempre coincidía con lo que los médicos que lo atendían sabían.
Y Venezuela siguió avanzando hacia octubre de 2012 y hacia la última
gran decisión electoral de la era chavista sin saber completamente lo
que estaba decidiendo.
✦ ✦ ✦
El 7 de octubre de 2012, Hugo Chávez ganó la elección presidencial
venezolana por última vez.
Obtuvo el 55% de los votos frente al 44% de Henrique Capriles Radonski,
el candidato de la oposición unificada. Fue la victoria más ajustada de
su carrera electoral — él que había ganado todas sus elecciones con
márgenes amplios obtenía ahora menos de seis millones de votos contra
casi seis millones del candidato contrario.
Pero fue una victoria real. El 55% de Venezuela, en octubre de 2012, con
toda la información disponible sobre la enfermedad del presidente,
eligió darle otro mandato.
Ese 55% merece respeto analítico, no condescendencia. Votó así por
razones que este libro ha ido documentando: porque el sistema chavista
había producido mejoras reales en la vida de millones de venezolanos que
la oposición no había logrado articular una alternativa convincente para
proteger. Porque Capriles, aunque competente y honesto, representaba
para muchos venezolanos el regreso a un pasado que habían tenido razones
para rechazar en 1998. Porque el voto de miedo — el miedo a perder lo
que se había ganado — era una fuerza electoral real y legítima.
Y porque Chávez, incluso enfermo, incluso disminuido, seguía siendo el
político venezolano más capaz de su generación cuando se trataba de
hablarle a esa Venezuela que se había sentido invisible antes del 98.
✦ ✦ ✦
✦ ✦ ✦
El discurso de la madrugada del 8 de octubre de 2012 fue visto por
millones de venezolanos.
Los que lo querían lo vieron como la celebración merecida de un hombre
que había ganado contra todo — contra la enfermedad, contra la
oposición, contra los que habían querido verlo caer.
Los que no lo querían lo vieron como el espectáculo incómodo de un
hombre que claramente no estaba bien disfrazado de triunfador.
Ambas lecturas eran parcialmente correctas. Y la que ninguno de los dos
lados podía hacer completamente en ese momento era la más importante de
todas: la de un hombre que cargaba el peso de saber que el tiempo que le
quedaba no era el tiempo que el sistema necesitaba para estar listo para
su ausencia. Que había construido algo que no sabía sobrevivir sin él. Y
que el país que amaba — de manera genuina, con todos los errores y con
toda la grandeza que ese amor había producido — iba a pagar el precio
de esa fragilidad.
✦ ✦ ✦
El 8 de diciembre de 2012, dos meses después de ganar la reelección,
Chávez anunció que volvía a Cuba para una nueva operación.
Fue la primera vez que habló públicamente de la posibilidad de que no
sobreviviera. No de manera directa — Chávez nunca lo dijo con esas
palabras. Pero lo que dijo ese día en cadena nacional, con la seriedad
de quien ya no puede mantener completamente el tono optimista de meses
anteriores, fue suficiente para que Venezuela entendiera que esta vez
era diferente.
Dijo que si algo ocurriera que le impidiera continuar, su sucesor
debería ser Nicolás Maduro.
Esa frase fue la decisión más cara que tomó en su vida política. No por
el nombre que mencionó — Maduro era el vicepresidente, la elección
natural en términos institucionales. Sino por la manera en que lo hizo:
no construyendo una transición institucional, no fortaleciendo los
mecanismos constitucionales de sucesión, no preparando al sistema para
funcionar sin él. Sino señalando con el dedo, como los caudillos
venezolanos siempre habían señalado: ese.
Un caudillo señala a su sucesor. Un demócrata construye las
instituciones que hacen que el sucesor no necesite ser señalado.
Chávez hizo lo primero. Y el sistema que había construido no le dejaba
hacer lo segundo porque el sistema había sido diseñado desde el
principio para necesitar al señalador.
✦ ✦ ✦
Alas 4:25 de la tarde del 5 de marzo de 2013, el vicepresidente
Nicolás Maduro apareció en cadena nacional.
Anunció la muerte de Hugo Chávez Frías.
Venezuela se detuvo.
No en el sentido físico — los carros siguieron moviéndose, las tiendas
siguieron abiertas, el mundo siguió girando. Se detuvo en el sentido que
se detiene un país cuando algo que parecía permanente de repente no
está.
Los que lo amaban lloraron en las calles. No de manera contenida — de
la manera en que Venezuela llora cuando el dolor es demasiado grande
para guardarlo adentro. Con el cuerpo entero. Con el grito que sale
cuando se va alguien que uno sentía como propio, aunque ese alguien
fuera el presidente y no el abuelo o el padre.
Los que no lo amaban — muchos de ellos — también se detuvieron. No a
celebrar, aunque hubo quienes lo hicieron y ese es su derecho que este
libro respeta sin compartirlo. Sino a procesar el vértigo de lo
desconocido. El mismo vértigo que sintieron los venezolanos que
celebraron la caída de Pérez Jiménez en 1958: la alegría mezclada con el
miedo a lo que viene después.
Porque lo que venía después de Chávez era genuinamente desconocido. No
de la manera en que el futuro siempre es desconocido. De la manera
específica en que es desconocido el futuro de un sistema que perdió a la
única persona que sabía operar todos sus mecanismos al mismo tiempo.
✦ ✦ ✦
✦ ✦ ✦
La muerte de Chávez abrió en Venezuela un espacio que el sistema no
sabía cómo llenar.
No un espacio político en el sentido ordinario — ese se llenó
rápidamente con la campaña electoral que llevó a Maduro a la presidencia
en abril de 2013, ganada con el margen más estrecho de cualquier
elección venezolana en décadas: 235.000 votos de diferencia sobre casi
15 millones de votos emitidos.
El espacio que no se pudo llenar era otro. Era el espacio que Chávez
ocupaba en el imaginario de millones de venezolanos que habían
construido su identidad política, su esperanza y en algunos casos su
vida cotidiana alrededor de su presencia. Ese espacio — ese lugar en
el corazón colectivo que solo puede ocupar alguien que tiene el don de
hacer sentir a la gente que la ve — no tenía sustituto disponible.
Maduro no era Chávez. Lo intentó. Usó su nombre. Usó su imagen. Dijo que
era su hijo, que su espíritu lo habitaba, que los pajaritos cantaban su
mensaje. Pero la diferencia entre el original y la copia es siempre
visible para quienes conocen el original. Y Venezuela conocía el
original.
Lo que Maduro podía heredar de Chávez era el aparato. Y lo que heredó,
junto con el aparato, fue todo lo que el aparato contenía: los logros
que todavía funcionaban, los errores que se acumulaban, la deuda que
vencía, y la Venezuela que seguía esperando que alguien le dijera la
verdad sobre lo que estaba pasando.
Esa verdad no llegó. El capítulo siguiente narra lo que llegó en su
lugar.
✦ ✦ ✦
Este libro ha prometido no mentir. Y no mentir sobre Hugo Chávez
significa hacer el balance que ninguno de los dos bandos quiere hacer
completo.
Lo que dejó que fue real y positivo: la inclusión de millones de
venezolanos en sistemas de educación y salud que antes los ignoraban. La
dignificación política de sectores históricamente invisibles. La
reducción medible de la pobreza durante la primera década. La
demostración de que Venezuela podía tener peso en la política
latinoamericana. La Constitución de 1999 con sus derechos avanzados,
aunque no siempre cumplidos.
Lo que dejó que fue real y destructivo: PDVSA vaciada de su capital
técnico. Las instituciones sin independencia. La economía atada a
controles que destruyeron la capacidad productiva. La deuda externa
multiplicada. La polarización convertida en modo permanente de vida
política. El sistema diseñado para ser indispensable en lugar de para
perdurar. La Venezuela de los cinco millones de exiliados que vendría
después.
Las dos columnas existen. Las dos son verificables. Las dos son
Venezuela.
Y la lección que este libro extrae de las dos columnas juntas no es que
Chávez fue bueno o que fue malo. Es que un líder que no construye las
instituciones que lo sobrevivan le hace a su país el mismo daño
independientemente de cuánto bien haya hecho mientras estuvo. Porque el
bien que hizo depende de las instituciones para perdurar. Y las
instituciones no estaban.
Eso es el legado de Chávez. En toda su complejidad. En toda su tragedia.
En toda su grandeza fallida.
✦ ✦ ✦
Maduro. El petróleo que cayó. Y el país que empezó a vaciarse.
Joseph A. Castillo Viña*
2013 — 2015
Maduro recibió el aparato sin el alma.
El petróleo cayó.
Y Venezuela descubrió que el fondo no era donde creía que estaba.
Nicolás Maduro Moros recibió el gobierno de Venezuela el 19 de abril
de 2013.
Recibió el título. Recibió el despacho. Recibió la banda presidencial.
Recibió el aparato de Estado, el partido, las instituciones copadas, el
control de los medios, la lealtad del ejército — al menos la lealtad
formal, la que se mantiene mientras el sistema puede pagar lo que la
lealtad cuesta.
Lo que no recibió fue lo único que hacía funcionar todo lo demás.
No recibió el carisma que llenaba estadios y convertía la derrota en
victoria narrativa. No recibió la inteligencia política que leía
situaciones con tres movimientos de anticipación. No recibió la
capacidad de hablarle a la Venezuela excluida en un lenguaje que esa
Venezuela reconocía como suyo. No recibió la autoridad moral que da
haber construido algo desde cero — él heredó lo que otros
construyeron.
Y sobre todo: no recibió el petróleo a cien dólares.
Porque en junio de 2014, el precio del petróleo comenzó su caída. No la
caída de 2008 — rápida, profunda, seguida de rebote. Esta fue
diferente: lenta, sostenida, sin rebote a la vista. Para diciembre de
2014, el barril estaba en 55 dólares. Para enero de 2016, llegaría a 25.
Venezuela, que había construido un sistema que necesitaba cien dólares
el barril para funcionar, recibía ahora veinticinco. Y el sistema que
fue diseñado para la abundancia tuvo que enfrentar lo que nunca había
sido diseñado para enfrentar: la escasez real, estructural, sin fecha de
fin visible.
✦ ✦ ✦
Sería injusto e impreciso describir a Nicolás Maduro simplemente
como una copia fallida de Chávez.
Era un hombre diferente con capacidades diferentes y con un contexto
completamente diferente al que Chávez había tenido cuando llegó al
poder. Donde Chávez llegó con el viento a favor — petróleo barato que
podía subir, sistema político agotado que podía derrotar, esperanza
popular que podía canalizar — Maduro llegó con el viento en contra
desde el primer día.
Era sincero en su chavismo. No era un oportunista que usaba el legado
del comandante como escalera — era alguien que había dedicado su vida
al proyecto bolivariano y que creía en él con la convicción del converso
que ha apostado todo a una sola causa.
Ese tipo de convicción tiene sus fortalezas y sus limitaciones. La
fortaleza: la resistencia que da creer genuinamente en lo que se
defiende. La limitación: la incapacidad de ver con claridad los errores
del sistema que se defiende porque reconocerlos sentiría como traición.
Maduro nunca pudo hacer lo que la Venezuela de 2013 necesitaba que
hiciera el nuevo presidente: un diagnóstico honesto de lo que el sistema
había hecho mal y un programa de correcciones que reconociera esos
errores sin necesitar negar el proyecto entero.
No porque fuera estúpido — no lo era. Sino porque el sistema que había
heredado, y la manera en que había llegado al poder, no le daban espacio
para esa honestidad. El sistema chavista no tenía mecanismos para la
autocrítica. Solo tenía mecanismos para la defensa.
Y ante cada crisis, Maduro recurrió a los únicos mecanismos disponibles:
más control, más discurso de amenaza externa, más concentración del
poder, más lealtades compradas con los recursos que se reducían.
✦ ✦ ✦
Cuando el petróleo estaba a cien dólares, Venezuela podía pagar sus
errores.
Podía pagar los subsidios masivos que mantenían los precios
artificialmente bajos. Podía pagar las importaciones que reemplazaban la
producción nacional destruida por las expropiaciones y los controles.
Podía pagar la nómina inflada del Estado. Podía pagar los compromisos de
PetroCaribe y la ALBA. Podía pagar, en suma, el costo de ser un sistema
que había dejado de producir y que vivía de comprar afuera lo que no
producía adentro.
Cuando el petróleo cayó a la mitad, Venezuela ya no podía pagar todo
eso.
La decisión que enfrentó el gobierno de Maduro en 2014 era la misma que
había enfrentado Caldera en 1994 y que había enfrentado el segundo
gobierno de CAP en 1989: cómo ajustar un sistema sobredimensionado a los
recursos realmente disponibles. Y la respuesta era siempre la misma en
su estructura, aunque los detalles cambiaran: costosa, socialmente
dolorosa, políticamente peligrosa.
Maduro no hizo ese ajuste. No de manera ordenada, transparente y con un
plan que distribuyera el costo de manera equitativa. Hizo lo que los
sistemas que no pueden reformarse hacen cuando la presión llega: siguió
adelante con el piloto automático, imprimiendo dinero para pagar lo que
no podía financiar con ingresos reales, hasta que la inflación se
convirtió en hiperinflación y la escasez se convirtió en hambre.
✦ ✦ ✦
La hiperinflación venezolana comenzó en 2017 y alcanzó niveles que pocas
economías del mundo habían visto en tiempos de paz: más del un millón
por ciento anual en 2018 según el Fondo Monetario Internacional. Para
entender lo que eso significa en la vida de una familia: un sueldo que
alcanzaba para comprar una bolsa de harina en enero ya no alcanzaba para
comprar esa bolsa en febrero. La gente aprendió a ir al mercado todos
los días porque lo que costaba hoy costaba el doble mañana.
Los venezolanos que habían vivido el Viernes Negro de 1983 reconocieron
la sensación en el cuerpo. Pero el Viernes Negro había sido una caída
del valor del bolívar en un día. Esto era el Viernes Negro todos los
días, sin fin visible.
El bolívar fuerte que Chávez había creado en 2008 — en un gesto de
reconversión monetaria que quitó tres ceros al bolívar — perdió tan
rápidamente su valor que el gobierno tuvo que quitarle otros cinco ceros
en 2018 y otros seis en 2021. Venezuela vivió tres reconversiones
monetarias en trece años. Cada una fue la admisión tácita de que la
anterior había fracasado.
✦ ✦ ✦
En febrero de 2014, Venezuela volvió a las calles.
No como el Caracazo — la explosión espontánea del límite alcanzado.
Sino de manera más organizada, más sostenida, más política. Las
protestas comenzaron en San Cristóbal, capital del estado Táchira, en
respuesta al intento de violación de una estudiante universitaria dentro
del campus. Se extendieron a Caracas, a Maracaibo, a Valencia, a Mérida.
Semanas de barricadas, de gases lacrimógenos, de colectivos motorizados
que respondían a las protestas con violencia, de muertos que se fueron
acumulando en un conteo que las organizaciones de derechos humanos
documentaron y el gobierno negó o minimizó.
El resultado oficial fue 43 muertos, más de 800 heridos y más de 3.000
detenidos en los meses de protestas. Las organizaciones de derechos
humanos documentaron casos de tortura en centros de detención. El líder
opositor Leopoldo López fue detenido en medio de las protestas — se
entregó públicamente, rodeado de seguidores, en un gesto que fue al
mismo tiempo valiente e inútil en sus resultados inmediatos. Fue
condenado a casi 14 años de prisión en un juicio que organismos
internacionales de derechos humanos calificaron de arbitrario.
Las protestas de 2014 fueron el segundo gran momento de fractura de la
Venezuela del siglo XXI después del Caracazo.
No porque derrocaran al gobierno — no lo derrocaron. Sino porque
demostraron que Venezuela ya no podía seguir pretendiendo que era una
democracia en el sentido sustantivo del término. Que un gobierno que
encarcela líderes opositores en juicios cuestionados, que usa la
violencia paraestatal contra manifestantes, que controla el sistema
judicial para perseguir a sus adversarios — ese gobierno puede seguir
teniendo el nombre de democracia en sus documentos oficiales, pero la
sustancia de la democracia había abandonado el edificio.
✦ ✦ ✦
El 6 de diciembre de 2015, la Mesa de la Unidad Democrática ganó las
elecciones parlamentarias venezolanas con el 56% de los votos.
Obtuvo 112 de los 167 escaños de la Asamblea Nacional. Una mayoría de
dos tercios. La supermayoría que, según la Constitución venezolana,
permitía a la Asamblea convocar una Asamblea Constituyente, designar
magistrados del Tribunal Supremo, aprobar leyes habilitantes y realizar
múltiples funciones de control sobre el ejecutivo.
Fue el resultado electoral más claro que Venezuela había producido en
décadas. Más claro que el 56% de Chávez en 1998. Más claro que cualquier
referéndum del período bolivariano. Venezuela, con el 56% de sus votos,
le dijo al gobierno de Maduro: ya fue suficiente.
El gobierno de Maduro escuchó el mensaje. Y decidió no obedecer.
Lo que siguió en los meses posteriores a las elecciones de diciembre de
2015 fue el proceso más revelador de la naturaleza real del sistema
venezolano bajo Maduro: el Tribunal Supremo de Justicia — cuyos
magistrados habían sido designados en sesión de madrugada por la
Asamblea Nacional saliente en sus últimas semanas — comenzó a declarar
inconstitucionales las decisiones de la nueva Asamblea Nacional, una por
una, antes de que tuvieran efecto real.
Venezuela tenía, desde diciembre de 2015, dos poderes del Estado que
reclamaban legitimidad y que tomaban decisiones contradictorias. La
Asamblea Nacional elegida con el 56% de los votos. Y el ejecutivo
respaldado por un Tribunal Supremo que anuló sistemáticamente las
decisiones de esa Asamblea.
Esa situación — que los juristas llaman ruptura del hilo
constitucional y que la termodinámica llama acumulación de presión sin
válvula — fue el estado permanente de Venezuela desde 2016 en
adelante.
✦ ✦ ✦
El resultado de las elecciones de 2015 y lo que el gobierno hizo con ese
resultado es la demostración más perfecta del Cuarto Principio en el
período posChávez.
El sistema intentó fijar artificialmente lo que el voto venezolano había
movido. Intentó mantener el poder ejecutivo en la posición de dominio
que tenía antes del 6 de diciembre, a pesar de que el país había votado
de manera contundente por cambiar esa posición.
Y como siempre cuando se intenta fijar lo que debe fluir, la presión se
acumuló. En 2017 estallaría en las protestas más grandes y más largas de
la historia venezolana reciente. En 2019 produciría la crisis
constitucional de la presidencia paralela. Y en los años siguientes
seguiría acumulándose en la salida silenciosa de millones de venezolanos
que eligieron no esperar a que el sistema liberara esa presión por su
cuenta.
✦ ✦ ✦
Andrés Suárez dejó de trabajar en el hospital público en 2015.
No lo echaron. No hubo un incidente dramático. Simplemente llegó el día
en que calculó que el sueldo de médico en el sistema público venezolano
equivalía, al tipo de cambio real, a menos de veinte dólares mensuales.
Y que con ese sueldo no podía pagar el alquiler, no podía comprar la
comida que necesitaba, no podía mantener a su madre que ya tenía 70 años
y que dependía de él desde que su padre había muerto.
Hizo el mismo cálculo que cientos de miles de venezolanos calificados
estaban haciendo en esos años: lo que produce el trabajo aquí versus lo
que produce el mismo trabajo en otro lugar. La diferencia era de tal
magnitud que la pregunta dejaba de ser si irse y se convertía en cuándo
y a dónde.
Andrés se fue a Colombia en enero de 2016. Tenía 44 años. Era médico
internista con quince años de experiencia. En Bogotá encontró trabajo en
tres semanas. Ganó en el primer mes más de lo que había ganado en el
último año en Venezuela.
Su historia no era la excepción. Era el patrón.
✦ ✦ ✦
Este libro tiene la obligación de nombrar las sanciones
internacionales contra Venezuela con la misma honestidad con que ha
nombrado todo lo demás.
Las sanciones existen. Sus efectos son reales. Y el debate sobre si son
un instrumento legítimo de presión sobre un gobierno que viola los
derechos de sus ciudadanos, o si son una medida que daña principalmente
a la población que supuestamente protege, es un debate legítimo que
personas de buena fe mantienen con argumentos verificables en los dos
lados.
Lo que este libro sostiene con precisión termodinámica es esto: las
sanciones no crearon los problemas económicos venezolanos. Los problemas
económicos venezolanos comenzaron antes de las sanciones, tienen causas
internas que este libro ha documentado desde el capítulo 5, y habrían
producido resultados devastadores con o sin sanciones. La dependencia
petrolera extrema, la destrucción del aparato productivo, la
hiperinflación, el vaciamiento de PDVSA — todos esos procesos estaban
en marcha antes de que ninguna sanción significativa llegara.
Lo que las sanciones sí hicieron fue amplificar el daño sobre una
economía ya destruida. Restringir el acceso a financiamiento
internacional que habría podido amortiguar el ajuste. Darle al gobierno
venezolano el argumento de la guerra económica externa que usó con
efectividad para atribuir a factores externos lo que era principalmente
de origen interno.
Ese argumento del bloqueo externo fue, para el gobierno de Maduro, el
instrumento narrativo más útil de su historia. No porque fuera
completamente falso — las sanciones tienen efectos reales. Sino porque
sirvió para desviar la atención de los errores propios hacia los
enemigos externos. Y un gobierno que puede señalar al enemigo externo no
necesita explicar sus propios errores.
✦ ✦ ✦
Hay una pregunta que la Venezuela de 2015 no podía hacerse en voz
alta.
No porque la respuesta fuera secreta. Sino porque hacerla en voz alta
costaba demasiado en los dos bandos.
¿Qué viene después?
Los chavistas no podían hacerla porque implicaba reconocer que lo que
había llegaba a su límite. Que el modelo que habían defendido con su
lealtad y en muchos casos con su sufrimiento no estaba produciendo los
resultados que prometía. Hacerla era traición.
Los opositores tampoco podían hacerla completamente porque implicaba
tener una respuesta. Y la oposición venezolana de 2015 — fragmentada,
sin proyecto económico consensuado, unida más por el rechazo al chavismo
que por una visión compartida del país alternativo — no tenía una
respuesta que pudiera pronunciarse con la claridad que la pregunta
merecía.
Venezuela en 2015 era un país atrapado entre un sistema que no podía
seguir siendo lo que había sido y una alternativa que no había terminado
de articular qué quería ser.
Ese atrapamiento — ese espacio entre el fin de una cosa y el comienzo
de otra que todavía no tiene nombre — es exactamente el territorio que
el Quinto Principio describe como la transición de fase. No el colapso
final. El espacio de máxima incertidumbre donde el sistema viejo ya no
puede sostenerse del todo y el sistema nuevo todavía no ha encontrado su
forma.
Venezuela lleva más de diez años en ese espacio. Y los capítulos que
siguen narran lo que ocurrió mientras el sistema seguía atrapado ahí.
✦ ✦ ✦
La migración más grande de la historia latinoamericana contemporánea.
Joseph A. Castillo Viña*
Cinco Millones de Válvulas
2015 — 2020
El éxodo más grande de América Latina en tiempos de paz.
Cinco millones de venezolanos que se llevaron a Venezuela adentro
aunque ya no vivieran en ella.
Hay un número que este capítulo tiene la obligación de decir antes
de cualquier otra cosa.
Cinco millones.
Cinco millones de venezolanos que salieron de Venezuela entre 2015 y
2020. El 15% de la población total del país. El éxodo más grande en
términos relativos que América Latina ha producido en tiempos de paz en
su historia contemporánea.
Ese número — cinco millones — es tan grande que el cerebro humano
tiene dificultad para procesarlo en su escala real. Cinco millones de
personas son la población completa de Costa Rica. Son más que la
población de Panamá. Son una ciudad más grande que Caracas misma.
Cinco millones de historias. Cinco millones de maletas. Cinco millones
de despedidas en aeropuertos, en terminales de autobús, en pasos
fronterizos a pie bajo el sol. Cinco millones de últimas veces en la
casa de la mamá. Cinco millones de adioses que muchos dijeron sin saber
que eran adioses porque decir que era un adiós hubiera sido demasiado
definitivo para poder hacerlo.
Este capítulo no puede contar las cinco millones de historias. Pero
puede nombrar lo que todas ellas tienen en común. Lo que todas ellas
cargaron. Y lo que todas ellas, en su conjunto, significan para el país
que dejaron y para el país que siguen siendo aunque vivan en otro lugar.
✦ ✦ ✦
La diáspora venezolana no fue un evento. Fue un proceso. Comenzó como
goteo en los años noventa con los profesionales que se fueron por las
oportunidades que Venezuela ya no ofrecía. Se convirtió en corriente
después del Caracazo y del 4F. Se hizo río después del Viernes Negro y
durante los años de crisis de la cuarta república. Y entre 2015 y 2020
se convirtió en el diluvio que nadie que hubiera leído la historia de
Venezuela con honestidad podría haber dicho que no iba a llegar.
Porque la diáspora venezolana es el Primer Principio en su forma más
humana y más dolorosa: el polo suprimido que no desaparece sino que se
reorganiza. La energía que el sistema no pudo contener adentro y que
fluyó hacia afuera buscando el espacio para existir que Venezuela le
negaba.
Cinco millones de venezolanos son cinco millones de unidades de presión
que el sistema no pudo retener. Y esas cinco millones de unidades,
dispersas por cuatro continentes, siguieron siendo venezolanas.
Siguieron amando a Venezuela. Siguieron enviando remesas. Siguieron
haciendo hallacas en diciembre en apartamentos de Bogotá y de Lima y de
Madrid y de Miami con ingredientes comprados en tiendas
latinoamericanas.
Y siguieron esperando.
El aeropuerto internacional Simón Bolívar de Maiquetía no fue
diseñado para lo que le tocó ser.
Fue diseñado para el tráfico normal de un país próspero. Para los vuelos
de negocios, para los turistas, para los venezolanos que viajaban al
exterior y volvían. Para ser el umbral de un país que el mundo visitaba
y del que sus ciudadanos regresaban.
Entre 2015 y 2020 se convirtió en otra cosa. En el lugar donde Venezuela
se despedía de sí misma. Noche tras noche, vuelo tras vuelo, la sala de
salidas internacionales se llenó de familias venezolanas que llevaban
más de lo que cabe en una maleta de veinte kilos y que dejaban en el
abrazo de despedida algo que no tiene nombre exacto pero que cualquier
venezolano que vivió esa escena reconoce de inmediato.
Las madres que se quedaron en tierra. Los padres que miraban el reloj de
la sala de espera como si mirando el reloj pudieran hacer que el tiempo
se detuviera. Los hijos que miraban hacia el pasillo de embarque
sabiendo que lo que estaban cruzando no era solo un umbral físico.
Los que se iban no siempre lloraban. A veces el momento era demasiado
grande para las lágrimas. A veces la emoción que salía era inesperada:
la risa nerviosa, el silencio, la necesidad urgente de hablar de
cualquier otra cosa para no hablar de lo único que importaba.
A veces el que se iba era el que sostenía al que se quedaba. Porque irse
con la certeza de que vas a algún lugar concreto es, paradójicamente,
más fácil que quedarse sin saber cuándo vas a volver a ver al que se
fue.
✦ ✦ ✦
Los venezolanos no se fueron a un solo lugar.
Se fueron a donde podían. A donde el idioma era familiar, a donde había
un conocido que podía ayudar la primera semana, a donde el sistema
migratorio era accesible, a donde las posibilidades de trabajo eran
reales. Se fueron construyendo redes de conexión que fueron guiando a
los que llegaron después: el venezolano que llegó a Bogotá en 2015 le
dijo al primo que se fue en 2017 a qué barrio buscar apartamento, a qué
empresa llevar el currículum, qué documentos pedir en la Cancillería
colombiana.
Esas redes — esas cadenas de información y de solidaridad tejidas
entre venezolanos en el exterior — fueron la infraestructura invisible
de la diáspora. Más eficientes que cualquier programa oficial de
acogida. Más humanas que cualquier estadística.
Hay una conversación que todos los venezolanos que se fueron
tuvieron alguna vez.
Antes de hacer la maleta. Sola o acompañada, en voz alta o en el
silencio de las tres de la mañana de un martes cualquiera. La
conversación que no es sobre ropa ni documentos sino sobre lo que uno es
y lo que va a dejar de ser cuando cruce esa puerta.
¿Qué llevas cuando te vas de tu país?
Llevas los documentos. El pasaporte y la cédula y el título
universitario legalizado y los papeles del niño y la partida de
nacimiento que tardó tres semanas en apostillar. Llevas la ropa para el
clima que no conoces todavía. Llevas el dinero que conseguiste — nunca
suficiente, siempre más de lo que tenías el mes pasado gracias a la tasa
de cambio que seguía subiendo.
Y llevas lo que no cabe en ninguna maleta.
Llevas el olor de la casa de tu mamá. Llevas el sabor del café
venezolano que en ningún otro lugar del mundo sabe exactamente igual.
Llevas la manera de saludar besando en la mejilla a gente que acabas de
conocer — costumbre que en algunos países del destino produce
incomodidad y que uno aprende a moderar sin nunca terminar de abandonar.
Llevas el modo de hablar, el ritmo del español venezolano con sus
coloquialismos y sus expresiones que el resto del mundo hispanohablante
entiende a medias. Llevas el mapa de las calles del barrio donde
creciste, grabado en el cuerpo para siempre aunque esas calles ya no
existan exactamente como las recuerdas.
Llevas a Venezuela adentro. Y esa Venezuela — la que llevas adentro
--- es más permanente que la que dejaste afuera.
✦ ✦ ✦
**IV · Lo que la Diáspora Hizo con Venezuela — y lo que Venezuela Hizo
con la Diáspora**
La diáspora venezolana no fue solo la historia de los que se fueron.
Fue también, simultáneamente, la historia de lo que esos cinco millones
hicieron desde afuera con el país que dejaron adentro.
Las remesas.
El dinero que los venezolanos en el exterior enviaron a sus familias en
Venezuela se convirtió, a partir de 2017, en una de las principales
fuentes de ingreso de millones de hogares venezolanos. En algunos
períodos, el flujo de remesas superó los ingresos del Estado venezolano
por concepto de exportaciones no petroleras. Venezuela — que había
sido el país que mandaba dinero a sus inmigrantes cuando era rico — se
convirtió en el país que depende del dinero que sus emigrantes le
envían.
Esa inversión de roles es una de las transformaciones más profundas y
menos comentadas de la Venezuela contemporánea. No solo en términos
económicos. En términos de lo que significa para la relación entre un
país y su diáspora.
La diáspora venezolana sostuvo a Venezuela cuando Venezuela no podía
sostenerse sola. El médico que se fue a Colombia y manda doscientos
dólares mensuales a sus padres en Caracas. La enfermera que trabaja en
Chile y paga el alquiler de su hermana en Maracaibo. El ingeniero en
Madrid que financia la comida de sus sobrinos en Valencia. Ese flujo ---
multiplicado por millones, repetido todos los meses — fue la red de
seguridad social más real que Venezuela tuvo entre 2017 y 2022.
Una red construida no por ningún gobierno ni por ninguna política
pública. Construida por venezolanos que amaban a Venezuela de la única
manera que podían amarla desde lejos: mandando dinero para que los que
se quedaron pudieran comer.
✦ ✦ ✦
Este capítulo sería incompleto sin los que no aparecen en las
estadísticas de la migración.
Los que se quedaron.
Los veintitantos millones de venezolanos que en 2020, después de cinco
años del éxodo más grande de la historia latinoamericana contemporánea,
seguían en Venezuela. Los que calcularon y decidieron que su lugar era
ahí. Los que no tenían los recursos para irse. Los que tenían personas
que no podían dejar. Los que creían que las cosas iban a cambiar y que
su presencia era parte del cambio.
Los que se quedaron no son los que fallaron en irse. Son los que
eligieron algo distinto. Y esa elección — tomada en condiciones que
ningún análisis externo puede capturar completamente — tiene su propio
peso y su propia dignidad.
Quedarse en Venezuela entre 2015 y 2020 fue, para millones de personas,
el acto más difícil de su vida. Más difícil que irse, porque irse tiene
al menos la promesa de un cambio. Quedarse fue resistir sin la promesa
de que la resistencia iba a producir el cambio antes de que la
resistencia agotara las fuerzas.
Los que se quedaron sostuvieron lo que quedaba del tejido social
venezolano. Los médicos que siguieron en los hospitales con sueldos de
veinte dólares mensuales porque si ellos también se iban no habría
nadie. Los maestros que siguieron en las aulas porque los niños
necesitaban a alguien. Los agricultores que siguieron sembrando porque
la tierra no podía esperar. Los viejos que no podían irse y que
aprendieron, como el abuelo Pedro noventa años antes, a ser invisibles
para sobrevivir.
Venezuela sobrevivió esos años porque ellos se quedaron. Eso también es
parte de la historia. Y este libro lo dice con la misma claridad con que
dice todo lo demás.
✦ ✦ ✦
Hay un momento específico que todos los venezolanos en la diáspora
conocen.
No el primer día en el nuevo país. Ese tiene su propia dureza, su propio
aprendizaje, su propio sabor de lo desconocido que puede ser excitante o
aterrador o las dos cosas al mismo tiempo.
El momento específico es el 24 de diciembre.
El primer 24 de diciembre lejos de Venezuela.
Es el momento en que la diáspora venezolana siente su peso completo.
Porque la Navidad venezolana no es solo una fecha del calendario. Es un
ritual de pertenencia que este libro describió en su primera página: las
hallacas que tardaron tres días en hacerse, el ron que nadie sabe quién
trajo, el televisor que nadie mira pero nadie apaga, la familia que
discute y se ríe al mismo tiempo.
El primer 24 de diciembre lejos es el día en que uno entiende, en el
cuerpo y no solo en la cabeza, lo que significa ser venezolano fuera de
Venezuela. Que ser venezolano no es tener un pasaporte. Es tener ese
ritual. Y que sin ese ritual, en un apartamento en Bogotá o en Lima o en
Madrid, algo falta de una manera que no se puede explicar a alguien que
no lo ha vivido.
Entonces uno hace lo que hacen los venezolanos en el exilio: intenta
reconstruir el ritual con lo que tiene disponible. Busca los
ingredientes en el mercado latinoamericano más cercano. Llama a la mamá
por videollamada para que le explique de nuevo cómo se hace la masa.
Invita a los otros venezolanos del edificio o del trabajo o del grupo de
WhatsApp de venezolanos en esa ciudad. Y en ese apartamento prestado en
un país extranjero, con ingredientes aproximados y sin la abuela que
amarre con el hilo correcto, Venezuela vuelve a existir por algunas
horas.
Eso es la diáspora. No el exilio como tragedia permanente. Venezuela
reconstituida en cada ciudad del mundo donde hay venezolanos suficientes
para hacer hallacas juntos.
✦ ✦ ✦
✦ ✦ ✦
Los cinco millones de venezolanos en el exterior no son el capítulo
final de la historia venezolana.
Son el Primer Principio en su expresión más masiva y más humana de toda
la historia de Venezuela.
El polo suprimido que no desaparece. Que se reorganiza. Que encuentra en
Bogotá y en Lima y en Madrid y en Miami el espacio para existir que
Venezuela le negaba. Y que sigue siendo venezolano — sigue cargando a
Venezuela adentro, sigue enviando remesas, sigue haciendo hallacas en
diciembre, sigue mirando las noticias de Venezuela con la mezcla
específica de amor y desesperación que solo tiene quien quiere a un
lugar que lo lastimó.
Esa energía — cinco millones de unidades de energía venezolana
dispersas por el mundo — no está perdida. Está acumulada. En
conocimiento adquirido en otros países. En redes de contacto construidas
en cuatro continentes. En capital humano que Venezuela formó y que el
mundo está usando y que Venezuela va a necesitar cuando llegue el
momento de reconstruir.
Porque ese momento va a llegar. El Quinto Principio lo garantiza. No hay
estado final. Solo transiciones de fase. Y la fase en que Venezuela
necesite a sus cinco millones de hijos dispersos va a llegar antes de lo
que el pesimismo más profundo puede imaginar.
La pregunta es si Venezuela, cuando llegue ese momento, va a saber
recibirlos. Si va a tener las condiciones — económicas, políticas,
institucionales — para ofrecerles algo que valga el regreso. Si va a
poder decirles, con hechos y no solo con palabras, que el país al que
regresan es distinto del que dejaron.
Esa es la promesa que Venezuela le debe a su diáspora. No el perdón ---
nadie tiene que pedir perdón por haberse ido. Sino la posibilidad real
de volver.
✦ ✦ ✦
✦ ✦ ✦
*La paradoja venezolana del siglo XXI: cómo sobrevive lo que debería
haber colapsado.*
Joseph A. Castillo Viña*
PARTE V
El Umbral
2020 — 2025
La paradoja más extraña de la historia venezolana contemporánea:
un sistema que según todos los indicadores debería haber colapsado
y que sin embargo permanece.
La paradoja venezolana del siglo XXI no tiene precedente exacto en
la historia latinoamericana.
No es la paradoja del colapso clásico — el sistema que se derrumba con
estrépito, que produce su revolución o su golpe, que cambia de fase de
manera dramática y visible. No es la paradoja del estancamiento estable
--- el sistema que encontró un equilibrio de bajo rendimiento y que
permanece en él porque nadie tiene suficiente energía para moverlo.
Es algo diferente. Es la paradoja del sistema que vive permanentemente
en su propio umbral de ruptura sin cruzarlo del todo. Que acumula
indicadores de colapso sin colapsar. Que pierde legitimidad sin perder
el poder. Que destruye la economía sin dejar de gobernar la economía.
Que produce cinco millones de exiliados sin producir la transición
política que esos exiliados esperaban.
El Protocolo del Pulso tiene un nombre para esto: criticalidad
sostenida. El estado en que un sistema ha superado su umbral de ruptura
normal pero no produce la transición de fase porque múltiples factores
simultáneos se neutralizan mutuamente, manteniendo al sistema en una
zona de tensión máxima sin resolución.
Venezuela lleva más de una década en esa zona. Y entender cómo es
posible — cómo un sistema sobrevive en condiciones que deberían
haberlo destruido — es tan importante como entender por qué se llegó
hasta ahí.
✦ ✦ ✦
Afinales de 2019, algo ocurrió en Venezuela que nadie planeó y que
cambió la dinámica del sistema de maneras que todavía no se han
procesado completamente.
El bolívar se rindió.
No con un decreto. No con una política oficial. El bolívar simplemente
dejó de ser la moneda con la que los venezolanos hacían sus
transacciones cotidianas y fue reemplazado, de manera orgánica y sin que
ningún gobierno lo ordenara, por el dólar estadounidense.
Los supermercados empezaron a poner precios en dólares. Los restaurantes
también. Los alquileres. Los salarios de quienes podían negociarlos. El
mercado venezolano — que durante años había operado con la
esquizofrenia del tipo de cambio oficial versus el tipo de cambio
paralelo — simplemente adoptó el tipo de cambio real como referencia y
siguió funcionando.
El gobierno de Maduro, que durante años había perseguido el dólar como
símbolo del imperialismo económico, lo toleró primero y luego lo adoptó
como política tácita porque la alternativa — intentar forzar el uso
del bolívar en una economía que ya no confiaba en él — era
políticamente más costosa que aceptar la realidad.
La dolarización de facto tuvo un efecto paradójico que este libro tiene
la obligación de nombrar con exactitud: frenó parcialmente la
hiperinflación. No la eliminó — el bolívar seguía perdiendo valor
frente al dólar. Pero al anclar la mayor parte de las transacciones al
dólar, Venezuela salió del régimen de hiperinflación más destructivo y
entró en un régimen de inflación alta pero manejable.
Los supermercados volvieron a llenarse. No para todos — para los que
tenían dólares. Y los que tenían dólares eran los que recibían remesas
del exterior, los que trabajaban en el sector privado dolarizado, los
que tenían algún ingreso en moneda extranjera.
Los que no tenían dólares seguían en la misma Venezuela de antes. Solo
que ahora la distancia entre las dos Venezuelas era visible en cada
vitrina de supermercado: el producto disponible, el precio en dólares,
la imposibilidad de comprarlo con el sueldo del Estado.
✦ ✦ ✦
La dolarización de facto, junto con un incremento modesto de la
producción petrolera a partir de 2021 y el alivio parcial de algunas
sanciones estadounidenses, produjo entre 2021 y 2023 lo que algunos
analistas llamaron una recuperación económica venezolana.
Los números son verificables: el PIB venezolano creció en 2021 después
de años de contracción. La hiperinflación cedió. Caracas, en sus zonas
más acomodadas, mostró signos de recuperación que eran visibles y
reales: restaurantes abiertos, comercios funcionando, algo de vida
nocturna que había desaparecido durante los peores años.
Lo que los números no capturan es que esa recuperación fue profundamente
desigual. Que llegó a los que ya tenían acceso a dólares y no llegó a
los que dependían del sueldo en bolívares. Que la pobreza medida en
dólares seguía siendo extrema para la mayoría de los venezolanos. Que
los servicios públicos — electricidad, agua, gas, transporte ---
seguían deteriorados de maneras que ninguna recuperación económica
parcial había reparado.
Venezuela en 2023 era un país con supermercados llenos y hospitales
vacíos de insumos. Con restaurantes de sushi en Altamira y niños con
desnutrición en los barrios de Petare. Con una recuperación real para
una minoría y una pobreza persistente para la mayoría.
La paradoja seguía operando. Solo con otro rostro.
El 28 de julio de 2024, Venezuela celebró elecciones presidenciales.
No es la primera vez en este libro que se narra una elección venezolana.
Pero esta es diferente a todas las anteriores de una manera que la
historia registrará con precisión: fue la primera elección en la que el
gobierno venezolano no solo manipuló los resultados sino que no pudo
ocultar esa manipulación de manera convincente.
Edmundo González Urrutia, candidato de la oposición unificada con
Plataforma Unitaria Democrática, obtuvo según las actas de las mesas
electorales recopiladas por la oposición y verificadas por múltiples
observadores, alrededor del 67% de los votos. El Consejo Nacional
Electoral — controlado por el gobierno — proclamó ganador a Nicolás
Maduro sin publicar las actas desagregadas que la ley venezolana exige.
La reacción fue la más amplia que Venezuela había visto desde las
protestas de 2017. Millones de venezolanos salieron a las calles. La
represión fue dura: decenas de muertos según organizaciones de derechos
humanos, más de dos mil detenidos en las semanas siguientes, incluyendo
menores de edad. El gobierno mantuvo su posición: Maduro había ganado.
La comunidad internacional respondió de manera inusualmente unánime: más
de veinte países de América Latina y Europa no reconocieron los
resultados. El presidente de Brasil, Lula da Silva — hasta entonces
aliado histórico del chavismo — pidió públicamente la publicación de
las actas. El presidente de Colombia, Gustavo Petro — izquierdista que
había mantenido relación con Maduro — se distanció. La legitimidad del
gobierno venezolano alcanzó su punto más bajo en su historia.
Y sin embargo, Maduro siguió gobernando.
✦ ✦ ✦
✦ ✦ ✦
El 28 de julio de 2024 y lo que siguió representa el Indicador Clínico
más claro del Protocolo del Pulso en la historia reciente venezolana: la
desconexión total entre los indicadores formales del sistema y la
realidad operativa.
El indicador formal decía: Maduro ganó las elecciones, el gobierno tiene
legitimidad, el proceso democrático funcionó.
La realidad operativa decía: la mayoría del país votó en contra, las
actas lo demuestran, el gobierno no puede mostrar sus números porque sus
números no existen.
Esa desconexión — entre lo que el sistema dice de sí mismo y lo que el
sistema realmente es — es exactamente la Fase 3 del ciclo tal como el
Protocolo la define: criticalidad inminente. El sistema ya no puede
sostener la ficción de su propia legitimidad sin recurrir a una
represión cuyo costo va creciendo con cada ciclo.
La pregunta que más se hacen los analistas de Venezuela desde 2015
es siempre la misma.
¿Por qué no ha caído?
No en el sentido de que merezca caer — ese es un juicio político que
este libro no emite. Sino en el sentido de que según todos los
indicadores disponibles, un sistema con los indicadores de Venezuela
debería haber producido hace años la transición de fase que el Protocolo
del Pulso predice para los sistemas en Fase 3 prolongada.
La respuesta está en la combinación de cinco factores que se refuerzan
mutuamente y que crean lo que este libro llama la zona gris: el espacio
donde un sistema ya no puede sostenerse pero tampoco puede caer porque
los mecanismos que normalmente producen la transición están bloqueados
simultáneamente.
Venezuela en 2025 es simultáneamente varias cosas que parecen
contradictorias pero que coexisten.
Es el país con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo según
la clasificación de la OPEP, que produce una fracción de lo que podría
producir porque la industria que debería extraerlo fue vaciada de su
capital técnico hace veinte años.
Es el país con uno de los salarios mínimos más bajos del mundo medido en
dólares — menos de diez dólares mensuales en 2024 — y
simultáneamente el país donde una minoría vinculada al Estado o a la
economía dolarizada vive con estándares que no son los de un país en
colapso.
Es el país que celebró elecciones en julio de 2024 donde la mayoría votó
por el cambio y el sistema decidió que ese voto no importaba. Y que
sigue funcionando — si se puede llamar funcionando — con ese
resultado sin resolver.
Es el país donde los emigrantes que se fueron entre 2015 y 2020 envían
remesas que sostienen a familias que de otra manera no podrían
sobrevivir con el sueldo del Estado. Y donde esas remesas financian,
indirectamente, la estabilidad del mismo sistema que expulsó a quienes
las envían.
Es el país donde una generación de jóvenes creció sin haber conocido la
Venezuela de la que sus padres hablan con nostalgia. Para quienes tienen
menos de treinta años, la escasez, el apagón, la inflación, la
emigración de los amigos — todo eso no es la excepción. Es la
normalidad. Y esa normalización del deterioro es quizás el costo más
invisible y más duradero de todo lo que este libro ha narrado.
✦ ✦ ✦
Hay una generación venezolana que este libro no puede ignorar.
La generación que nació entre 1995 y 2010. Los que tienen entre quince y
treinta años en 2025. Los que crecieron sin conocer la Venezuela de las
promesas — ni la democrática ni la bolivariana en su momento de mayor
esplendor.
Esta generación no tiene nostalgia del pasado que este libro ha narrado.
No puede tenerla porque no lo vivió. Su referencia no es la Venezuela
del milagro democrático ni la Venezuela de las Misiones. Su referencia
es la Venezuela que existió mientras ellos crecían: la cola, el apagón,
el kilo de carne que costaba el sueldo de una semana, el amigo que se
fue a Chile, el maestro de inglés que ahora da clases por Zoom desde
Bogotá.
Esa generación tiene algo que ninguna generación venezolana anterior
tuvo: la experiencia directa de lo que Venezuela es cuando funciona mal,
sin la distancia que da el tiempo ni la comparación que da el haber
conocido algo diferente. Saben que esto no es lo normal porque el mundo
les dice que no lo es. Pero no tienen en el cuerpo la memoria de lo que
era cuando funcionaba.
Y sin embargo, o quizás por eso, muchos de ellos tienen algo que las
generaciones anteriores perdieron: la claridad de quien no tiene nada
que perder excepto lo que quiere construir. La irreverencia frente a los
sistemas que fallaron antes de que ellos llegaran. La disposición a
imaginar algo diferente sin necesitar que ese algo diferente sea la
restauración de algo que fue.
Esa generación — la que creció en la ruina y que no tiene nostalgia
sino proyecto — es uno de los activos más importantes que Venezuela
tiene para la siguiente fase. Si encuentra las condiciones para usarlo.
✦ ✦ ✦
Carlos Suárez murió en 2022.
Tenía 80 años. Murió en el apartamento de Los Palos Grandes que había
comprado en los años setenta con veinte años de crédito. El mismo
apartamento. El mismo barrio transformado. Murió con Andrés al teléfono
desde Bogotá y con Patricia en la habitación — Patricia había vuelto
de Colombia dos semanas antes cuando supo que su padre no iba a durar
mucho.
La despedida fue completa. Eso fue un privilegio en la Venezuela de
2022, donde los hospitales no tenían los equipos ni los insumos para
atender bien a los enfermos terminales y donde muchas familias no tenían
los recursos para estar reunidas cuando alguien moría.
Carlos Suárez murió siendo el hilo más largo de este libro. El nieto de
Pedro Blanco, el peón de Barlovento que había aprendido a ser invisible
para sobrevivir el gomecismo. El hijo de Héctor Suárez, el maestro que
entró a la cárcel en 1949 y salió distinto pero no quebrado. El padre de
Andrés y Patricia, los hermanos que eligieron lados diferentes de la
fractura venezolana y que se encontraron en los últimos años alrededor
de una cama en lugar de alrededor de una mesa de discusión política.
La familia Blanco-Suárez en 2025: Andrés en Bogotá, trabajando como
médico internista en una clínica privada. Patricia en España, donde se
mudó desde Colombia en 2020, con residencia permanente y un trabajo
estable en publicidad. La madre, María Elena, en el apartamento de Los
Palos Grandes, con 83 años, viviendo de las remesas de sus dos hijos. El
apartamento todavía en pie. Los hijos fuera. La madre dentro. Venezuela
entera resumida en ese apartamento.
Cuando Andrés llama a su madre los domingos — siempre los domingos,
siempre a las seis de la tarde hora de Caracas — ella le cuenta lo que
pasó en el barrio esa semana. Los vecinos que se fueron. Los que
llegaron. El precio de los tomates. El apagón del miércoles. La nieta
del vecino del tercero que nació en la clínica pública y que está bien.
La vida que continúa, con todo lo que le falta y con todo lo que todavía
tiene.
Eso también es Venezuela. La madre de 83 años que se quedó. Que espera
la llamada del domingo. Que sigue siendo el centro de una familia
dispersa por tres países. Que en el fondo de ese apartamento tiene la
foto de boda de sus padres, la foto de graduación de Carlos, las fotos
de los nietos que nacieron en otros países y que conoce principalmente
por la pantalla del teléfono.
Venezuela en una foto familiar que abarca cuatro generaciones y tres
países y cien años de la historia que este libro acaba de narrar.
✦ ✦ ✦
Este libro ha narrado cien años de historia venezolana a través del
filtro de los cinco principios de la Teoría de la Oscilación Sistémica
Universal.
Ha documentado que Venezuela no fue una excepción a las leyes de los
sistemas complejos. Que cada cosa que le ocurrió — desde el gomecismo
hasta el fraude de 2024 — siguió la mecánica que el Protocolo del
Pulso describe con precisión.
Ha documentado que los errores que produjeron el ciclo más largo y más
costoso de la historia venezolana no fueron errores de maldad
excepcional ni de ignorancia inusual. Fueron errores de incentivos.
Sistemas diseñados de maneras que recompensaban la conservación del
poder sobre la construcción de instituciones. Culturas políticas que
aprendieron a usar el petróleo para comprar el tiempo que la física
cobraría más tarde. Líderes que construyeron su grandeza personal sin
construir los contrapesos que habrían permitido que esa grandeza
sobreviviera más allá de su propia vida.
Y ha documentado, capítulo a capítulo, que la responsabilidad de ese
ciclo no la tiene un solo bando. La tiene el sistema entero: los que
gobernaron y los que fueron gobernados, los que se quedaron y los que se
fueron, los que creyeron y los que nunca creyeron, los que lucharon por
el cambio de maneras distintas y frecuentemente incompatibles entre sí.
Esa responsabilidad compartida no diluye las responsabilidades
individuales. Los que tomaron las decisiones que destruyeron las
instituciones tienen una responsabilidad mayor que los que vivieron bajo
esas decisiones. La responsabilidad no es igual para todos. Pero sí es
de todos.
Y esa es la única base posible para construir algo diferente.
✦ ✦ ✦
El Umbral
La razón física por la que Venezuela puede ser diferente.
Joseph A. Castillo Viña*
Por Qué Esto No Es el Final
Este libro tiene cien años de historia venezolana adentro.
Cien años de petróleo mal usado. De instituciones destruidas antes de
que pudieran consolidarse. De líderes que amaron el poder más de lo que
amaron el país. De ciudadanos que toleraron más de lo que debían
tolerar, esperando que alguien más tomara la iniciativa. De sistemas que
prometieron el cielo y entregaron la deuda de construirlo.
Cien años de un Pulso que nadie supo leer a tiempo.
Este epílogo no va a mentirle. No va a decirle que todo va a estar bien.
No va a darle la esperanza fácil que consuela sin informar. No va a
terminar con la imagen del amanecer que llega inevitablemente después de
la noche larga.
El amanecer no llega inevitablemente. El amanecer llega cuando la tierra
gira. Y la tierra gira sola. Pero Venezuela no es la tierra. Venezuela
son personas. Y las personas no giran solas. Las personas eligen.
Y esa diferencia — entre lo que ocurre solo y lo que requiere elección
--- es la más importante que este libro puede dejarle.
✦ ✦ ✦
Venezuela puede seguir igual.
No es un escenario improbable. Es el escenario más probable según la
física de los sistemas que han llegado al punto donde Venezuela está.
Los sistemas en criticalidad sostenida no cambian solos. Cambian cuando
la energía del polo suprimido alcanza la masa crítica suficiente para
producir la transición. Y esa masa crítica — que es colectiva, no
individual — puede no llegar. Puede dispersarse. Puede agotarse en el
exilio, en la supervivencia cotidiana, en las divisiones que el sistema
aprendió a cultivar con maestría durante décadas.
Venezuela puede seguir siendo en 2035 lo que es en 2025: un país que
sobrevive sin vivir. Que tiene petróleo y no tiene comida. Que tiene una
Constitución hermosa y no tiene justicia. Que tiene cinco millones de
ciudadanos formados viviendo en el exterior y no tiene la capacidad de
atraerlos de vuelta porque las condiciones que los expulsaron siguen
intactas.
Venezuela puede seguir siendo el país donde los niños crecen sin conocer
otra cosa que esto y donde esa normalización del deterioro se convierte,
generación a generación, en la nueva línea base de lo que se espera de
la vida.
Eso puede pasar.
No debería decirse como posibilidad remota sino como posibilidad real.
Como el resultado que ocurre cuando la energía disponible para el cambio
no se organiza con suficiente cohesión para producirlo.
✦ ✦ ✦
Venezuela puede empeorar.
También es posible. Los sistemas en fase terminal que no producen
transición ordenada pueden producir desintegración desordenada. El
deterioro de las instituciones puede llegar al punto en que el Estado ya
no pueda cumplir ninguna función básica. El apoyo militar puede
fracturarse de maneras que produzcan conflicto interno en lugar de
transición política. Las sanciones y el aislamiento pueden profundizar
el daño más allá del punto desde el que la recuperación sea posible en
el mediano plazo.
Venezuela tiene experiencia con esto también. Este libro ha narrado
etapas en que el sistema empeoró antes de cambiar. El Viernes Negro
empeoró antes del Caracazo. El Caracazo empeoró antes del 4F. El 4F
empeoró antes de 1998. Cada etapa de empeoramiento fue también la
acumulación de la energía que produjo el siguiente movimiento.
Pero no hay garantía de que el siguiente movimiento sea mejor. La física
del Quinto Principio dice que habrá una siguiente fase. No dice que esa
siguiente fase sea más justa, más próspera o más libre. Solo dice que
será diferente.
La diferencia puede ser para peor.
Decirle lo contrario sería mentirle.
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***La verdad amarga completa: Venezuela lleva cien años pagando el
costo de aprender las mismas lecciones que no terminó de aprender. Ese
patrón no se rompe solo. Requiere algo que Venezuela todavía no ha
demostrado tener de manera sostenida: la voluntad colectiva de hacerse
responsable de su propia historia sin esperar que un líder, una
revolución o un recurso natural la salven de la necesidad de
construirse a sí misma.***
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Ysin embargo.
El Quinto Principio existe. Y no es un consuelo. Es física.
No hay estado final. Solo transiciones de fase.
Lo que Venezuela vive hoy no es el estado terminal de Venezuela. Es una
fase. Una fase larga, dolorosa, de costo inmenso en vidas y en años y en
dignidad. Pero una fase. No un destino permanente.
Esa afirmación no es optimismo. Es termodinámica. Los sistemas complejos
no tienen estados terminales en el sentido de que no pueden
transformarse. Se transforman siempre — hacia configuraciones más
complejas o hacia configuraciones más simples, hacia más energía
disponible o hacia menos, hacia más posibilidad o hacia menos. Pero se
transforman.
La pregunta que el Quinto Principio no responde — porque ningún
principio físico puede responderla — es hacia qué se transforma. En
qué dirección fluye el gradiente. Qué nodos absorben la energía cuando
el sistema actual ceda.
Esa pregunta no la responde la física. La responden las personas.
✦ ✦ ✦
La historia de Venezuela que este libro ha narrado tiene un patrón que
aparece en cada transición de fase. Cada vez que el sistema cambió ---
en 1935, en 1945, en 1958, en 1998 — cambió hacia lo que las fuerzas
más organizadas y más coherentes en ese momento tenían preparado.
En 1935, el sistema gomecista colapsó y lo que estaba preparado eran los
militares moderados y los partidos políticos en formación que habían
crecido en el exilio. La democracia llegó porque había personas que
habían dedicado años a construir el programa y la organización para
hacerla posible.
En 1998, el sistema puntofijista colapsó y lo que estaba preparado era
Chávez — con su movimiento bolivariano, su retórica, su carisma, y el
petróleo que iba subiendo. La Revolución llegó porque había energía
acumulada y un conductor que la canalizó.
Lo que la historia venezolana enseña con consistencia brutal es esto:
las transiciones de fase no esperan a que la mejor opción esté lista. Se
producen cuando la presión es suficiente y lo que esté disponible en ese
momento es lo que llena el espacio.
La pregunta que Venezuela necesita hacerse hoy no es cuándo va a caer el
sistema. Es qué estará listo cuando caiga.
✦ ✦ ✦
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***El Quinto Principio no promete el paraíso. Promete la continuación.
Promete que la energía venezolana — la de los treinta millones
adentro y los cinco millones afuera — no desaparece. Se reorganiza. Y
la forma que tome en la reorganización depende de lo que los
venezolanos construyan antes de que llegue el momento de
reorganizarse.***
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El Protocolo del Pulso produce tres escenarios para Venezuela en la
próxima década. No predicciones. Distribuciones de probabilidad. Lo que
el sistema puede producir según qué fuerzas lleguen a ser dominantes.
Ninguno de esos escenarios es inevitable. Ninguno es imposible. La
diferencia entre ellos no la produce la física sola. La produce la suma
de millones de decisiones individuales que en conjunto se convierten en
la fuerza que determina hacia dónde fluye el gradiente.
Eso es lo que este libro quiere dejar en las manos de quien lo lee: la
comprensión de que los escenarios no son destinos. Son posibilidades. Y
la diferencia entre las posibilidades la hacen las personas.
✦ ✦ ✦
Este es el corazón del epílogo.
No la esperanza abstracta. No el llamado genérico a la unidad que todos
los libros venezolanos han hecho y que no ha producido la unidad que
pedían.
Algo más específico. Más difícil. Más honesto.
La transformación de Venezuela — el paso del Escenario A o B al
Escenario C — depende de una sola variable que ningún líder, ninguna
sanción, ningún precio del petróleo puede producir desde afuera: la
decisión colectiva de los venezolanos de verse como parte del mismo
sistema.
No como bando. Como sistema.
El venezolano del barrio y el venezolano de la urbanización son parte
del mismo sistema. El chavista convencido y el opositor convencido son
parte del mismo sistema. El que se quedó y el que se fue son parte del
mismo sistema. El que apoyó al que gobernó y el que resistió al que
gobernó son parte del mismo sistema.
Ese sistema los ha enfrentado durante décadas porque un sistema que
enfrenta a sus propios componentes entre sí no necesita enfrentar a
quienes quieren cambiarlo. La división es la herramienta de conservación
más eficiente que existe.
Y mientras los venezolanos sigan organizando su energía alrededor de la
destrucción del bando contrario en lugar de alrededor de la construcción
de lo que ambos bandos necesitan, el sistema que los divide seguirá
siendo más fuerte que cualquiera de los dos bandos por separado.
✦ ✦ ✦
La fuerza colectiva que puede producir el Escenario C no es la fuerza de
un ejército. No es la fuerza de una revolución. No es la fuerza de
ningún mesías — Venezuela ha tenido demasiados mesías y muy pocas
instituciones.
Es la fuerza más difícil de construir en política y la más duradera
cuando se construye: la fuerza del acuerdo mínimo entre adversarios que
reconocen que tienen más en común de lo que los separa.
Venezuela ha tenido ese acuerdo mínimo exactamente una vez en cien años
de historia: el Pacto de Punto Fijo de 1958. Ese pacto tuvo sus defectos
profundos — este libro los ha documentado. Pero también tuvo una
virtud que Venezuela no ha podido reproducir: la voluntad de tres
hombres que se odiaban de construir algo juntos porque entendían que si
no lo hacían juntos, no habría nada que construir.
Venezuela necesita ese momento otra vez. No el mismo pacto. No los
mismos actores. No la misma ideología. Pero sí la misma comprensión: que
el adversario político no es el enemigo existencial. Es el vecino con
quien hay que vivir en el mismo país. Y los vecinos que no pueden
coexistir no tienen opciones buenas.
✦ ✦ ✦
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***La transformación de Venezuela no depende del precio del petróleo.
No depende de las sanciones. No depende de ningún factor externo.
Depende de si los venezolanos — adentro y afuera, de un bando y del
otro — encuentran la voluntad de verse como parte del mismo sistema
antes de que ese sistema los destruya a todos por igual.***
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En 1908, Venezuela entró en el ciclo más largo de su historia.
Un ciclo que pasó por el gomecismo y por la ilusión del amanecer
democrático y por el petróleo que llegó y por la dictadura que construyó
el concreto más hermoso sobre el sufrimiento más silencioso y por el 23
de enero que fue el único día en que fuimos todos el mismo pueblo y por
el Punto Fijo que resolvió los problemas del pasado y creó los del
futuro y por la Gran Venezuela que se creyó eterna y por el Viernes
Negro que enseñó que nada es eterno y por el Caracazo que gritó lo que
llevaba décadas sin poder decirse y por el 4F y las dos palabras que
todavía resuenan y por 1998 que fue el voto más honesto y más costoso de
la historia venezolana y por las Misiones y la abuela que aprendió a
leer a los 67 años y por la Lista Tascón y por el petróleo a cien
dólares gastado en comprar el mundo en lugar de en construir el país y
por Chávez muriendo con el secreto que no pudo decir y por Maduro
heredando el aparato sin el alma y por el petróleo que cayó y la
hiperinflación y la cola y el hambre y los cinco millones que se fueron
llevando a Venezuela adentro.
Todo ese ciclo. Cien años. Está en este libro.
Y el Quinto Principio dice que no es el final.
✦ ✦ ✦
No porque el final no pueda llegar — puede llegar un final que sea
peor que lo que hay. Ya se dijo. No se va a desdecir.
Sino porque la energía venezolana — la energía de un pueblo que ha
sobrevivido todo lo que este libro ha narrado y que sigue siendo pueblo,
sigue teniendo identidad, sigue haciendo hallacas en diciembre en
apartamentos de tres continentes — esa energía no se apaga.
Se reorganiza.
Siempre se ha reorganizado. En el exilio de Gómez, en las cárceles de
Pérez Jiménez, en los márgenes del puntofijismo, en los barrios que el
milagro democrático no terminó de alcanzar, en los cinco millones
dispersos que llevan a Venezuela en la maleta.
El polo suprimido nunca desaparece. Eso es el Primer Principio. Y
Venezuela lleva cien años demostrándolo.
✦ ✦ ✦
Pero la reorganización por sí sola no produce el Escenario C.
La reorganización produce energía. Y la energía necesita dirección. Y la
dirección no la da un hombre ni una ideología. La da el acuerdo
colectivo sobre lo que se quiere construir.
Venezuela ha tenido la energía. Siempre la ha tenido. Lo que no ha
tenido con suficiente frecuencia es el acuerdo sobre qué hacer con ella.
Ese acuerdo — esa conversación que los venezolanos necesitan tener
entre sí sin la mediación de ningún sistema que se beneficia de su
división — es la tarea más urgente que este libro identifica.
No la conversación fácil. La que duele. La que le pide al chavista que
reconozca lo que el chavismo destruyó. La que le pide al opositor que
reconozca lo que el sistema anterior produjo para que el chavismo fuera
posible. La que le pide al que se fue que no abandone la responsabilidad
solo porque vive en otro país. La que le pide al que se quedó que no use
el sacrificio del quedarse como argumento para no escuchar.
Esa conversación es la que produce la fuerza colectiva. No el acuerdo en
todo. El acuerdo en lo suficiente.
Y lo suficiente, en Venezuela, no es poco. Lo suficiente es esto: que el
país le pertenece a todos los venezolanos. Que el petróleo le pertenece
a todos los venezolanos. Que las instituciones deben servir a todos los
venezolanos. Que el adversario político no merece la cárcel ni el exilio
sino la derrota electoral en elecciones limpias.
Eso es lo mínimo. Y lo mínimo, en Venezuela, todavía no se ha construido
de manera duradera.
✦ ✦ ✦
El 24 de diciembre — siempre el 24 de diciembre — en algún
apartamento de Bogotá o de Lima o de Madrid o de Miami o de Valencia o
de Caracas, una familia venezolana se sienta alrededor de una mesa.
Las hallacas en el centro. El ron que nadie sabe quién trajo pero
siempre hay. El televisor que nadie mira pero nadie apaga. Los que están
y los que no están — los que se fueron y los que murieron y los que no
pudieron venir esta vez.
En esa mesa está todo lo que este libro ha narrado. Cien años de ciclos.
Los errores y los logros. Los que gobernaron mal y los que resistieron
bien y los que no supieron hacer ninguna de las dos cosas del todo. El
petróleo y la deuda que el petróleo compró. Las promesas y el precio que
costaron.
Y está también lo que ningún análisis termodinámico puede capturar
completamente: el amor. El amor venezolano que sobrevivió a todo lo que
este libro documenta que ocurrió. Que siguió siendo real en las cárceles
de Pérez Jiménez y en los aeropuertos de Maiquetía y en los apartamentos
de Lima a las dos de la mañana con las hallacas aplastadas.
Ese amor no es suficiente para transformar un país. El amor sin
organización política, sin instituciones, sin el trabajo lento y sucio
de construir los contrapesos que el poder necesita para no corromperse
--- ese amor produce buena gente atrapada en sistemas malos.
Pero es el punto de partida. Es lo que existe cuando todo lo demás
falla. Es el polo que nunca desaparece aunque se suprima. Es el Primer
Principio en su forma más íntima y más venezolana.
✦ ✦ ✦
Venezuela no merece lo que le pasó.
Ningún pueblo merece lo que le pasó.
*Pero merecer no es la física. La física no distribuye lo que se merece.
La física distribuye lo que los sistemas producen cuando se les da
suficiente tiempo.*
Y Venezuela tiene tiempo todavía.
*Tiene petróleo. Tiene gente. Tiene la memoria de todo lo que salió mal
--- que es también la información de todo lo que no debe repetirse.
Tiene cinco millones de hijos dispersos que llevan a Venezuela adentro y
que podrían volver con lo que aprendieron afuera si Venezuela les da
razones para volver.*
Tiene, sobre todo, la posibilidad.
*La posibilidad no es la certeza. No es la garantía. No es el amanecer
inevitable.*
*Es lo más honesto que se puede ofrecer: la posibilidad real, física,
documentada, de que Venezuela en 2035 sea diferente a la Venezuela de
2025. Que el ciclo que lleva cien años repitiendo sus errores encuentre
en esta generación — la de adentro y la de afuera, la que cree y la
que no cree — la voluntad de no repetirlos.*
Eso requiere fuerza colectiva.
*No el tipo de fuerza que viene de arriba y se derrama hacia abajo. El
tipo de fuerza que se construye de lado a lado. Entre venezolanos que
deciden, uno a uno y en conjunto, que el país que quieren no es el de
ningún bando sino el de todos.*
Ese país no existe todavía.
Pero el Quinto Principio garantiza que puede existir.
*No hay estado final. Solo transiciones de fase. Y Venezuela ---
golpeada, fragmentada, dispersa, amada con esa intensidad específica que
tienen las cosas que costaron demasiado — Venezuela está en
transición.*
Hacia qué depende de lo que los venezolanos elijan.
*Y esa elección — esa responsabilidad — es la última página de este
libro.*
Porque las últimas páginas de Venezuela todavía no están escritas.
Las están escribiendo ustedes.
LA LÍNEA QUE NUNCA FUE
*Venezuela: ochenta años de un sistema que aprendió a devorar a su
propio pueblo*
Cien años de Venezuela a través de los cinco principios
Esta cronología registra los eventos fundamentales narrados en el libro
con su fecha exacta, su diagnóstico termodinámico y el capítulo donde se
desarrolla con profundidad. Es un instrumento de referencia, no un
resumen. La historia completa está en el libro.
PARTE I · 1908 --- 1958 · El Sistema que Aprendió a Mandarse Solo
PARTE II · 1958 --- 1983 · La República del Petróleo
PARTE III · 1983 --- 1998 · El Colapso que Nadie Llamó Colapso
PARTE IV · 1999 --- 2013 · El Pulso de la Revolución
PARTE V · 2013 --- 2025 · El Umbral
*Joseph A. Castillo Viña · Teoría de la Oscilación Sistémica
Universal · Volumen III*
Los conceptos, instrumentos y principios que este libro usa
Este glosario define los términos técnicos de la Teoría de la Oscilación
Sistémica Universal (TOSU) que aparecen a lo largo del libro. Está
organizado en tres secciones: los cinco principios fundamentales, los
instrumentos del Protocolo del Pulso, y los conceptos de diagnóstico
sistémico. Cada entrada incluye la definición del término y su
aplicación específica al caso venezolano.
*Joseph A. Castillo Viña · Teoría de la Oscilación Sistémica
Universal · Volumen III*
reservados.
*Las referencias indican el capítulo donde el término aparece con
relevancia analítica. Las abreviaturas corresponden a: Pról. = Prólogo ·
Cap. 1-14 = Capítulos 1 a 14 · Epíl. = Epílogo. Las entradas en cursiva
remiten a términos relacionados dentro del mismo índice.*
*Figuras históricas, políticas e intelectuales que aparecen en el
libro.*
Baptista, Asdrúbal *(economista, teoría de la economía rentista
venezolana)* — Nota metodológica
Betancourt, Rómulo (fundador de AD, presidente 1959-64) **Pról., Cap.
2, Cap. 3, Cap. 4, Cap. 7, Cap. 8, Cap. 13**
> → su exilio y regreso Cap. 2, Cap. 3
>
> → su gobierno y la construcción democrática Cap. 4
>
> → su discurso mencionado en el exilio Cap. 13
Caballero, Manuel (historiador venezolano del siglo XX) **Nota
metodológica**
Caldera, Rafael (fundador de Copei, presidente 1969-74 y 1994-99)
> → su discurso del 4 de febrero de 1992 Cap. 7
>
> → su segundo gobierno y el indulto a Chávez Cap. 8
Carrera Damas, Germán *(historiador, crítico de la historia oficial
venezolana)* Nota metodológica
Chávez Frías, Hugo (teniente coronel, presidente 1999-2013) **Cap. 7,
Cap. 8, Cap. 9, Cap. 10, Cap. 11, Cap. 12, Cap. 14, Epíl.**
> → el 4F y 'por ahora' Cap. 7
>
> → su victoria en 1998 Cap. 8
>
> → los primeros años y las Misiones Cap. 9
>
> → el segundo boom y las expropiaciones Cap. 10
>
> → la enfermedad y el último mandato Cap. 11
>
> → su muerte y la herencia Cap. 11, Cap. 12
>
> → su legado — balance real Cap. 11, Epíl.
Gallegos, Rómulo (escritor, presidente derrocado en 1948) **Cap. 2,
Cap. 13**
> → su elección y derrocamiento Cap. 2
>
> → su nombre en el exilio Cap. 13
González Urrutia, Edmundo (candidato opositor, elecciones de 2024)
Gómez, Juan Vicente (dictador 1908-1935) **Cap. 1, Cap. 2, Cap. 3,
Cap. 5, Cap. 8, Cap. 9, Cap. 14, Epíl.**
> → su llegada al poder Cap. 1
>
> → el petróleo y la transformación del Estado Cap. 1
>
> → su muerte y lo que dejó Cap. 2
Herrera Campíns, Luis (presidente 1979-84) Cap. 5
> → 'recibí una Venezuela hipotecada' Cap. 5
Leoni, Raúl (presidente 1964-69, segunda transferencia pacífica)
López, Leopoldo (líder opositor detenido en 2014) Cap. 12
López Maya, Margarita (académica, estudiosa del chavismo) **Nota
metodológica**
Lusinchi, Jaime (presidente 1984-89) Cap. 8
Maduro Moros, Nicolás (presidente desde 2013) **Cap. 11, Cap. 12, Cap.
13, Cap. 14, Epíl.**
> → su llegada al poder y el margen de 235.000 votos Cap. 12
>
> → la crisis económica bajo su gobierno Cap. 12
>
> → el fraude electoral de 2024 Cap. 14
Medina Angarita, Isaías (presidente derrocado en 1945) Cap. 2
Pérez, Carlos Andrés (presidente 1974-79 y 1989-93) **Cap. 5, Cap. 6,
Cap. 7, Cap. 8, Epíl.**
> → la Gran Venezuela y el primer boom Cap. 5
>
> → el Caracazo y su respuesta Cap. 6
>
> → su juicio y destitución Cap. 7
Pérez Jiménez, Marcos (dictador 1948-1958) **Cap. 3, Cap. 4, Cap. 5,
Cap. 7, Cap. 9, Cap. 11, Cap. 14, Epíl.**
> → su llegada y la dictablanda Cap. 3
>
> → el plebiscito amañado y su caída Cap. 3
Pino Iturrieta, Elías (historiador, cultura política venezolana)
Tascón, Luis (diputado, autor de la Lista Tascón) Cap. 9
Uslar Pietri, Arturo *(escritor, ensayista, 'sembrar el petróleo'
1936)* Cap. 1, Cap. 10, Epíl.
> → la frase que Venezuela oyó y no escuchó Cap. 1, Cap. 10, Epíl.
Villalba, Jóvito (fundador de URD, Pacto de Punto Fijo) **Cap. 2, Cap.
3, Cap. 4, Cap. 13**
*Partidos, organismos del Estado, organizaciones internacionales y
movimientos políticos.*
Acción Democrática (AD) (partido fundado por Betancourt) **Cap. 2,
Cap. 3, Cap. 4, Cap. 7, Cap. 8**
> → el Trienio Adeco Cap. 2
>
> → su agotamiento electoral Cap. 8
Asamblea Constituyente (1999) Cap. 9
Asamblea Nacional Cap. 9, Cap. 12, Cap. 14
> → mayoría opositora de 2015 y su vaciamiento Cap. 12, Cap. 14
Banco Central de Venezuela Cap. 5, Cap. 8, Cap. 12
> → anuncio del Viernes Negro Cap. 5
CADIVI (Comisión de Administración de Divisas **Cap. 10, Cap. 11, Cap.
12**
COFAVIC (Comité de Familiares de Víctimas del Caracazo) Cap. 6
Consejo Nacional Electoral (CNE) Cap. 14, Epíl.
> → proclamación sin actas en 2024 Cap. 14
Copei (partido demócrata cristiano, fundado por Caldera) **Cap. 2,
Cap. 3, Cap. 4, Cap. 7, Cap. 8**
Fuerzas Armadas Venezolanas **Cap. 1, Cap. 2, Cap. 3, Cap. 7, Cap. 9,
Cap. 11, Cap. 14**
> → su papel en los golpes del siglo XX Cap. 2, Cap. 3, Cap. 7
>
> → su lealtad a Maduro como mecanismo de la zona gris Cap. 14
Mesa de la Unidad Democrática (MUD) Cap. 12, Cap. 14
> → victoria parlamentaria de 2015 Cap. 12
Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200) Cap. 7, Cap. 9
OPEP Cap. 5, Cap. 14
Pacto de Punto Fijo Cap. 3, Cap. 4, Cap. 7, Cap. 8, Epíl.
> → su diseño y sus virtudes reales Cap. 3, Cap. 4
>
> → sus limitaciones estructurales Cap. 4, Cap. 7
>
> → su colapso Cap. 8
PDVSA (Petróleos de Venezuela) **Cap. 5, Cap. 9, Cap. 10, Cap. 11, Cap.
12, Cap. 14**
> → su nacimiento y su meritocracia original Cap. 5
>
> → el vaciamiento técnico post-paro Cap. 9, Cap. 10
>
> → su declive productivo sostenido **Cap. 10, Cap. 11, Cap. 12, Cap.
> 14**
Plataforma Unitaria Democrática (PUD) Cap. 14
PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela) **Cap. 9, Cap. 10, Cap. 11,
Cap. 12**
R4V (Plataforma de Coordinación Interagencial) *(ACNUR + OIM, datos de
la diáspora)* Cap. 13
Tribunal Supremo de Justicia Cap. 9, Cap. 12, Cap. 14
> → su copamiento político y vaciamiento institucional **Cap. 9, Cap.
> 12**
>
> → su papel en el bloqueo legislativo post-2015 Cap. 14
Los momentos de transición de fase documentados en el libro.
Caracazo, El (27 Feb 1989) **Cap. 6, Cap. 7, Cap. 8, Cap. 9, Cap. 12,
Epíl.**
> → sus causas sistémicas Cap. 5, Cap. 6
>
> → los muertos y la deuda sin saldar Cap. 6
>
> → su impacto sobre el 4F y 1998 Cap. 7, Cap. 8
Crisis bancaria de 1994 Cap. 8, Cap. 12
Dolarización de facto (desde 2019) Cap. 12, Cap. 14
Elecciones de 1998 Cap. 8, Cap. 9, Cap. 12, Epíl.
> → el 56% y lo que significó Cap. 8
Elecciones de 2015 (Asamblea Nacional) Cap. 12, Cap. 14
Elecciones presidenciales de 2024 (28 julio) Cap. 14, Epíl.
> → el fraude y las actas Cap. 14
>
> → la represión posterior Cap. 14
Generación del 28 (primer movimiento opositor venezolano organizado)
Gran Viraje, El (paquete económico 1989) Cap. 6
Hiperinflación (2017-2019) Cap. 12, Cap. 13, Cap. 14, Epíl.
> → las tres reconversiones monetarias Cap. 12
Lista Tascón (uso del voto para discriminar en el empleo) **Cap. 9,
Cap. 10, Cap. 11**
Misiones Bolivarianas Cap. 9, Cap. 10, Cap. 11, Cap. 14
> → sus logros verificables Cap. 9
>
> → su debilidad estructural Cap. 9, Cap. 10, Cap. 11
Misión Robinson Cap. 9, Cap. 10
Nacionalización del petróleo (1976) Cap. 5, Cap. 9, Cap. 10
Paro petrolero (2002-2003) Cap. 9, Cap. 10, Cap. 11
> → los 18.000 despedidos de PDVSA Cap. 9, Cap. 10
Referéndum constitucional (1999) (aprobado con el 72%) Cap. 9
Referéndum revocatorio (2004) (Chávez gana con el 59%) **Cap. 9, Cap.
10**
Referéndum constitucional (2007) (primera derrota de Chávez) **Cap.
10**
Trienio Adeco (1945-1948) Cap. 2, Cap. 3
> → primera elección con sufragio universal Cap. 2
>
> → el golpe que lo interrumpió Cap. 2, Cap. 3
Viernes Negro (18 Feb 1983) **Cap. 5, Cap. 6, Cap. 7, Cap. 8, Cap. 9,
Epíl.**
> → el mecanismo del colapso cambiario Cap. 5
>
> → lo que le quitó a Venezuela Cap. 5, Cap. 8
>
> → su sombra en los capítulos siguientes Cap. 6, Cap. 7, Cap. 8
23 de enero de 1958 Cap. 3, Cap. 4, Cap. 8, Cap. 9, Epíl.
> → el único día en que Venezuela fue un solo pueblo Cap. 3
27 de noviembre de 1992 (segundo golpe) Cap. 7
4 de febrero de 1992 (El 4F) Cap. 7, Cap. 8, Cap. 9, Cap. 12, Epíl.
> → 'Por ahora' y lo que Venezuela escuchó Cap. 7
>
> → la fractura que produjo Cap. 7, Cap. 8
*Los cinco principios, los instrumentos del Protocolo del Pulso y los
conceptos diagnósticos. Ver Glosario para definiciones completas.*
Coexistencia Perpetua (Primer Principio) **Pról., Cap. 1, Cap. 2, Cap.
3, Cap. 4, Cap. 6, Cap. 9, Cap. 13, Cap. 14, Epíl.**
Criticalidad sostenida Cap. 6, Cap. 12, Cap. 14, Epíl.
> → Venezuela en criticalidad prolongada desde 2014 Cap. 14, Epíl.
Dependencia Recíproca (Tercer Principio) **Cap. 5, Cap. 6, Cap. 7, Cap.
9, Cap. 10, Epíl.**
Deuda entrópica **Cap. 5, Cap. 6, Cap. 8, Cap. 9, Cap. 10, Cap. 11, Cap.
12, Epíl.**
Diagnóstico termodinámico **Cap. 1, Cap. 2, Cap. 3, Cap. 4, Cap. 5, Cap.
6, Cap. 7, Cap. 8, Cap. 9, Cap. 10, Cap. 11, Cap. 12, Cap. 13, Cap. 14**
Dominio Cíclico (Segundo Principio) **Cap. 1, Cap. 4, Cap. 5, Cap. 8,
Cap. 11, Cap. 12, Epíl.**
Fase 1 · Expansión Cap. 2, Cap. 4, Cap. 9
Fase 2 · Rigidización Cap. 1, Cap. 3, Cap. 5, Cap. 10, Cap. 11
Fase 3 · Criticalidad **Cap. 6, Cap. 7, Cap. 8, Cap. 12, Cap. 13, Cap.
14**
Función de Supresión Latente (FSL) **Cap. 1, Cap. 6, Cap. 9, Cap. 13,
Epíl.**
Imposibilidad de la Línea Constante (Cuarto Principio) **Cap. 1, Cap. 3,
Cap. 5, Cap. 6, Cap. 7, Cap. 8, Cap. 9, Cap. 10, Cap. 11, Cap. 12,
Epíl.**
> → aplicada al tipo de cambio venezolano Cap. 5, Cap. 10, Cap. 12
>
> → aplicada a la concentración del poder Cap. 9, Cap. 10, Cap. 11
>
> → aplicada al control de precios Cap. 12
Índice de Rigidez Estructural (IRE) Cap. 5, Cap. 9, Cap. 10, Cap. 12
Índice de Sobreinversión en Defensa (ISD) Cap. 10, Cap. 11, Cap. 14
Infinito Dinámico (Quinto Principio) **Cap. 2, Cap. 3, Cap. 8, Cap. 11,
Cap. 12, Cap. 13, Cap. 14, Epíl.**
Protocolo del Pulso Pról., Cap. 3, Cap. 6, Cap. 12, Cap. 14
Pulso Eterno (nombre del Volumen I de la serie TOSU) **Pról., Cap. 1,
Epíl.**
Epíl.**
Transición de fase **Cap. 3, Cap. 5, Cap. 6, Cap. 7, Cap. 8, Cap. 9,
Cap. 11, Cap. 12, Cap. 14, Epíl.**
Válvula de alivio **Cap. 4, Cap. 6, Cap. 7, Cap. 8, Cap. 9, Cap. 12,
Cap. 13, Epíl.**
> → su destrucción sistemática en Venezuela **Cap. 7, Cap. 9, Cap. 10,
> Cap. 11**
Zona gris (criticalidad sin transición — estado actual de Venezuela)
> → los cinco mecanismos que la sostienen Cap. 14
*Fenómenos, instrumentos y procesos de la historia venezolana con
relevancia analítica en el libro.*
ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) **Cap.
10, Cap. 11, Cap. 12**
Aparato represivo Cap. 3, Cap. 9, Cap. 11, Cap. 12, Cap. 14
Bolívar (moneda) Cap. 5, Cap. 8, Cap. 12, Cap. 13, Cap. 14
> → las tres reconversiones monetarias Cap. 12
Boliburguesía (élite enriquecida a través del sistema chavista) **Cap.
10**
Control de cambio Cap. 10, Cap. 11, Cap. 12, Cap. 13
> → su efecto destructor sobre la producción **Cap. 10, Cap. 11, Cap.
> 12**
Controles de precio Cap. 5, Cap. 10, Cap. 11, Cap. 12
> → su lógica y su fracaso estructural Cap. 5, Cap. 12
Dependencia petrolera **Cap. 1, Cap. 2, Cap. 4, Cap. 5, Cap. 9, Cap. 10,
Cap. 11, Cap. 12, Epíl.**
> → el diagnóstico de Uslar Pietri en 1936 Cap. 1, Cap. 10
>
> → la segunda oportunidad perdida (2004-2008) Cap. 10
Diáspora venezolana Cap. 12, Cap. 13, Cap. 14, Epíl.
> → su escala: cinco millones Cap. 13
>
> → Bogotá, Lima, Madrid como destinos Cap. 13
>
> → las remesas como red de seguridad Cap. 13, Cap. 14
Dolarización de facto Cap. 12, Cap. 14
Economía rentista Cap. 1, Cap. 4, Cap. 5, Cap. 9, Cap. 10, Epíl.
Expropiaciones Cap. 5, Cap. 9, Cap. 10, Cap. 11, Cap. 12
> → su efecto sobre la capacidad productiva **Cap. 10, Cap. 11, Cap.
> 12**
Hallacas (símbolo de identidad venezolana en el exilio) **Pról., Cap.
13, Cap. 14**
Hambre / desnutrición (2015-2019) Cap. 12, Cap. 13, Cap. 14
> → datos de la ENCOVI Cap. 12
Maiquetía (aeropuerto) (umbral del exilio venezolano) **Cap. 13, Cap.
14**
PetroCaribe Cap. 10, Cap. 11, Cap. 12
Polarización política **Cap. 7, Cap. 9, Cap. 10, Cap. 11, Cap. 14,
Epíl.**
> → su origen y alimentadores de ambos bandos Cap. 9, Cap. 10
Puntofijismo **Cap. 3, Cap. 4, Cap. 5, Cap. 6, Cap. 7, Cap. 8, Cap. 9,
Epíl.**
> → sus logros reales Cap. 4
>
> → sus errores estructurales Cap. 4, Cap. 5, Cap. 7, Cap. 8
>
> → su colapso Cap. 8
Remesas venezolanas Cap. 12, Cap. 13, Cap. 14
Represión (como instrumento de gobierno) **Cap. 3, Cap. 6, Cap. 9, Cap.
11, Cap. 12, Cap. 14**
> → el miedo como fábrica de lealtades post-Chávez **Cap. 11, Cap.
> 14**
Reservas de petróleo venezolanas Cap. 5, Cap. 14
> → las mayores del mundo según la OPEP — y la paradoja Cap. 14
Revolución Bolivariana **Cap. 9, Cap. 10, Cap. 11, Cap. 12, Cap. 13,
Cap. 14, Epíl.**
Sanciones internacionales Cap. 12, Cap. 14
> → su alcance real y sus límites como explicación del colapso **Cap.
> 12, Cap. 14**
Tipo de cambio oficial vs. paralelo **Cap. 5, Cap. 10, Cap. 12, Cap.
13**
Este índice registra 93 entradas distribuidas en cinco secciones.
*Las entradas que remiten a todos los capítulos indican conceptos
vertebrales del libro.*
*Para definiciones completas de los conceptos de la TOSU, véase el
Glosario (Doc. 19).*
*Joseph A. Castillo Viña · Teoría de la Oscilación Sistémica
Universal · Volumen III*
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